Tres días de camino después, con Kieran cada vez más gris sobre la montura y Lyra con las piernas en carne viva de tanto cabalgar, salieron del bosque y apareció Ironfang al fondo del valle. Era una casa enorme de piedra oscura, con torres en las esquinas y más ventanas de las que Lyra había visto juntas en su vida, y alrededor se extendía un pueblo entero de casas con humo en las chimeneas, guerreros entrenando en un patio de tierra y niños que dejaban de correr para ver pasar al Alfa.
—¿Ahí vive? —Lyra se inclinó hacia el oído de Dorian—. ¿Él solo?
—Él, sus hijos, la señora y unos ochenta criados.
—Ochenta criados y nadie es capaz de hacer comer a dos cachorros. —Lyra se agarró más fuerte de la capa—. Esto va a ser más fácil de lo que pensaba.
En el patio de la entrada, los criados se pusieron en fila en cuanto vieron los caballos. Kieran desmontó de un salto que le dobló las rodillas, y dos guerreros corrieron a sostenerlo, pero él los apartó con el brazo y subió la escalinata solo, apretándose el costado con la mano.
—¿Dónde están?
—Arriba, Alfa —le contestó una mujer mayor con delantal, retorciéndose las manos—. No han querido comer nada. Kalet vomitó el caldo de anoche y Kael no deja que nadie le toque la frente.
Lyra bajó del caballo con las piernas temblando y se quedó al pie de la escalinata, con el baúl a los pies y la lata de monedas apretada en el bolsillo del abrigo. Dorian le hizo una seña con la cabeza para que subiera detrás del Alfa.
—¿No me van a presentar primero? ¿Decirle a alguien que soy la nueva?
—El Alfa te presenta arriba. Corre, que no espera.
El cuarto de los gemelos estaba en el segundo piso, al fondo de un pasillo largo, y Lyra los oyó antes de llegar: dos llantos roncos y cansados, y por encima, la voz de una mujer que decía algo con mucha dulzura y muy poca paciencia.
—Ya basta, Kael, por favor, mamá solo quiere tocarte la frente. ¿No ves que mamá está preocupada?
Kieran abrió la puerta de un empujón. En el cuarto había dos camas pequeñas pegadas a la ventana, tres niñeras jóvenes paradas contra la pared sin saber qué hacer con las manos, y una mujer sentada en el borde de una de las camas, inclinada sobre un niño que se apretaba contra la cabecera con las rodillas en el pecho.
La mujer se enderezó al oír la puerta. Era alta y muy delgada, con un vestido de seda color lavanda ceñido a la cintura y el pelo rubio cayéndole en ondas perfectas hasta la mitad de la espalda, sin un mechón fuera de lugar, aunque llevaba dos días con los hijos enfermos. Tenía los ojos de un azul muy claro y los labios pintados de rosa, y las tres niñeras bajaron la cabeza al mismo tiempo en cuanto ella se movió.
—¡Kieran! —Se levantó y corrió hacia él con las manos extendidas—. Gracias a la Luna. Están insoportables, no me dejan acercarme, ya no sé qué...
Se le cortó la frase a la mitad. Tenía los ojos clavados en Lyra, que acababa de entrar detrás de Kieran, y a Lyra le pareció que se le iba la sangre de la cara de golpe, tan blanca como si le hubieran echado harina, aunque la sonrisa se le quedó pegada en la boca.
—¿Y esta quién es?
—La nueva niñera. —Kieran pasó de largo a su lado sin tocarle las manos y se agachó junto a la cama, con un gemido de dolor que se tragó a medias—. Kael. Kael, soy papá.
El niño levantó la cabeza de las rodillas. Tenía el pelo oscuro pegado a la frente por el sudor, las mejillas rojas de fiebre y unos ojos grises enormes en una cara tan flaca que a Lyra se le apretó el pecho. En la otra cama, su hermano estaba tumbado de lado, encogido como un ovillo, con la manta enredada en las piernas y una mancha de vómito seco en la almohada que nadie había cambiado.
—Me duele —dijo Kael con un hilo de voz—. Me duele todo, papá.
—Ya sé. Ya estoy aquí.
Kieran le puso la mano en la frente y Kael se encogió todavía más contra la cabecera y se echó a llorar otra vez. Lyra se quedó mirando la almohada con el vómito seco, la mancha y las tres niñeras pegadas a la pared, y le subió el calor a la cara de pura rabia, dos días, dos días con la almohada vomitada y tres mujeres mirando.
Se quitó el abrigo, lo tiró sobre una silla y se arremangó hasta los codos.
—Usted. —Señaló a la niñera más cercana—. Agua tibia, no caliente, y dos paños limpios. Usted, sábanas limpias y otra almohada. Y usted, caldo de pollo sin grasa, en una taza, no en un plato. Rápido.
Las tres niñeras miraron a la señora antes de moverse. La mujer rubia abrió la boca, y Kieran habló sin voltearse.
—Ya la oyeron.
Las tres salieron corriendo. Lyra se acercó a la cama de Kalet, el que estaba hecho un ovillo, y se sentó en el borde sin tocarlo.
—Hola, Kalet. Me llamo Lyra. —Le habló bajito, sin apuro, mirándole los ojos medio cerrados—. ¿Me dejas que te quite esta almohada? Huele feo. A mí me daría asco dormir aquí.
Kalet no le contestó, pero tampoco se apartó. Lyra le sacó la almohada sucia muy despacio y la tiró al suelo, y después le desenredó la manta de las piernas y se la acomodó por encima de los hombros. El niño la siguió con los ojos.
—¿Sabes la canción de la cabra que se come la ropa?
Kalet negó con la cabeza.
—Es horrible. La canto fatal. —Lyra se acomodó a su lado, apoyada en la cabecera—. Si te parece muy fea, me tapas la boca y me callo.
Empezó a cantar bajito, desafinada, la misma canción que les cantaba a los cachorros del convento. Al segundo verso, Kalet se le arrimó un poco. Al tercero, le apoyó la cabeza caliente en el brazo. Cuando volvió la niñera con el agua, Lyra le pasó el paño húmedo por la frente y el cuello sin dejar de cantar, y el niño cerró los ojos y dejó que se los pasara.
En la otra cama, Kael había dejado de llorar. Miraba a su hermano con la boca abierta y después a Lyra, y de pronto se soltó de las manos de su padre, se bajó de la cama tambaleándose y cruzó el cuarto descalzo.
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Editado: 02.11.2026