En el pasillo, una mujer con capa esperaba junto a la escalera con la capucha tan baja que solo se le veía la barbilla. Vivienne le puso los dos bultos en los brazos, uno detrás del otro, y los cachorros dejaron de llorar en cuanto sintieron el calor de la capa.
—Son fuertes. —La mujer acercó la nariz a la cabecita del primero y aspiró despacio—. Huelen a él.
—Y a ella. —Vivienne se limpió en un pañuelo las manos manchadas de sangre—. Eso lo arreglamos antes de que llegues a Ironfang. Vete ya, que el carruaje no puede esperar.
—¿Y si se despierta y pregunta por ellos?
—Mañana ya no va a tener nada que preguntar.
La mujer bajó la escalera sin hacer ruido. Desde la puerta del cuarto, Martha la vio irse con la palangana de agua sucia todavía en las manos, y el agua se le derramó sobre el delantal sin que se diera cuenta.
Lyra se despertó con la luz del mediodía en la cara y un dolor sordo en el vientre, como si le hubiera pasado por encima un carruaje. Se llevó las manos a la barriga antes de abrir del todo los ojos. Estaba blanda y vacía.
—¿Dónde están?
Vivienne estaba sentada en la silla junto a la ventana, con un vestido negro de luto y las manos cruzadas sobre el regazo, como si llevara horas esperando ese momento.
—Lo siento mucho, querida.
—¿Dónde están mis hijos, Vivienne?
—Nacieron muertos. —Vivienne lo dijo con el mismo tono con el que pedía el té—. Los dos. Se les enredó el cordón en el cuello por culpa de tu carrerita bajo la lluvia. Los enterramos esta mañana debajo del roble del jardín.
A Lyra se le cerró la garganta. Abrió la boca y no le entró el aire, y tuvo que agarrarse de la sábana con las dos manos para no caerse de lado.
—Mentira. Yo los oí llorar. Lloraron los dos.
—Tenías fiebre. Estabas delirando.
—¡Los vi! ¡Te los llevaste en brazos, uno en cada brazo!
—Me los llevé para que no tuvieras que verlos morados. —Vivienne se levantó y se alisó la falda—. Deberías darme las gracias.
Lyra se tiró de la cama. Las piernas no la sostuvieron y cayó de rodillas, pero se arrastró por el suelo hasta Vivienne, le agarró la falda con las dos manos y tiró con tanta fuerza que la tela se rasgó en el dobladillo.
—¡Devuélvemelos! ¡Devuélveme a mis hijos, maldita!
Los dos guerreros entraron desde el pasillo y la levantaron por los brazos. Lyra pataleó, mordió la mano de uno hasta sentir el sabor de la sangre y gritó hasta quedarse ronca. Buscó a su loba dentro de su cabeza, desesperada, porque Nyx habría sabido dónde estaban, y lo único que encontró fue el mismo silencio de las últimas semanas.
Los guerreros la soltaron sobre la cama. Vivienne se miró el dobladillo roto y chasqueó la lengua.
—Era mi vestido de luto favorito.
Salió y cerró con llave. Lyra se quedó encogida sobre las toallas manchadas, con las manos sobre el vientre vacío y los dientes apretados hasta que le dolió la cara. Cerró los ojos y volvió a oírlos, el primer llanto furioso y el segundo más bajito, los oí, lloraron, los muertos no lloran, y yo los voy a encontrar aunque tenga que ir a Ironfang a pie y sangrando.
La hechicera llegó cuando ya había oscurecido. Era una mujer vieja y encorvada, con un manto de lana gris que olía a pantano y a humo, y los dedos tan cargados de anillos que tintineaban cada vez que los movía. Los guerreros se apartaron para dejarla pasar, y uno de ellos se tapó la nariz con la manga.
—¿Es esta? —preguntó, arrastrando los pies hasta la cama.
—Es esta. —Vivienne le tendió desde la puerta una bolsita de terciopelo.
La hechicera la abrió y se vació en la palma las joyas de la madre de Lyra: los pendientes de perlas, el collar de zafiros y el anillo de bodas. Las contó con la punta de un dedo y sonrió con los pocos dientes que le quedaban.
—Con esto alcanza.
—Son de mi madre. —Lyra se incorporó sobre los codos, con la voz destrozada de tanto gritar—. Vivienne, esas joyas son de mi madre.
—Y con ellas te estoy haciendo un favor, querida. Te vas a olvidar de todo este mal rato.
—¿Qué me vas a hacer?
Vivienne no le contestó. Les hizo una seña a los guerreros, que la agarraron de los brazos y de los tobillos y la aplastaron contra el colchón. Lyra se retorció hasta que le crujió el hombro. La hechicera sacó del manto un frasquito de barro, se lo destapó con los dientes y le echó en la boca un líquido espeso que sabía a tierra y a hierro, y le tapó la nariz con dos dedos huesudos hasta que Lyra tuvo que tragar.
—Ahora quieta, niña. Si te mueves, duele más.
Le puso una mano helada en la frente y la otra sobre el vientre, y empezó a murmurar palabras que Lyra no entendía. El frío le entró por la frente y le bajó por la nuca, por los brazos, hasta los dedos de los pies, y Lyra sintió que algo se le despegaba por dentro, igual que cuando se arranca una venda pegada a una herida.
Se aferró a lo que pudo. Se aferró al olor a pino mojado y a cuero caliente, a la máscara negra, a la risa grave junto al roble y a la mano grande atrapando una copa en el aire. Apretó los ojos y se aferró a los dos llantos, el furioso y el bajito, y los fue perdiendo de uno en uno, como el agua que se escurre entre los dedos por mucho que cierre el puño.
—Kieran —alcanzó a susurrar, y ya no supo por qué lo había dicho.
—¿Qué dijo? —preguntó Vivienne desde la puerta.
—Nada que vaya a recordar mañana. —La hechicera retiró las manos y se las limpió en el manto—. Ni esta noche, ni al hombre, ni a los cachorros. Su loba se queda dormida para siempre, así que no se vuelve a transformar mientras viva. Y le borré el olor de mate, así que ningún macho la va a reconocer, aunque la tenga delante de las narices.
—¿Para siempre?
—Mientras nadie rompa lo que hice. —La hechicera guardó las joyas en el manto—. Y para romperlo, primero tienen que saber que existe.
Vivienne sonrió por primera vez en toda la noche.
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Editado: 02.11.2026