Los muros del prestigio

Capítulo 5 — El precio del silencio

La noticia apareció en todos los teléfonos aquella mañana.

“Una nueva familia denuncia irregularidades en la Academia Gonaut.”

Valeria leyó el titular mientras caminaba hacia su salón.

—Cada día aparece algo nuevo —dijo Camila.

—Y cada vez parece más difícil que la academia pueda ocultarlo —respondió Daniel.

Al entrar al aula, notaron que algunos profesores estaban hablando entre ellos.

Nadie parecía tranquilo.

Durante la primera clase, el director académico entró al salón y anunció:

—A partir de hoy, cualquier información relacionada con las denuncias deberá tratarse exclusivamente con la administración.

Un estudiante levantó la mano.

—¿No podemos hablar entre nosotros?

El director lo miró seriamente.

—Pueden hablar de lo que quieran, pero no deben difundir información que no haya sido confirmada.

Cuando salió, Daniel susurró:

—Eso sonó más a una advertencia que a una recomendación.

Valeria no respondió.

Sabía que tenía razón.

Al terminar las clases, los tres volvieron a la biblioteca.

Querían descubrir más sobre Laura.

Daniel había conseguido una antigua lista de estudiantes que habían abandonado la academia.

—Miren —dijo mientras señalaba algunos nombres—. Laura no fue la única.

Valeria observó la lista.

Había varios estudiantes que habían dejado la institución durante los últimos años.

Algunos habían permanecido allí solamente un semestre.

Otros habían estudiado durante varios años antes de marcharse.

—¿Y todos tienen algo en común? —preguntó Camila.

—Todavía no lo sé.

Daniel comenzó a revisar los registros.

Después de unos minutos encontró algo extraño.

—Aquí está.

Todos aquellos estudiantes habían presentado algún tipo de queja antes de abandonar la academia.

Valeria sintió un escalofrío.

—Entonces no fueron casos aislados.

—Eso parece.

Camila miró hacia la puerta.

—Tenemos que tener cuidado.

—¿Por qué? —preguntó Valeria.

—Porque alguien está intentando evitar que encontremos estas cosas.

Ninguno respondió.

Esa misma tarde, un profesor llamado Andrés se acercó a ellos.

—¿Puedo hablar con ustedes?

Los tres se miraron.

—Claro —respondió Valeria.

El profesor esperó hasta que la biblioteca quedó vacía.

—Sé que están investigando.

Daniel preguntó:

—¿Quién se lo dijo?

—No importa.

Valeria fue directa.

—¿Usted sabe qué ocurrió con Laura?

Andrés permaneció en silencio.

—La conocí.

—¿Y qué pasó?

El profesor suspiró.

—Laura intentó denunciar algo que consideraba injusto.

—¿Y qué hicieron?

—Le dijeron que esperara.

—¿Esperara cuánto?

—Unos días.

—¿Y después?

Andrés bajó la mirada.

—Después le dijeron que el asunto estaba solucionado.

—¿Lo estaba?

El profesor negó lentamente con la cabeza.

—No.

Valeria sintió tristeza.

—Entonces, ¿por qué nadie hizo nada?

Andrés la miró.

—Porque muchas personas tuvieron miedo de perder su trabajo.

Camila preguntó:

—¿Y usted?

El profesor guardó silencio.

—Yo también tuve miedo.

Aquella confesión dejó a los tres completamente callados.

Antes de marcharse, Andrés les dijo:

—Hay una diferencia entre guardar silencio y estar de acuerdo.

—¿Cuál? —preguntó Daniel.

—Que algunas personas callan porque tienen miedo.

El profesor se marchó.

Valeria quedó pensando en sus palabras.

Esa noche, otro mensaje apareció en su teléfono.

“Ahora entiendes por qué nadie habló.”

Valeria escribió:

“¿Quién eres?”

La respuesta tardó unos minutos.

“Alguien que también tuvo miedo.”

Después llegó un último mensaje:

“Pero ya no quiero callar.”

Valeria miró la pantalla.

Por primera vez, comprendió que quizá no estaban solos.

Había otras personas que conocían la verdad.

Personas que habían permanecido en silencio durante años.

Y quizá algunas de ellas estaban preparándose para hablar.

Al día siguiente, la academia recibiría una noticia que cambiaría todo.

Una familia había decidido enfrentarse públicamente a la institución.

Y esta vez, no pensaban guardar silencio.




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