La NiÑera Es Mi Mate

Capítulo 5

Lyra se apartó de la rejilla arrastrándose por la alfombra, con el corazón golpeándole en los oídos, y se metió en la cama justo cuando oyó los pasos de Vivienne subiendo la escalera. Se tapó hasta la barbilla, dejó la boca entreabierta y obligó a su respiración a ir lenta y pesada, como la de alguien que lleva horas dormida con matalobos en la sangre.

La llave giró. La luz del pasillo entró hasta la cama, y Lyra sintió el olor a brandy y a perfume de rosas acercarse a su almohada.

—¿Estás despierta, querida?

Lyra no se movió. Dentro de su cabeza, Nyx gruñía tan bajo que solo ella lo oía, y tuvo que apretar los dedos de los pies debajo de la sábana para no apretar la mandíbula.

Los pasos de Vivienne se alejaron de la cama y se detuvieron junto a la ventana. Lyra oyó el roce de unos dedos contra hojas secas, y se le heló la sangre al acordarse de los geranios.

—Qué raro. —Vivienne arrancó una hoja y la deshizo entre los dedos—. Estas flores estaban preciosas hace una semana. ¡Martha!

Martha llegó corriendo, con los dos guerreros detrás. Vivienne no gritó. Le puso la maceta en las manos a la sirvienta, se acercó a la cama y de un tirón le arrancó la sábana a Lyra.

—Abre los ojos, que ya sé que estás despierta.

Lyra se sentó en la cama con las manos sobre el vientre y la miró de frente. —No me voy a tomar tu veneno, Vivienne.

—Claro que te lo vas a tomar. —Vivienne se volvió hacia los guerreros—. Sujétenla. Martha, prepara una taza. Tres gotas, como siempre.

Los guerreros la agarraron de los brazos y la empujaron contra la cabecera. Lyra pataleó y le dio una patada en la rodilla a uno de ellos, que soltó una maldición sin aflojar las manos, y cuando Martha volvió con la taza, Vivienne le tapó la nariz con dos dedos y esperó. Lyra aguantó la respiración hasta que le ardieron los pulmones. En cuanto abrió la boca para tomar aire, Vivienne le vació la taza dentro y le cerró la mandíbula con la palma de la mano.

—Traga.

El té amargo le bajó por la garganta. Lyra tosió, se atragantó y escupió lo que pudo encima de la manga de Vivienne, pero la mayor parte ya se le había ido al estómago.

—Desde mañana, Martha le sube el té tres veces al día y se queda sentada en esa silla hasta que se lo tome. Hasta la última gota. —Vivienne se limpió la manga con un pañuelo—. Y si la maceta se seca otra vez, la que se queda sin agua eres tú, Martha.

La puerta se cerró. Lyra esperó a que se apagaran los pasos, se tiró de la cama y se metió dos dedos en la garganta sobre la bacinilla. Vomitó hasta que le salió solo agua, y después se quedó de rodillas en el suelo, buscando a Nyx dentro de su cabeza.

Nyx. Dime algo.

La voz de su loba le llegó tan débil que tuvo que contener la respiración para oírla. Me... duermo...

Después no hubo nada.

Desde el día siguiente, Martha se sentó en la silla junto a la cama tres veces al día con los brazos cruzados, y Lyra se tomó cada taza delante de ella hasta la última gota. Cuando la llave giraba, se metía los dedos en la garganta sobre la bacinilla y vomitaba todo lo que podía, y por primera vez agradeció las náuseas del embarazo, por lo menos estos cachorros ya me ayudan y todavía no han nacido. Pero por mucho que vomitara, algo del veneno se le quedaba en la sangre. Nyx no volvió a hablar. Lyra la llamaba cada mañana al despertar y cada noche antes de dormir, y lo único que encontraba era un silencio pesado, como una puerta cerrada con llave del otro lado.

Los cachorros sí seguían ahí. Se movían dentro de ella, le pateaban las costillas por las noches, y cada patada le confirmaba que el té solo había ido por su loba.

Por las noches sacaba del cajón las horquillas del tocado del baile y escarbaba la madera alrededor de los clavos que sujetaban las tablas de la ventana, un poco cada noche, y tapaba las astillas con el borde de la cortina. El vientre le creció tan rápido como Nyx le había advertido antes de quedarse callada. A los tres meses ya no se veía los pies, y las tablas estaban tan flojas que bastaba con tirar fuerte para arrancarlas.

La noche que eligió llovía a cántaros. Lyra la escogió por eso, porque la lluvia borraba los olores y tapaba los ruidos, y esperó a que el reloj del pasillo diera las dos para levantarse. Se puso el abrigo de lana encima del camisón y unas botas que le apretaban los tobillos hinchados, se ató un chal alrededor del vientre y fue hasta la ventana.

Tiró de la primera tabla. Los clavos chirriaron al salirse de la madera y Lyra se quedó quieta, con los brazos en alto, contando hasta veinte. Nadie vino. Arrancó la segunda y la tercera, y la lluvia le mojó la cara en cuanto abrió la ventana.

Abajo estaba el techo de la cocina, a menos de dos metros, y desde ahí se podía bajar por el enrejado de la parra, igual que hacía de niña para escaparse al bosque mientras su padre fingía no verla desde el despacho. Lo que no había calculado era la barriga. Se sentó en el alféizar, sacó las piernas y se dejó caer, y aterrizó de rodillas sobre las tejas mojadas, con las dos manos clavadas en el borde y el vientre a salvo por un pelo, bien hecho, Lyra, casi te matas tú sola y le ahorras el trabajo a Vivienne.

Bajó por la parra con las manos llenas de espinas y echó a correr hacia el bosque. El barro se le pegaba a las botas y la lluvia le aplastaba el pelo contra la cara, pero siguió por el sendero del arroyo, porque al otro lado empezaba la carretera del norte, y esa carretera llevaba a Ironfang.

Llevaba un buen trecho cuando le llegó el primer dolor. Le empezó en la espalda baja, le dio la vuelta por las caderas y se le cerró sobre el vientre como un puño, tan fuerte que se tuvo que agarrar de un tronco para no caerse de bruces.

No. Ahora no.

El segundo dolor llegó antes de que pudiera enderezarse y le dobló las rodillas en el barro. Algo caliente le bajó por las piernas, mezclado con la lluvia, y se mordió el puño del abrigo para no gritar. Cerró los ojos y llamó a su loba con todas sus fuerzas, buscando el tirón en los huesos y el ardor en las uñas que sentía desde niña cada vez que se transformaba, porque en cuatro patas llegaría al arroyo en un minuto.




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