Legado de lo Olvidado

Capitulo 5: El Retorno de la Rutina

La mañana siguiente al regreso de la clínica transcurrió con una tranquilidad extraña. Urara no tenía que ir al colegio porque su madre había decidido que se quedaría en casa para descansar; por ende, temprano en la mañana había llamado al instituto explicando que su hija no asistiría por motivos de salud. Gracias a eso, pudo levantarse más tarde de lo habitual. A pesar de la ventaja, cuando abrió los ojos, no sintió que hubiera descansado demasiado. Su cabeza estaba llena de preguntas y, aunque intentaba pensar en otra cosa, las palabras que habían salido de su boca durante los últimos días regresaban una y otra vez.

Se quedó acostada durante unos minutos mirando el techo, recordando todo lo que había pasado en la mitad de la semana desde que había cumplido diecisiete años: cómo abrió la puerta de su casa, haber apagado la alarma y, por último, lo sucedido en el colegio que conllevó a que fuera hospitalizada. Pero cada vez que intentaba encontrar una explicación lógica, terminaba en el mismo lugar; es decir, no tenía ninguna respuesta y se hallaba en un callejón sin salida, lo cual solamente le dejaba un sentimiento de desesperanza.

Después de un rato, Urara se levantó y se cambió de ropa. Antes de salir de su habitación, se puso a pensar en su situación.

— ¿En algún momento volveré a ser normal? ¿Toda esta pesadilla que estoy viviendo ahorita va a terminar algún día? —se preguntó en silencio.

Luego, se dirigió a la cocina. Cuando entró, encontró a su madre preparando el desayuno.

—Buenos días —dijo ella al verla—. ¿Cómo amaneciste?

—Bien. Un poco cansada.

Su madre dejó por un momento lo que estaba haciendo y la miró con atención.

—¿Te duele la cabeza?

Urara negó con la cabeza de inmediato.

—No. Estoy bien.

—Me alegra.

Su madre volvió a sus labores y Urara se sentó a la mesa. Poco después apareció su padre, todavía con sueño, y los tres desayunaron juntos. La conversación fue sencilla. Hablaron de cosas de la casa, de algunas compras que tenían pendientes y de lo que harían durante el día. Nada relacionado con la clínica ni con el colegio. Urara agradeció profundamente que fuera así; necesitaba sentirse normal, aunque fuera solamente durante un rato.

Mientras Urara recogía su plato y su vaso para lavarlos, su mamá se acercó y le agarró afectuosamente el hombro. Urara se volteó para mirarla.

—¿Qué pasa, mamá? Iba a lavar los platos —le preguntó.

—Hija, creo que ya ha pasado bastante tiempo y has pasado por mucho desde que te quité el celular —le decía su mamá, con un tono de voz que arrastraba cierta tristeza.

—Sí, mamá, lo sé. Ya parece como si nunca hubiera tenido un teléfono —le respondió intentando aligerar el ambiente.

—Ay, te pasas, hija, ni que fuera para tanto. Pero bueno, viendo que has pasado por momentos difíciles, he decidido regresarte el celular —le dijo su mamá mientras se lo entregaba.

—¿En serio, mamá? ¡Me estás devolviendo el celular! No sabes lo mucho que me hacía falta —le respondió con un marcado tono de alegría.

—Pero no te olvides de que si te veo distraída en vez de cumplir con tus responsabilidades, te lo voy a volver a quitar —advirtió su madre.

—No te preocupes, mamá, eso no va a pasar —le aseguró Urara mientras la rodeaba con un fuerte abrazo.

Después del desayuno, sus padres continuaron con sus actividades habituales y Urara regresó a su habitación. Si hubiera tenido el celular antes le hubiera servido bastante. Cuando llegó a su cuarto, intentó estudiar porque ya estaban cerca los exámenes de mitad de semestre, pero después de unos segundos terminó perdiendo la concentración debido a que su mente, inevitablemente, volvía a desviarse hacia lo que le pasaba.

Sin muchas opciones para distraerse y decidida a olvidarse del asunto porque no quería estresarse más, tomó el celular y se puso a ver algunos videos para distraer la mente, hasta que su mamá la llamó para que la ayudara con los quehaceres.

Durante el resto de la mañana ayudó a su madre con algunas tareas del hogar, luego ordenó su propia habitación y pasó parte del tiempo leyendo. Por momentos conseguía olvidarse de todo, pero bastaba con que se quedara sin hacer nada unos minutos para que sus pensamientos regresaran a ese tema en el que prefería no pensar.

Cerca del mediodía, mientras estaba en la cocina con su madre, ocurrió algo completamente normal. Su madre estaba colocando algunos platos y vasos sobre la mesa para secarlos, pero de repente uno se le resbaló de la mano.

—¡Ah!

El vaso cayó al suelo, rompiéndose en mil pedazos. Urara se sobresaltó por el ruido.

—¿Estás bien?

—Sí, sí. No me pasó nada —respondió su madre—. Pero no te acerques todavía porque hay muchos vidrios esparcidos por el piso y se te pueden clavar en la sandalia.

Urara miró el suelo. Había varios fragmentos de vidrio diminutos esparcidos por toda la superficie.

—Voy a ayudarte.

—Espera. Primero voy a traer la escoba.

Su madre salió de la cocina para buscarla. Urara se quedó quieta, observando los pedazos de cristal, y pudo notar que uno de los fragmentos se había colado debajo de un estante que estaba cerca de ella. Se agachó para comprobar si realmente era un trozo de vidrio. Al confirmarlo, intentó alcanzarlo con los dedos, pero era imposible llegar a él sin levantar el pesado mueble.




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