Sonaba música alemana en la radio, las luces de las farolas todavía permanecían encendidas sobre el asfalto mojado y docenas de coches rodaban cansinos por las calles a esa hora temprana. La condensación empañaba ligeramente los cristales del vehículo, aislando el interior en un silencio casi claustrofóbico. A pesar de la cercanía física, no cruzamos ni una sola palabra durante casi todo el trayecto. El leve murmullo del motor y el brillo tenue del cuadro de mandos reflejado en el perfil recto de Nathaniel eran lo único que llenaba el espacio. El camino se me hizo dolorosamente corto.
—¿Estás bien? —preguntó de pronto.
Dejé de mirar por la ventanilla y me centré en él. Su rostro no reflejaba miedo ni preocupación; sostenía el volante con una calma absoluta, como si todo lo que estábamos haciendo tuviera un sentido clarísimo para él.
—No sé qué estamos haciendo —expresé, dejando escapar un hilo de voz angustiado—. Estás casado. Soy una madre soltera con un bebé a mi cargo. Y apenas te conozco... Solo sé que tienes una clínica a tu nombre y una hermana. Ah… —Un suspiro pesado se me escapó de los labios—. Y que parece que aquí todo el mundo sabe quién eres.
El semáforo cambió a verde. Avanzamos un par de calles más en silencio antes de que él carraspeara, dudando un instante antes de soltar la información.
—Mis padres también son médicos, e inversores —comentó, manteniendo la vista en la carretera pero relajando un poco los hombros—. Tienen una cadena de clínicas y hospitales privados por la región. —Hizo un amago de sonrisa que se apagó antes de nacer—. Y mi hermana Amelia... bueno, es la persona que más me saca de quicio en este mundo. Somos la noche y el día. Pero supongo que no sé vivir sin ella. Ni sin mi familia.
El tono que utilizó al final sonó apagado, impregnado de una melancolía que contrastaba con su porte habitualmente distante.
—Tienes suerte de tener una familia unida —dije con más pesadez de la que pretendía, sembrando en sus ojos una duda del pasado que no pensaba resolver.
Cuando llegamos a las puertas de la escuela, era tan temprano que apenas había tres o cuatro coches estacionados en el aparcamiento. Nathaniel apagó el motor. El repentino silencio dentro del coche hizo que me diera un vuelco el corazón. Cogí mi bolso, dispuesta a bajarme y enfrentarme a las consecuencias de mis actos, con la débil esperanza de que él tuviera razón y Katie solo quisiera asustarme.
—Gracias por acercarme —murmuré.
Le di un leve apretón en la mano y bajé lentamente del vehículo, aterida por el aire frío de la mañana. Solo pude dar un par de pasos antes de escuchar el portazo de su lado, seguido del pitido metálico del coche al bloquearse. Me giré para cuestionarlo, pero enseguida se colocó a mi lado. Con la palma de su mano firme e imponente apoyada en mi espalda baja, me guio hacia la entrada.
—¿Qué estás haciendo? —susurré, aterrada de que alguien nos viera.
—Hablaremos con ella, lo entenderá —aseguró con voz pausada.
Levanté una ceja, absolutamente incrédula ante su exceso de confianza.
—¿Tú quieres que me despidan inmediatamente?
Seguimos avanzando por el pasillo desierto rumbo a la dirección. Él marcaba el paso con zancadas largas y seguras; yo caminaba apresurada a su lado, con las manos sudorosas y temblando.
Katie estaba plantada en el umbral de su despacho. Sus cejas se elevaron brevemente al vernos llegar juntos, pero su mirada no mostró sorpresa real. ¿Nathaniel le había avisado?
—Buenos días. Pasad —dijo con frialdad.
Cerró la puerta tras nosotros. El chasquido de la cerradura al encajar me erizó el vello de los brazos. Los tacones marrones a juego con su impecable traje beige resonaron sobre el suelo de madera hasta llegar a su sillón de cuero. Nos sentamos en las sillas de confidencias a una distancia prudente, sin rozarnos.
El aire dentro de la estancia se volvió espeso, casi irrespirable; una mezcla entre el olor a papel antiguo, café amargo y una tensión palpable. Noté cómo una gota de sudor frío empezaba a mojarme el nacimiento de la frente. ¿Confiaba en Nathaniel? Sí. Pero arriesgar mi futuro y el de mi hijo por él era una locura, pues de mantener este empleo dependía no tener que regresar derrotada a casa de mi familia.
—Katie… —empezó él.
—No, Nathaniel. No puedo permitirme una situación como esta —lo cortó ella de golpe, apoyando las manos sobre el escritorio—. Todos los padres de la escuela están hablando del tema. ¿En qué estabas pensando?
—Es la novedad —repuso él—. En un par de días ocurrirá cualquier otra cosa que llame su atención y se olvidarán.
Nathaniel permanecía sentado completamente recto, con los brazos estirados sobre las piernas. Katie, en cambio, a pesar de lo pulcra que iba siempre, aparentaba estar agotada, con sombras marcadas bajo los ojos y visiblemente preocupada por el impacto en el colegio.
—¿Por qué no puedes hacer las cosas bien por una vez? —soltó ella.
En cuanto pronunció aquellas palabras, vi un destello de arrepentimiento cruzar sus ojos. Nathaniel se incorporó a mi izquierda, perdiendo de golpe toda la postura relajada de antes. Apoyó una mano abierta sobre la mesa, inclinándose hacia delante.
—¿Realmente eres tú la que me está preguntando eso? —inquirió él con la voz cargada de veneno.
El ambiente se volvió abrasador. Había tensión allí, pero era otro tipo de tensión, antigua y personal. Katie frunció el ceño con rabia contenida y Nathaniel sostuvo una postura dominante que me hizo sentir diminuta en medio de ambos.
—Está bien —intervine, rompiendo el duelo de miradas con la voz temblorosa—. ¿Alguno de los dos me puede decir de qué os conocéis?
Mantuvieron el contacto visual unos segundos más hasta que Nathaniel carraspeó y echó la espalda atrás.
—Es la novia de Amelia.
Mi boca se abrió con absoluta sorpresa. Miré a Katie con una mezcla de conmoción y curiosidad. Por eso eran tan cercanos, por eso ella le hablaba con esa confianza desmedida y él se tomaba atribuciones en el colegio. Asentí derrotada; a pesar de que aquella reunión iba a decidir mi futuro laboral, en ese instante me sentía un monigote completamente ajeno a la conversación.
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Editado: 27.09.2026