La NiÑera Es Mi Mate

Capítulo 8

Lyra se tiró del catre antes del tercer golpe. Nell, que ya tenía cinco años y seguía durmiendo en el cuarto de los cachorros porque se negaba a dormir en cualquier otro sitio, se incorporó en la cama de al lado con el pelo negro enredado sobre la cara.

—¿Son los malos?

—Los malos no tocan la puerta, mi amor, entran por la ventana. —Lyra le subió la manta hasta la barbilla y le dio un beso en la frente—. Quédate aquí y cuida a los chiquitos. Si alguno llora, le cantas la de la cabra.

—La de la cabra es fea.

—Por eso se duermen, para no seguir oyéndola.

Se echó un chal sobre el camisón, agarró el farol y bajó corriendo la escalera de piedra. Los golpes no paraban. Abajo, en el pasillo, la madre superiora ya venía con una vela en la mano y la toca mal puesta, y detrás de ella se asomaban tres viudas en camisón, apretadas unas contra otras.

—¿Quién es? —gritó Lyra contra la madera.

—¡Abran! ¡Por favor, abran, se nos muere!

La madre superiora le hizo una seña con la cabeza, y Lyra descorrió el cerrojo. El viento le metió la lluvia en la cara. En el portón había cuatro hombres empapados, con la ropa rota y cubierta de barro, y dos de ellos cargaban a un tercero por las axilas. Era el más alto de todos. Le colgaba la cabeza sobre el pecho, tenía el pelo oscuro pegado a la frente y una mancha de sangre le empapaba la camisa desde el costado hasta la cintura.

—A la cocina, rápido. —Lyra se apartó y levantó el farol para alumbrarles el camino—. ¿Qué le pasó?

—Rebeldes. Nos emboscaron en el paso del río. —El que hablaba tenía un corte en la ceja que le chorreaba sangre sobre el ojo—. Es nuestro Alfa. Si se nos muere aquí, vamos a tener una guerra.

—Pues que no se muera en mi cocina, que acabo de fregar el piso.

Los hombres lo tendieron sobre la mesa larga. Lyra acercó el farol a la herida, y el herido abrió los ojos un instante, unos ojos grises nublados por la fiebre, que se le quedaron clavados en la cara sin verla. Levantó la mano derecha como si quisiera agarrarse de algo y la dejó caer sobre la mesa. En el dedo, la luz del farol le arrancó un brillo a un anillo de plata con sello.

A Lyra le dio un vuelco el estómago, como cuando se pisa un escalón que no está. Apartó los ojos del anillo y se puso a desabrocharle la camisa a tirones, concéntrate, idiota, que se te está desangrando en la mesa de la avena.

La herida era un tajo profundo debajo de las costillas, con los bordes negros e hinchados. La madre superiora se inclinó sobre ella, la olió y se le endureció la cara.

—Plata. Tiene un pedazo de hoja adentro. Por eso no le cierra.

—¿Cuánto tiempo lleva así? —le preguntó Lyra al de la ceja partida.

—Desde el mediodía.

—¿Y lo cargaron medio día bajo la lluvia con plata adentro? —Lyra le arrancó el resto de la camisa—. ¿No se les ocurrió que a lo mejor convenía sacársela?

—Cada vez que uno de nosotros se le acercaba, nos tiraba una mordida.

—Agnes, agua caliente y el aguardiente de la alacena. —La madre superiora ya se estaba arremangando—. Lyra, sujétalo. Si se transforma con eso adentro, se muere.

Lyra se subió a la mesa de rodillas y le apoyó las dos manos en los hombros. Tenía la piel ardiendo. La madre superiora metió unas pinzas en la herida, y el Alfa arqueó la espalda con un rugido que no era del todo humano. Los huesos de los hombros se le movieron bajo las palmas de Lyra como si quisieran romperse, y a los dos hombres que sujetaban sus piernas los lanzó contra la alacena de una patada.

—¡No lo suelten! —gritó la madre superiora.

—¡Quieto! —Lyra le agarró la cara con las dos manos y se la volteó hacia ella, sin pensar—. Mírame. Mírame a mí. Si te transformas, te mueres, y no pienso fregar tanta sangre.

Los ojos grises se le clavaron en la cara. Se le fueron poniendo amarillos en los bordes, y Lyra sintió debajo de las manos cómo se le tensaba la mandíbula, cómo le crujían los dientes. Después se quedó quieto. Respiraba a jadeos, con el pecho subiendo y bajando contra las rodillas de ella, pero no apartó los ojos, y los huesos dejaron de moverse.

—Ya la tengo. —La madre superiora sacó una astilla de metal negro del largo de un dedo y la tiró en la palangana—. Ya está.

El Alfa cerró los ojos y se desmayó con la cara todavía entre las manos de Lyra. Ella tardó en soltarlo. Le temblaban los dedos y tenía el corazón golpeándole en las costillas como si hubiera subido el cerro corriendo, qué te pasa, es un desconocido sangrando, has curado cien cachorros con las tripas afuera y nunca te temblaron así las manos.

El de la ceja partida la miraba desde la alacena, sobándose el hombro.

—Llevo quince años con él —dijo despacio—. Nunca vi que se calmara por nadie.

—Será que nadie le había dicho lo del piso.

Kieran se despertó con la luz gris del amanecer metiéndosele por los párpados y un dolor sordo en el costado, como si le hubieran clavado un hierro al rojo y se lo hubieran dejado ahí. Estaba en un catre angosto, en un cuarto de piedra que olía a lejía, a leche agria y a cachorros. Movió la mano derecha y lo primero que hizo fue tocarse el anillo con el pulgar. Seguía ahí.

Despierta. La voz de Thorn le retumbó en el cráneo, inquieta, dando vueltas como un animal enjaulado. Está aquí. Está aquí, al lado.

¿Quién?

Giró la cabeza. En una silla junto al catre, dormida con la cabeza apoyada en la pared, había una mujer en camisón con un chal de lana sobre los hombros. Tenía el pelo castaño recogido en una trenza deshecha, las manos agrietadas de trabajar cruzadas sobre el regazo y una mancha de sangre seca en la manga, su sangre. La reconoció de a pedazos, como se recuerda un sueño: unas manos en la cara, una voz que le decía algo del piso.

Kieran respiró hondo para olerla, como haría con cualquier extraño que se le acercara mientras dormía.

No olía a nada.




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