Dorian no alcanzó a salir del cuarto. En el pasillo sonaron pasos apurados sobre la piedra, y una de las viudas asomó la cabeza por la puerta con el pelo mojado y un sobre arrugado en la mano.
—Hay un muchacho en el portón, empapado hasta los huesos. Dice que viene de Ironfang y que esto es para el Alfa.
Dorian le arrancó el sobre y se lo pasó a Kieran sin abrirlo. Tenía el sello de la casa roto por la lluvia y la tinta corrida en las esquinas. Kieran lo abrió con los dientes, porque con el costado vendado no podía levantar el brazo izquierdo, y leyó las tres líneas que había adentro.
Los niños están enfermos. Fiebre alta desde hace dos días y no comen. Vuelve ya.
Se le cerró la mano sobre el papel hasta arrugarlo. Le subió un frío por la espalda, como cuando uno se despierta seguro de haber dejado algo en el fuego, y Thorn se le revolvió adentro con un gemido bajo que nunca le había oído.
—¿Qué pasa, Alfa?
—Los gemelos. —Kieran tiró la manta a un lado y se sentó en el borde del catre, y el costado le dio un tirón que le dejó la vista en blanco un segundo—. Ensilla los caballos. Salimos ahora.
—Con esa herida no aguantas ni hasta el pie del cerro.
—Pues me amarras al caballo. —Kieran se apretó el vendaje con la mano y volvió a mirar la carta, con la mandíbula tan tensa que le dolían las muelas—. Dos días, Dorian. Mis hijos llevan dos días sin comer, y en esa casa hay tres niñeras y una madre que no han sido capaces de meterles una cucharada en la boca. ¿Qué están haciendo? ¿Mirándolos?
—Los niños no se dejan tocar por nadie, tú lo sabes.
—Lo que sé es que cada vez que vuelvo de la frontera los encuentro más flacos y más callados, y siempre me dicen lo mismo, que no se dejan. —Kieran dobló la carta y se la metió en el bolsillo del pantalón—. Necesito a alguien que sepa lo que hace con un cachorro enfermo. No a otra muchacha que se ponga a llorar en la puerta del cuarto.
Dorian abrió la boca para contestar, y en ese momento les llegó desde el cuarto de al lado una voz de mujer cantando, desafinada y bajita, una canción sobre una cabra que se comía la ropa tendida, y después un coro de risitas de cachorros. Kieran se levantó agarrándose del marco de la puerta y se asomó al pasillo.
La puerta del cuarto de los cachorros estaba abierta. Lyra estaba sentada en el suelo con las piernas cruzadas, un cachorro de unos dos años dormido sobre las rodillas y otro de meses en el brazo, tomándose un biberón. Nell le estaba trenzando el pelo por la espalda con los dedos llenos de miel, y otros dos cachorros se peleaban en el suelo por una cuchara de madera. Lyra estiró el pie sin dejar de cantar, los separó con la punta del zapato y le puso la cuchara en la mano al más pequeño, y el otro, en vez de llorar, se le acurrucó contra la cadera y se metió el dedo en la boca. En la cuna del rincón, un cachorro con las mejillas rojas de fiebre dormía con un paño húmedo en la frente que alguien le había cambiado hacía poco.
Ninguno lloraba. En un cuarto con seis cachorros, nadie lloraba.
Kieran se quedó mirándola con la mano apretada en el marco, y Thorn dejó de dar vueltas y se quedó quieto, pegado a esa mujer como un perro que espera en la puerta.
—Esa —dijo Kieran sin voltearse—. Esa se viene con nosotros.
Dorian se asomó por encima de su hombro. —¿La que no huele a nada? Hace un rato decías que era una espía.
—Si es una espía, prefiero tenerla en mi casa, donde pueda verla, que aquí sin saber a quién le escribe. —Kieran se apartó del marco antes de que Lyra levantara los ojos—. Y si no lo es, mis hijos van a comer esta noche.
La madre superiora lo recibió en su despacho, un cuarto pequeño con una mesa llena de cuentas, un crucifijo de madera y una ventana que daba al cerro. No se levantó cuando Kieran entró apoyado en el hombro de Dorian. Siguió anotando números en un cuaderno con la toca bien puesta, y solo dejó la pluma cuando él se dejó caer en la silla de enfrente.
—No debería estar de pie, Alfa. Si se le abren los puntos, no pienso volver a cosérselos.
—Necesito llevarme a una de sus mujeres. A la que cuida a los cachorros. Lyra.
La madre superiora se quedó quieta con las manos sobre el cuaderno, y a Kieran no se le escapó cómo le temblaba un párpado.
—Lyra no puede salir de aquí.
—¿Por qué no?
—Porque así lo pidieron cuando la trajeron. —Cerró el cuaderno despacio—. La familia que la mandó paga su estancia cada año, Alfa, y puso una sola condición: que esa muchacha no saliera nunca de este convento. Ni de visita, ni para un funeral, ni para nada.
—¿Qué familia?
—Eso no se lo puedo decir.
—¿Y a usted no le parece raro? —Kieran se inclinó hacia adelante y el costado le ardió—. Una mujer sin olor, a la que su familia paga para que nadie la vuelva a ver.
—Me parece rarísimo. Igual que un Alfa que anoche no sabía ni que ella existía y hoy quiere llevársela. —La madre superiora le sostuvo la mirada—. ¿Para qué la quiere?
—Mis hijos están enfermos. Llevan dos días con fiebre y sin comer, y las mujeres que tengo en casa no saben qué hacer con ellos. —Kieran desdobló la carta arrugada y la puso sobre la mesa, encima del cuaderno—. Esta mañana la vi con seis cachorros en el suelo, uno de ellos con fiebre, y ninguno lloraba. Necesito a alguien así.
La madre superiora leyó la carta sin tocarla. Se quedó un rato mirando las tres líneas, y cuando levantó los ojos había perdido un poco de la dureza de antes.
—Si se la lleva, esa familia deja de pagar. Y ese dinero da de comer a cuarenta huérfanos.
—Yo pago el doble. —Kieran ni lo pensó—. Mientras ella esté en mi casa, este convento recibe de Ironfang el doble de lo que le da esa familia, cada año. Y si a esa familia no le gusta, que vaya a decírmelo a mí.
—¿Y si ella no quiere ir?
—Pregúntele.
—Se lo pregunto, Alfa, pero no se engañe. —La madre superiora se levantó y se alisó el hábito—. Usted es el Alfa más poderoso del norte. Aquí nadie le va a decir que no, y ella lo sabe igual que yo.
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Editado: 02.11.2026