—Cariño. —Dejó una suave caricia en mi mano, se acomodó en su asiento y me miró con el amor y la ternura que necesitaba en ese momento—. Su boda fue uno de los eventos más esperados del año pasado.
Fruncí el ceño y giré la cabeza para que no me viese los ojos cristalizados; me sentía tonta e inocente.
—Hubo una celebración por todo lo alto; la novia iba preciosa y él impecable. —Puso los labios en una fina línea y su mirada pareció perderse en el recuerdo—. Aunque no fui invitada, mi hija había estudiado con ella durante la adolescencia y sí asistió. Ella me lo contó con todos los detalles. Fue una ceremonia tranquila, bonita y parecía que los novios se querían.
Me sorprendí con ese «parecía». ¿Acaso no era cierto? Odiaba que una parte de mí, bastante grande, buscase la manera de justificar sus actos y de creer que él realmente estaba interesado en mí y no solo jugaba a ser mi salvación.
—Unos meses después de la boda hubo una filtración. Los padres de ambos jóvenes se habían hecho socios recientemente, uniendo las dos empresas médicas más grandes de Hannover. —Chasqueó la lengua con una clara insinuación—. La gente empezó a hablar, surgieron rumores…
Lo dejó en el aire, pero la sugerencia era transparente: ¿amor por interés?, ¿había un contrato de por medio?
—¿Lo desmintieron?
Ella negó con la cabeza, esbozando una mueca triste.
—No se les ha vuelto a ver juntos desde la boda.
Alcé las cejas en un gesto de franca sorpresa. ¿Eso era posible?, ¿tenían una relación a distancia?
—¿Ella vive fuera de Hannover?
Volvió a negar.
—Ella siempre ha estado a su alrededor. Al principio lo intentaba visitar en su clínica, pero entraba sola y salía sola. Nunca se les ha visto en restaurantes, navidades o paseando por la calle. —Se llevó la mano a la barbilla, pensativa—. Hubo una sola vez que tuvieron que estar juntos delante de la gente.
Eso despertó mi curiosidad. Su tono de voz se volvió más suave cuando se escuchó un pequeño quejido de Jacob desde la cuna.
—En la inauguración de la última clínica Meyer de la ciudad, la que tú conoces. —Asentí levemente—. Fue un regalo de su padre para que él tuviese su propia clínica. Una tradición familiar. —No le dio mucha importancia al tema, pero yo me sorprendí al enterarme de que la clínica era suya y no propiedad directa de su familia. Nunca me había planteado hasta dónde llegaba su dinero y su poder.
—Hubo una fiesta para celebrar su apertura, unos cuatro meses después de la boda. Todos estaban allí, pero Nathaniel llegó solo en su coche. Ella vino con los padres de él y su hermana. —Otro quejido de Jacob nos indicó que pronto se despertaría y querría comer de nuevo.
—Durante el evento no se hablaron, tampoco se miraron. Después, cada uno se fue por su lado. A Nathaniel siempre se le ha visto solo, incluso antes de su boda; jamás se le había visto con ella. Supongo que eso llamó mucho la atención de todo el mundo. Nadie sabía que estaban juntos... si es que lo estaban, claro. —La idea de un matrimonio pactado retumbaba cada vez con más fuerza en mi cabeza.
—Parecía que nadie le interesaba, hasta que llegaste tú.
—¿Yo? —pregunté sorprendida. Yo apenas lo conocía desde hacía un mes.
Recordé nuestro primer encuentro en el hotel, luego en el avión y en su consulta las primeras veces. Había sido serio, desagradable y desafiante, pero también gentil y atento. No supe en qué momento nuestro trato se había vuelto tan personal.
—Cuando os conocisteis en la clínica y él te trajo a casa, muchas personas lo vieron y empezaron a hablar. Eres la primera mujer que se pasea con Nathaniel, antes y después de su boda.
Solté una risa tímida y noté cómo el calor subía a mis mejillas. No era momento para sentir mariposas en el estómago.
—En realidad —puntualicé—, nos conocimos mucho antes. —Ahora la sorprendida era ella.
Le conté cómo coincidimos en el hotel, la noche que pasamos en la misma habitación, su manera de ocuparse de Jacob mientras yo dormía, nuestro encuentro en el avión, mi conversación con su hermana e incluso lo que había ocurrido en los últimos días. Anne parecía divertida con la situación y yo me sentí liberada al hablarlo en voz alta por primera vez.
—No imaginaba que había sido él quien te dijo que estaba casado —murmuró mientras se levantaba a coger su abrigo—. Pensaba que te habías enterado por alguna compañera del trabajo.
Nos despedimos en la puerta con un pequeño abrazo y fui directa a la ducha para despejarme un poco. Jacob ya lloraba cuando salí. Me puse el pijama antes de mecerlo en brazos, desvestirlo con cuidado y cambiarle el pañal. Le di un baño tranquilo y le puse ropita limpia; pronto sería su hora de comer otra vez.
El teléfono vibró sobre la mesilla. Al mirar la pantalla, vi tres mensajes de un número no guardado, pero al leer la vista previa supe de inmediato de quién se trataba por la forma de dirigirse a mi hijo:
Por favor, llámame cuando tengas un momento. No sé si Jacob está dormido y no quiero despertarlo.
Decidí ignorar la pantalla por unos minutos y prepararle el biberón a Jacob, que se lo tomó encantado. Después de sacarle los gases y pasear con él en brazos por la casa, lo dejé en su cuna con un peluche de juguete que emitía sonidos suaves.
Tenía el teléfono en la mano. Agregué el contacto, pero vacilé con el dedo sobre la pantalla antes de atreverme a llamar. Fui a la cocina a por un trozo de chocolate mientras intentaba organizar mis pensamientos: él me había besado y me había confesado que le gustaba llevarme en su coche. ¿Qué clase de persona hacía eso estando casada?
Apareció entonces un sentimiento en el que no quería profundizar: la culpa. Había una mujer ahí fuera que estaba siendo traicionada por mi causa. Me comí un segundo trozo de chocolate y volví al salón para revisar a Jacob.
Deja de buscar distracciones, no puedes huir siempre.
#5142 en Novela romántica
#1736 en Otros
#305 en Relatos cortos
amor y celos y drama, madre joven soltera, amor compromiso boda
Editado: 27.09.2026