Mil maneras de volver a encontrarte

Capítulo 6 - Pinchazo en el corazón

—Vamos, niños, despacio.

La clave para llevar a diez niños de la mano por un pasillo sin que ninguno se suelte es ir cantando. Los días anteriores habíamos practicado una canción sobre los colores que ahora iban recitando alegremente.

Era un día soleado y la temperatura estaba más alta de lo normal. Aunque seguía haciendo frío, se podía disfrutar de los rayos de sol que entraban por la ventana. Llevaba un jersey de lana morado que abrigaba bastante y unos vaqueros anchos para poder moverme con comodidad.

—Venga, cada uno a un sitio.

Se sentaron en los asientos de la sala de reuniones, convertida ahora en una sala de espera para la vacunación. Este proceso era bueno para ellos, pero les generaba un mal rato que a mí me hacía sentir fatal.

—Ya estoy aquí.

Los niños se quedaron en silencio al ver a Katie; ella imponía respeto incluso a los más pequeños. Llevaba un atuendo impecable: botas negras, un traje marrón informal y el pelo rubio recogido sin un solo mechón suelto. Katie se iba a encargar de estar con el grupo mientras yo los acompañaba de uno en uno a ponerse la vacuna.

Miré en mi cuaderno el nombre del primer alumno que entraría, siguiendo el orden de lista que ya le habían pasado previamente a los médicos.

—Ali, vamos —le dije tomándola de la mano para llevarla hasta la puerta de madera que conectaba con la sala de enfermería. Cerré la puerta detrás de mí usando la mano libre y alcé la vista.

Solo había visitado esa sala cuando me hicieron el recorrido rápido por las instalaciones: era pequeña, con varios muebles altos llenos de medicinas, una camilla y varias sillas acolchadas. Había una mesa redonda en el centro llena de papeles, pero no había nadie.

—¿Quieres sentarte ahí? —Señalé la camilla. Ali asintió tímida y se apretó junto a mí. La cogí en brazos y la senté con cuidado.

La puerta principal de la enfermería se abrió de golpe.

—Buenos días, Ali, ¿estás lista?

Su mirada se dirigió directamente a la niña, que asintió con una sonrisa. Había entrado sonriendo levemente, como siempre, pero su semblante se volvió más serio cuando me vio a mí.

—Elizabeth.

Si eso fue un saludo, no lo pareció. La carga del aire se hizo más densa mientras intercambiábamos miradas. Se acercó a nosotras y depositó el maletín en la mesa, abriendo y preparando la instrumentación de espaldas a la niña.

—¿Cuál es tu juguete favorito, Ali?

Hablaba calmado, con un tono simpático; incluso la niña parecía rendida a sus encantos. No tanto como yo. Llevaba la bata blanca abrochada por completo; solo podía ver sus pantalones negros y el reloj plateado que sobresalía por su muñeca. Su pelo había crecido un poco desde la última vez, y me planteé si le quedaría bien dejárselo largo.

Volví a la realidad cuando Nathaniel se acercó a la pequeña y me di cuenta de que la conversación entre ellos había seguido mientras yo pensaba en él.

—Muy bien, no vas a notar nada.

Ali se portó genial y no se quejó ni se movió, cosa que sí ocurrió con otros niños que fueron pasando. Las conversaciones entre Nathaniel y yo fueron mínimas; intenté centrarme en el bienestar de los chicos y no en cómo nuestras manos se habían rozado accidentalmente en dos ocasiones.

Ya solo quedaba Otto, un niño bastante inquieto en clase cuya madre nos había recalcado que tenía pánico a los médicos. Lo habíamos dejado para el final para poder dedicarle todo el tiempo y la tranquilidad posible si la situación se complicaba.

Nathaniel se había quitado la bata para parecer menos "médico" y llevaba un jersey negro que le apretaba los bíceps, provocando que mi mirada se perdiera en esa zona.

—Hola, Otto, soy Nathaniel. —Se arrodilló frente a él y le ofreció la mano para chocar los cinco. El niño sonrió nervioso e intentó emplear toda su fuerza en el choque—. ¿Quieres subir aquí arriba? —Señalé la camilla, pero el niño no pareció muy convencido y se escondió detrás de mis piernas, aferrándose a mi mano.

—Deja que yo lo intente —susurré.

Por unos segundos sus ojos se quedaron fijos en mis labios; luego se levantó y se alejó unos pasos.

—Otto, eres un niño muy valiente, ¿sabes? —Le hablé suavemente.

Intenté persuadirlo con canciones, superhéroes y unas galletas, hasta que por fin accedió a montarse en la camilla. Nathaniel se colocó a su lado con la jeringuilla preparada pero oculta a su vista.

Otto estaba concentrado en comerse sus galletas de un paquetito pequeño y no notó ni siquiera el pinchazo. Aunque la inyección fue rápida, el proceso de tranquilizarlo y subirlo nos había llevado más de quince minutos.

La puerta se abrió despacio y Katie asomó la cabeza.

—Veo que nuestro pequeño Otto ya está listo —sonrió mirando al niño, que luciendo una tirita de superhéroes terminaba su galleta.

—Sí, al principio no quería subir. —Lo bajé con cuidado de la camilla y, tomándolo suavemente de la mano para que no echara a correr, lo guié hasta la puerta para entregárselo a Katie—. Ya es el último.

Katie tomó al pequeño de la mano y lo acompañó hacia el aula. Miré de reojo a Nathaniel guardando sus cosas; al haber terminado la vacunación, se marcharía ahora.

Un carraspeo me regresó a la realidad. Miré a Katie, que había vuelto a la puerta y mantenía el ceño fruncido en mi dirección.

—Gracias por tu trabajo, Nathaniel. Ha sido impecable, como siempre.

—No ha sido nada —restó importancia al agradecimiento y, con un gesto leve de cabeza, abandonó la enfermería por la puerta principal.

Cuando lo vi marchar, me dispuse a ir a la sala donde esperaban los demás.

—Lili —pronunció Katie. Tenía el mismo tono de voz que mi madre cuando encontraba mi cama sin hacer—. ¿Recuerdas cuál es la norma más importante de esta escuela?

Que los niños estén bien. Ah, no, claro. Esa no.

—Nada de escándalos públicos ni problemas.

Ella asintió satisfecha.




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