—Elizabeth —suplicó una vez más.
Llevaba más de quince minutos pegado al otro lado de la puerta rogando por una conversación. En dos ocasiones me había acercado con la entereza suficiente como para escucharlo. Solo una última conversación. Pero no había sido capaz de abrir sin derrumbarme. ¿Qué estaba haciendo? ¿Cómo podía estar tan tranquila a su lado sabiendo que yo era la otra? ¿De verdad esa chica que se presentaba como su mujer no sufría si se enteraba?
—No puedes huir por cada problema que tengamos.
Él no lo sabía, pero huir era mi especialidad. De hecho, si no hubiera estado huyendo de mi familia, jamás lo habría conocido. Suspiré, cansada de la situación. ¿Es que no pensaba rendirse? ¿No se cansaba? ¿Por qué tanto interés?
Miré el monitor de bebés: Jacob dormía plácidamente en su cuna. Habíamos jugado, le había dado un baño caliente y se había tomado un buen biberón antes de caer rendido mientras lo acunaba. ¿Estaba siendo una buena madre a pesar de todo? Era difícil saberlo cuando yo nunca había tenido un buen ejemplo que seguir.
Me acerqué con pasos sigilosos y apoyé la frente contra la madera.
—Sé que me estás escuchando —habló él desde el pasillo—. No quiero causarte problemas con los vecinos. Tampoco quiero despertarlo.
Su preocupación por Jacob conseguía resquebrajarme el corazón. Él y Anne le habían devuelto las primeras veces que mi propia familia le había robado. Un recuerdo amargo me golpeó mientras seguía escuchando sus súplicas tras la puerta.
—¿Cuándo le darán el alta?
—Ella podrá marcharse mañana.
Escuchaba los murmullos atropellados en el pasillo y, entre las distintas voces, distinguí la de mi madre. Estaba sola en la habitación; ni siquiera Jacob estaba conmigo. ¿Estaría bien? ¿Podría ir a verlo?
—No podemos faltar a la cena de mañana —la oí decir mientras sus taconazos resonaban cada vez más cerca.
El parto había sido muy complicado y llevaba un día entero yendo y viniendo de la inconsciencia. Jacob estaba en la incubadora; había nacido con un peso bajo y con bastantes complicaciones. La enfermera me aseguró que en pocos días podría estar conmigo en casa. Casa. Como si yo quisiera llevarlo a aquel lugar.
—Por fin estás despierta.
Llevaba uno de sus vestidos elegantes de color azul marino, que resaltaba su media melena castaña. En la mano sostenía un pequeño bolso blanco. Nada de flores, ni comida, ni un solo detalle para su nieto.
—¿Cómo está Jacob?
Ignoró mi pregunta y rodeó la cama para situarse a mi lado. Apoyó la mano en mi brazo y me dio un leve apretón; quizás el gesto más cercano que me había dedicado desde que tenía uso de razón.
—He pedido que te den el alta hoy para que podamos ir a la cena familiar esta noche —murmuró.
Cerré los ojos con pesadez. Había perdido mucha sangre durante el parto, apenas me sostenía en pie para ir al baño sin la ayuda de una enfermera, y ella ya me estaba presionando para aparentar que nunca había estado embarazada.
—Todo esto sería más fácil si nos dijeras quién es el padre —sentenció.
Solté una risa amarga y sarcástica; jamás me creerían si dijera la verdad.
—Quiero ir a ver a mi hijo. ¿Sabes en qué planta lo tienen?
Se encogió de hombros con frialdad, se sentó en el cómodo sillón de la habitación y sacó el teléfono para organizar el catering de la cena. Los ojos se me llenaron de lágrimas al pensar en la falta de humanidad que la rodeaba a ella y a todos los demás. Era su nieto, su único nieto. ¿Cómo no podía preocuparle lo más mínimo?
Abrí la puerta despacio. Nathaniel estaba sentado en uno de los escalones del descansillo. Tenía la camisa desabrochada, dejando entrever el vello rubio del pecho; las mangas estaban remangadas de cualquier manera y los pantalones de traje gris lucían arrugados.
Se levantó con lentitud, como si cualquier movimiento fuera a asustarme. Algo bastante cercano a la realidad.
—¿Amelia te lo ha contado?
Asintió suavemente. Inclina levemente la cabeza hacia el interior, pidiendo permiso, y abrí del todo para dejarlo pasar. Entramos a la cocina en completo silencio. Dejé el monitor sobre la encimera y me giré con los brazos cruzados, dispuesta a afrontar la situación.
—Hacía tiempo que no me sentía tan fuera de lugar.
—Lo entiendo —murmuró. Era la primera vez que lo veía tan nervioso: se rascaba la barba incipiente de la barbilla y se balanceaba con indecisión—. Tengo que seguir casado un mes más para que no puedan anular el contrato.
—¿Un contrato?
—Este tipo de matrimonios se realizan para conseguir beneficios empresariales. Beneficios que se estipulan en un documento antes de la boda para evitar trampas. Nadie confiaría en la palabra de un gran empresario.
Caminé hacia el frigorífico, saqué una botella de agua y me serví un vaso. Tenía la garganta tan seca que me costaba articular las palabras.
—¿Qué ganabas tú con esa boda?
—Que las clínicas Meyer colaborasen con la mayor aseguradora del país. Los padres de Em son los principales inversores y nos ofrecieron un acuerdo de diez años a cambio de dos de matrimonio —explicó con el ceño fruncido. Su mirada estaba clavada en un punto fijo de la pared, probablemente recordando cómo se gestó todo.
—¿Y qué ganaban ellos a cambio?
A pesar de la postura recta y elegante que solía mantener Nathaniel, sus hombros se cayeron y apoyó la espalda contra la pared.
—Nuestras clínicas son de las mejores; les aportaba prestigio y confianza ante los clientes que acudían a nosotros —hizo una pausa. Arqueé una ceja hacia él. No era explicación suficiente. Él negó con la cabeza, sabiendo que no podía ocultarme nada más—. No habría sido necesaria una boda si con eso hubiera bastado. Nuestras familias se conocen desde hace años. Conozco a Em desde que era una adolescente... Desde que era una niña.
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Editado: 27.09.2026