Esa tarde, Martha le subió un vestido negro de cuello alto y la ayudó a ponérselo sin decir una palabra, porque a Lyra le temblaban tanto las manos que no atinaba con los botones. Cuando terminó, le recogió el pelo en un moño bajo y le dio un empujoncito en la espalda hacia la puerta.
—La están esperando abajo, señorita.
—¿Quién?
—Todos.
—Qué bien. —Lyra se miró en el espejo, pálida como un trapo y con el vestido de luto colgándole de los hombros—. Siempre quise que la manada entera me viera vestida para mi propio entierro.
En el patio estaba la manada completa. Lyra lo supo antes de verlos, por el murmullo que se apagó de golpe en cuanto puso un pie en la escalinata. Había guerreros con los brazos cruzados, mujeres con niños agarrados de la falda, viejos apoyados en bastones y criados amontonados junto a la puerta de la cocina, y todos le clavaron los ojos al mismo tiempo, como a un animal que alguien hubiera traído para enseñarlo en la feria.
Vivienne la esperaba en el último escalón, con su vestido de luto y las manos cruzadas delante del pecho. La tomó del codo y la puso a su lado, de cara a todos.
—Ya saben lo que le pasó a la hija de Edmund en el bosque. Los rebeldes del sur la tuvieron una semana, y lo que le hicieron no se lo deseo ni a una perra callejera.
Una mujer de la primera fila se tapó la boca. Otra le cuchicheó algo a su vecina, y un muchacho al que Lyra le había enseñado a leer de niño bajó los ojos al suelo. A Lyra le ardió la cara y se le cerró el estómago al sentir encima tantos ojos que sabían de ella algo que ni ella misma recordaba.
—¿Quieres contarles también qué desayuné ese día, Vivienne? —le soltó sin bajar la voz—. Ya que te pusiste a repartir detalles.
—Te estoy protegiendo, querida. —Vivienne no dejó de sonreír—. Sobrevivió, pero su loba no. Lyra ya no puede transformarse.
—¡Que lo demuestre! —gritó un guerrero desde el fondo.
—¡Que se transforme aquí, delante de todos!
Vivienne le soltó el codo. —Ya lo oíste. Inténtalo.
Lyra bajó hasta el centro del patio. Cerró los ojos y buscó con todas sus fuerzas el tirón en los huesos y el ardor en las uñas que sentía desde niña, apretó los puños hasta clavarse las uñas en las palmas y contuvo el aire hasta que se le hincharon las venas del cuello, vamos, Nyx, una vez, solo una vez, y después te puedes ir adonde te dé la gana.
No le tembló ni un dedo. Lo único que se oyó fue una risa en la tercera fila, y después otra.
—Una Ashford sin loba —dijo un hombre gordo junto al pozo, lo bastante alto para que lo oyeran todos—. Edmund se debe estar revolcando en la tumba.
Lyra abrió los ojos y lo buscó. —Tú comiste veinte años en la mesa de mi padre. Por lo menos espera a que te sirvan el postre antes de escupir en su tumba.
El hombre se puso rojo y cerró la boca. Junto a él, el viejo Gareth, que había peleado al lado de su padre en todas sus guerras, la miró con la mandíbula apretada, y cuando ella lo buscó con los ojos, bajó la cabeza.
—Esta manada no puede tener una Alfa que no se transforma. —Vivienne levantó la voz por encima de los murmullos—. Así que hoy, con todo el dolor de mi corazón, Lyra Ashford deja de ser la heredera de Edmund.
—No puedes quitarme lo que mi padre me dejó. —Lyra subió de vuelta los escalones hasta quedar frente a ella—. Eso lo decide el Consejo.
—El Consejo firmó esta mañana. —Vivienne sacó un pliego doblado de la manga y se lo enseñó, con tres sellos de cera roja al pie—. Fue muy rápido. Nadie quiso discutir.
—¿Y cuánto te costó que nadie quisiera discutir?
—Menos de lo que crees, querida. En el convento del oeste reciben a mujeres que lo han perdido todo. Allá vas a poder sanar en paz.
—¿El convento? Eso está en el fin del mundo. No me voy. Mi padre está enterrado en ese jardín.
—Tienes dos opciones. —Vivienne se le acercó tanto que solo Lyra pudo oírla—. Te vas mañana al amanecer en un carruaje con un baúl de ropa, como la hija de Edmund, o te vas esta noche a pie y descalza, como lo que eres ahora.
Lyra miró por encima del hombro de Vivienne hacia el roble del jardín, donde estaba la tumba de su padre, y se tragó todo lo que tenía en la boca hasta que le dolió la garganta.
—Me voy en el carruaje. —Levantó la barbilla—. Pero esta casa es mía, Vivienne, y voy a volver por ella.
—Sin loba, querida, no vuelves ni a la puerta.
Vivienne entró a la casa sin mirar atrás. Lyra se quedó sola en la escalinata con la espalda recta y sin soltar una lágrima, ríete ahora, bruja, que yo tengo toda la vida para cobrarte esto.
Tres semanas de caminos de tierra después, el carruaje se detuvo con un sacudón que le hizo golpearse la cabeza contra la ventanilla. Lyra se frotó la frente, apartó la cortina y vio un edificio de piedra gris en lo alto de un cerro pelado, sin un árbol alrededor, con un portón de madera hinchado por la lluvia y una campana oxidada colgando encima. No se veía el humo de ninguna chimenea en ninguna dirección.
—¿Aquí es? —le preguntó al cochero.
—Aquí es, señorita. —El cochero ya estaba bajando el baúl, y lo dejó caer en el barro sin ningún cuidado—. Hasta aquí me pagaron.
—¿Y si yo te pago para que me lleves de vuelta?
—Con qué, señorita, si la señora se quedó hasta con sus aretes.
Se subió al pescante, sacudió las riendas y se fue cerro abajo sin mirar atrás. Lyra se quedó parada en el barro con el vestido de luto pegado a las piernas y el baúl a sus pies, mirando cómo se alejaba la única cosa que la conectaba con su casa, muy bien, Lyra, ya no tienes manada, ni loba, ni herencia, y ahora tampoco tienes cochero.
El portón se abrió antes de que llamara. En el umbral apareció una loba alta y huesuda, con el pelo blanco recogido bajo una toca gris, las mangas arremangadas hasta los codos y las manos rojas y agrietadas de lavar ropa con agua fría. Llevaba un cachorro dormido colgando de una tela atada al pecho, y otro, de unos tres años, se asomó por detrás de su falda, miró a Lyra de arriba abajo y se escondió otra vez.
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Editado: 02.11.2026