Adaptarse a una nueva rutina no es sencillo, y menos si es en un país diferente con otros horarios y costumbres.
—¡Hasta mañana!
Me despedí de ellas con una sonrisa y caminé a paso rápido para llegar a casa. Mientras encontraba a alguien que cuidase de Jacob, era Anne quien se quedaba con él.
El primer día fue horrible. Salí a trabajar con el corazón encogido y pensando que era la peor madre del mundo; era la primera vez que me separaba de él desde que nació. Cuando regresé a casa y lo encontré dormido en su nueva cuna —la cual hube de montar con urgencia la noche anterior—, sentí paz.
Anne era una mujer entrañable, sencilla y con un instinto de abuela que no era capaz de ocultar. Me daba pena pensar que mi propia madre no se le parecía en nada en ese aspecto. Quizás era bueno para Jacob pasar tiempo con otras personas que no fuese yo. O, al menos, eso intentaba decirme a mí misma.
Las dos primeras semanas fueron buenas: las compañeras eran discretas y agradables; nadie preguntó por mi pasado ni por mi familia, pero sí se interesaron por Jacob cuando les enseñé una foto.
El problema vino el lunes de la tercera semana. Jacob estaba más irritado de lo normal cuando me fui a trabajar y, al llegar por la tarde, vi que tenía fiebre. Anne le había puesto unas toallas tibias para que se calmase, pero me recomendó ir al médico.
Gracias a mi trabajo en la escuela privada, tenía un seguro médico asignado al que podíamos acudir tanto yo como mi hijo. No tardé mucho en ponerme en marcha hacia la clínica, que apenas estaba a unas calles de distancia. Jacob lloraba en mis brazos desconsolado y su carita estaba roja de tanto esfuerzo.
La clínica olía a dinero por todas partes: tenía un estilo moderno con tonos negros, grises y blancos, aderezado con decoraciones minimalistas. En el mostrador se encontraba una mujer alta y delgada, digna de una revista de moda.
—Buenas tardes, soy Lili. —Le enseñé mi tarjeta del seguro y aproveché para cambiar a Jacob de brazo—. Necesito una cita urgente para mi hijo. Tiene solo cuatro meses y le ha dado una fiebre muy alta.
La mujer tecleó muy rápido mis datos.
—No se preocupe, Lili —respondió con amabilidad—. Enseguida le atiende nuestro pediatra. Puede sentarse en la sala de maternidad —señaló una puerta blanca al comienzo del pasillo— o en la sala de espera.
Me dirigí a la sala de espera situada frente al mostrador, donde solo había una pareja y un señor mayor. Jacob seguía llorando sin parar y, cada vez que le tocaba la frente, sentía que su temperatura aumentaba.
Mi pierna temblaba por los nervios y las manos con las que lo sostenía me sudaban sin parar. ¿Cómo se gestiona que un bebé tan pequeño se ponga enfermo? En ese momento deseé que Anne hubiese venido conmigo solo para sentir un mínimo de seguridad, porque yo no tenía ninguna.
—Elizabeth Walsh.
Una enfermera vestida completamente de blanco me acompañó por el pasillo hasta la consulta tres. Me abrió la puerta —lo que agradecí enormemente porque me faltaban manos— y cerró detrás de mí.
La estancia era acogedora. Aunque sus paredes eran blancas y tenía los muebles mínimos, había un mural de un arcoíris y pájaros en una de las paredes. El escritorio de caoba era grande y contaba con dos sillones para que pudieras sentarte.
—Perdona por la espera.
La puerta se abrió y se cerró rápidamente. De pronto, el ambiente se volvió denso y deseé estar volviéndome loca. Inspiré lentamente y no me moví; ni siquiera me giré. Su aroma personal había entrado como una ráfaga de viento hasta mis pulmones. Los nervios apretaron mi estómago y la tensión fue tan grande que hasta Jacob dejó de llorar.
Supe que él también me había reconocido porque no avanzó hasta pasados unos segundos. Con pasos decididos llegó hasta el escritorio y solo cuando estuvo de pie frente a mí alcé la vista.
—Señorita Elizabeth Walsh.
No pude evitar mirar sus labios mientras pronunciaba mi nombre. Parecían suaves y resultaban tan apetecibles como él. Se sentó en su sillón, que parecía hecho a propósito para él.
—Es por Jacob.
Él asintió como si fuese obvio. Y lo era: me habían dicho que me asignarían un pediatra. Pero de todas las profesiones del mundo, jamás pensé que el misterioso hombre con quien compartí avión y habitación de hotel fuera pediatra.
—Lleva varias horas con fiebre, pero cada vez es más alta. No he notado nada más.
Él anotó algo en su ordenador y después se levantó del sillón para dirigirse a la camilla de bebés que había al otro lado.
—Necesito inspeccionarlo. ¿Puedes colocarlo aquí?
Me acerqué con cautela y desenvolví a Jacob de la manta que lo arropaba. Con cuidado lo dejé sobre la pequeña camilla y me aparté un poco.
El hombre procedió a inspeccionar su cuerpo por completo y no dijo nada en ningún momento. Me fijé en que llevaba la bata blanca desabrochada, dejando ver una camisa de color negro perfectamente planchada y sus pantalones a conjunto. Tenía el pelo un poco más largo que la última vez, pero conservaba la barba completamente afeitada. Busqué en el bolsillo de su bata una placa con su nombre, pero no había nada.
—Parece que Jacob está bien; solo ha cogido un poco de frío. Voy a recetarle una medicación para cinco días y una nueva cita para revisar que todo ha ido correctamente —concluyó.
Asentí aliviada... hasta que procesé sus palabras. ¿Una nueva cita? ¿Con él?
—Te recomiendo que no lo saques mucho de casa hasta que se ponga mejor y mantenlo vigilado por si le sube la fiebre. Si notas cualquier otro síntoma o una fiebre superior, debes traerlo de nuevo.
—Está bien, gracias —fue más un murmullo para mí misma que una afirmación para él.
Recogí a Jacob de la camilla y lo envolví de nuevo en mis brazos. El hombre misterioso se quedó de pie a mi lado, sosteniéndome la mirada como si quisiera añadir algo más.
La puerta sonó con tres golpes secos llamando su atención y creando un gran espacio entre ambos.
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Editado: 27.09.2026