—Hola, soy Lili. Encantada de conocerla —dije, estrechando su mano con entusiasmo.
La señora se llamaba Anne. Era una mujer bajita, de pelo cobrizo y con unas expresiones faciales tan marcadas que parecía imposible que ocultara lo que pensaba.
El apartamento era un piso coqueto situadamente cerca del centro de Hannover y del colegio al que debía acudir en menos de dos horas. Tenía dos habitaciones —ideales para Jacob y para mí—, equipadas con el mobiliario indispensable, algunas plantas verdes de hojas anchas y una cocina integrada al salón mediante una funcional barra americana. Aunque la decoración era moderna, los cuadros en tono pastel, las alfombras mullidas y el color cálido de ciertas paredes le conferían un aire profundamente acogedor y familiar.
—Es precioso —murmuré, contemplando la luz natural que entraba por el ventanal.
La mujer me sonrió, aunque le resultaba imposible apartar la vista del carrito donde Jacob descansaba.
—Mi hija lo decoró entero antes de irse a estudiar a Australia —suspiró, aproximándose a la ventana con nostalgia—. Las vistas son magníficas; desde aquí se alcanza a ver el lago en el corazón de la ciudad. Espero que disfrutes de tu estancia en Hannover y, sobre todo, te deseo muchísima suerte en la entrevista de esta tarde.
Se acercó a mí con parsimonia, depositó el juego de llaves en la palma de mi mano y me brindó un tierno apretón en el brazo.
—Cualquier duda o imprevisto que tengas, dispones de mi número de teléfono.
Tras despedirme de Anne, la prioridad absoluta pasó a ser mi hijo. Lo bañé con agua templada para relajarlo del ajetreo del vuelo desde Noruega, lo vestí con un conjunto limpio y lo alimenté con calma. Cuando Jacob quedó dormitado y satisfecho en su carrito, decidí salir a explorar las inmediaciones y comer algo.
Las calles céntricas de Hannover hervían de actividad. El movimiento constante de los transeúntes, el susurro del tranvía y el olor a pan recién horneado me envolvieron por completo. Me instalé en la terraza de un bar discreto y coqueto a tomar un almuerzo rápido. Observando la rutina de aquella gente desconocida, me invadió un inesperado sentimiento de paz.
Al principio, la idea de emprender una mudanza internacional completamente sola me aterraba. Me consumía el pavor a sentirme culpable por romper con todo, por dejar atrás Irlanda y alejarme de todos. Pero la realidad, sentada en aquel rincón anónimo donde nadie conocía mi pasado ni juzgaba mis errores, era diferente: por primera vez en años, me sentía tranquila y libre.
Aun así, la calma era una ilusión pasajera. La sombra de la cita inminente hacía que la comida se me atragantara por momentos. El trayecto hasta la Waldorf School resultó sencillo gracias a las indicaciones del plano, pero mantenerme firme al alzar la mano para llamar a la puerta del despacho de la dirección requirió hasta la última gota de mi fuerza de voluntad.
Dio dos golpes secos de nudillos y aguantó la respiración.
—¡Adelante! ¡Lili, bienvenida! Estaba esperándote.
La oficina era un espacio amplio, de arquitectura minimalista y tonos pulcros, cuya sobriedad quedaba rota únicamente por un mural de madera cubierto de punta a punta por coloridos dibujos infantiles. Katie, la directora, era una mujer de mediana edad, rubia, de ojos castaños y con el cabello recogido en un moño tirante e impecable. Avanzó hacia mí luciendo una sonrisa cordial que cobró una calidez desmedida en cuanto sus ojos dieron con el carrito de Jacob.
—Muchas gracias por recibirme. Estoy enormemente ilusionada por optar a este puesto de trabajo —pronuncié de un tirón. En mi mente la frase sonaba articulada y profesional, pero al proyectarla me pareció artificial, robótica y forzada. Odiaba profundamente que los nervios traicionaran mi modulación en los instantes decisivos.
—El placer es nuestro, querida —respondió Katie con soltura. En ese instante, la diminuta mano de Jacob se extendió y se aferró al dedo índice de la mujer—. Pero qué delicia... ¿Cómo se llama este caballero tan simpático?
—Jacob —respondí de inmediato.
—Vaya, pues el pequeño Jacob demuestra tener un agarre formidable —comentó riendo con ligereza.
—Apreta la manita con ganas —asentí, permitiéndome sonreír.
—En fin, si estás preparada, acomódate y daremos comienzo a la entrevista.
Me senté al otro lado de un pesado escritorio de madera negra. La sensación de sosiego que había experimentado en el bar se evaporó de golpe. Mi corazón empezó a latir a un ritmo acelerado en cuanto Katie extrajo la carpeta con mi documentación y se caló sus gafas de lectura.
—A ver, Lili... ¿Qué motiva a una chica tan joven como tú a trasladarse a Hannover?
Había ensayado esa respuesta decenas de veces durante el viaje; la pregunta era totalmente inevitable.
—Necesitaba un cambio de etapa —expliqué procurando proyectar firmeza—. Dublín es una ciudad maravillosa y la guardo en el corazón, pero deseaba brindarle a Jacob la oportunidad de criarse y conocer otros horizontes.
Katie anotó una breve frase en el margen de un folio con su pluma y apretó los labios de forma perceptible. Era el preámbulo de una indagación incómoda.
—Disculpa si mi observación resulta indiscreta, pero... ¿has viajado únicamente con el bebé? Me refiero a tu red de apoyo aquí: ¿quién asumirá la custodia de Jacob mientras cubres tus jornadas laborales?
Un leve suspiro se me escapó de los labios. Detestaba tener que recurrir a este argumento tan pronto, y mucho menos formulando una petición en la segunda pregunta del proceso de selección.
—Verá, precisamente quería consultar si la escuela dispondría de alguna plaza vacante en el ciclo inicial para poder matricularlo aquí mismo.
En cuanto las palabras salieron de mi boca, vi aparecer en las facciones de Katie esa expresión tan reconocible: lástima condescendiente. Había sido el blanco de esa mirada en incontables ocasiones a lo largo de los últimos meses.
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Editado: 27.09.2026