La NiÑera Es Mi Mate

Capítulo 4

Martha entró por la puerta de la cocina con el sol apenas asomando y las rodillas del vestido manchadas de tierra, y no se paró ni a sacudírselas. Subió directo al despacho y encontró a Vivienne despierta en el sillón de cuero, con la misma bata gris de la noche anterior y una copa de brandy a medio terminar en la mano.

—¿Y bien, Martha? ¿Volvió?

—Volvió, señora. Sin máscara. —Martha cerró la puerta y se apoyó en ella, todavía sin aliento—. Es el Alfa de Ironfang.

Vivienne dejó la copa en el escritorio tan despacio que el cristal ni sonó. Se quedó mirando la chimenea apagada, y cuando volvió a hablar lo hizo en voz muy baja.

—¿Kieran? ¿Estás segura de que era Kieran?

—Llevaba el anillo con el sello de Ironfang, señora, y yo le vi la cara una vez, de lejos, en el entierro del señor Edmund. Esa cara no se olvida.

—¿Y qué hizo?

—Esperarla. Se sentó en el escalón del pabellón y no se movió hasta que aclaró. —Martha se retorció el delantal entre las manos—. Se fue con cara de perro abandonado.

Vivienne se rió, una risa corta y seca que no le llegó a los ojos.

—El Alfa más temido del norte, sentado toda la noche en un escalón esperando a una muchachita que se le entregó en un baile. —Abrió el cajón del escritorio, sacó papel, una pluma y una barra de lacre rojo, y se puso a escribir sin dejar de hablar—. Ironfang tiene más guerreros que las otras cuatro manadas juntas, y ese hombre lleva años sin Luna. ¿Sabes lo que vale lo que esa tonta lleva en la barriga?

—No, señora.

—Más que esta casa, más que estas tierras y más que el apellido Ashford. —Dobló la carta, derritió el lacre con la vela y lo aplastó con el sello de su anillo. Se la tendió a Martha sin levantarse—. Llévala a donde ya sabes. En mano, y no la sueltes hasta que la abran delante de ti.

—¿Y la señorita?

—Doble ración de té. Tres gotas en cada taza, Martha, ni una más. Quiero a la loba dormida, no a los cachorros muertos.

Martha guardó la carta en el bolsillo del delantal y salió. Vivienne se terminó el brandy de un trago y se quedó mirando el retrato de Edmund sobre la chimenea, tanto que la cuidaste, y al final tu niña me va a servir más a mí que a ti.

Lyra no había dormido. Pasó la noche sentada en la silla junto a la ventana clavada, mirando la luna por las rendijas de las tablas hasta que se puso gris, y cuando oyó el clic de la llave ni siquiera se dio la vuelta.

Martha dejó la bandeja del desayuno en la mesita, con dos tazas de té en lugar de una.

—¿Dos, Martha? ¿Ahora me quieren dormida todo el día?

—La señora dice que le hace falta descansar.

—¿Lo viste? —Lyra se levantó despacio, con las piernas flojas, y se agarró del respaldo de la silla—. Anoche. Fuiste al jardín. ¿Lo viste?

Martha clavó los ojos en la pared por encima del hombro de Lyra, apretó la boca y salió sin decir nada. La llave volvió a girar.

Lyra se quedó mirando las dos tazas humeantes. Después tomó la primera, fue hasta la ventana y la vació entera en la maceta de geranios del alféizar, y repitió lo mismo con la segunda. Dejó las tazas vacías en la bandeja, se metió en la cama y se tapó hasta la barbilla con los ojos entrecerrados, igual que la habían encontrado las últimas tres noches.

Vamos, Nyx. Despierta.

No hubo respuesta, solo un calor muy débil en el vientre, como una brasa a punto de apagarse.

Los días siguientes vació cada taza en la maceta, se comió el pan y la fruta de la bandeja y se arrastró hasta la cama cada vez que oía pasos en el pasillo. Los geranios amanecieron secos al tercer día, si así quedaron las plantas con lo que me iba a tomar yo, no quiero saber cómo tengo el hígado, y al cuarto, mientras se echaba agua en la cara en la palangana, la voz de Nyx le volvió a sonar dentro de la cabeza, ronca y furiosa.

La sirvienta. Le arranco la garganta.

Primero salimos de aquí, y después le arrancas lo que quieras. A Lyra se le doblaron las rodillas del alivio y se apoyó en el lavamanos. ¿Y los cachorros, Nyx? ¿Les hizo daño el té?

No. Ese veneno me duerme a mí, a ellos no los toca.

Lyra se puso la mano en el vientre. Ya no lo tenía plano. Había una curva pequeña y dura debajo del camisón, y al tocarla le bajó otra vez esa calma que no era suya.

Están bien, le dijo Nyx. Los dos.

Lyra se quedó quieta con la mano sobre la curva. ¿Los dos?

Dos corazones.

Se le llenaron los ojos de lágrimas y se las limpió con el dorso de la muñeca, porque si alguien entraba y la veía llorar iba a sospechar que estaba despierta, dos, y yo encerrada en un cuarto con una maceta muerta y una madrastra que ya les puso precio.

Esa noche la casa se quedó en silencio temprano. Lyra estaba acostada sobre la alfombra con la oreja pegada a la rejilla de la calefacción, que daba directo al despacho de abajo. De niña se escondía ahí a escuchar las reuniones de su padre, y él siempre sabía que estaba ahí y nunca la delató.

Oyó que se abría la puerta del despacho, unos tacones que no eran los de Vivienne y el roce de una capa al caer sobre una silla.

—Llegaste rápido —dijo Vivienne.

—Tu carta decía que era urgente. —La voz de la otra mujer era joven, clara y un poco impaciente, y Lyra no la reconoció—. ¿Es verdad lo de Ironfang?

—Martha lo vio con sus propios ojos. Kieran estuvo con ella la noche del baile, y va a tener cachorros de él.

Lyra se tapó la boca con las dos manos. El nombre le cayó encima como un balde de agua helada, Kieran, el Alfa de Ironfang, me acosté con el Alfa de Ironfang y le conté que me iba a robar los cuchillos.

—¿Y ella sabe quién es él?

—No tiene ni idea. Y Kieran nunca le vio la cara, no se quitaron las máscaras en toda la noche.

—Entonces no puede reconocerla.

—Ni a ella ni a ninguna. —Vivienne hizo una pausa, y Lyra oyó el tintineo de una copa—. Cuando esos cachorros nazcan, se los vas a llevar tú. Para Kieran, la mujer del baile vas a ser tú.




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