—Dime que la salvarás, doctor. ¡Te pago lo que me pidas, pero salva a Verónica y a mi hijo! —gritaba Leonardo fuera de sí, con las manos manchadas de sangre y el rostro desfigurado por el llanto y la desesperación en el pasillo de urgencias del hospital.
El médico cirujano salió del quirófano con el rostro sombrío, retirándose los guantes ensangrentados con lentitud exasperante antes de posar una mano pesada sobre el hombro de Leonardo.
—Lo lamento mucho, Leonardo. Hicimos todo lo que humanamente estuvo en nuestras manos, pero el impacto de la caída fue devastador. Verónica ha perdido al bebé; la hemorragia interna era demasiado severa y tuvimos que intervenir de emergencia para salvarle la vida a ella. En este momento está sedada, pero su estado sigue siendo sumamente delicado —sentenció el doctor con fría profesionalidad antes de girarse y perderse nuevamente tras las puertas batientes.
El mundo pareció derrumbarse bajo los pies de Leonardo. Sus rodillas flaquearon y se dejó caer pesadamente contra la pared de azulejos blancos, con la mirada perdida y un rugido de rabia ciega atorado en la garganta. La culpa y el dolor mutaron instantáneamente en un odio visceral, alimentado por su ego herido y su incapacidad absoluta para asumir la responsabilidad de sus propios actos. Alguien tenía la culpa de aquello, alguien debía pagar por la destrucción de su vida perfecta.
Con los puños apretados hasta hacerse sangre y la respiración agitada, Leonardo se puso de pie con paso firme y amenazante, decidido a descargar toda su furia acumulada contra la única persona que consideraba la raíz de todas sus desgracias.
Caminó a grandes zancadas por los pasillos del área de hospitalización hasta dar con la habitación privada donde Eleonora descansaba bajo los efectos de los sueros y la recuperación por la inhalación de humo. La puerta estaba entreabierta. Leonardo la empujó violentamente con un golpe seco, haciéndola golpear contra la pared.
Eleonora, que apenas comenzaba a abrir los ojos y a recuperar la consciencia tras el rescate, se sobresaltó con el corazón en la boca al ver entrar a su esposo con el semblante demacrado y los ojos inyectados en una furia demencial.
—¡Tú! ¡Maldita desgraciada! —estalló Leonardo con voz ronca y temblorosa, acercándose a la camilla de un solo salto y acorralándola sin darle tiempo a reaccionar—. ¡Todo esto es tu maldita culpa! ¡Por tu capricho de enferma, por tus celos y por tus porquerías, hoy lo he perdido todo!
—Leonardo, aléjate de mí... No quiero hablar contigo... —balbuceó Eleonora con voz débil, intentando retroceder sobre las almohadas, aterrorizada por la agresividad que destilaba su mirada.
—¡Cállate! ¡Te odio! ¡Eres la mujer más mala, retorcida y fea que he conocido en toda mi vida! —le gritó Leonardo directo al rostro, perdiendo el poco autocontrol que le quedaba, con la saliva brotando de sus labios debido a la histeria—. ¡Por tu maldita culpa Verónica perdió al hijo que iba a tener con la mujer que de verdad amo! ¡Me quitaste la oportunidad de ser padre, me destruiste la vida y ahora vas a pagarlo con creces!—
Fuera de sí, con el rostro contraído por el rencor y ciego por el odio, Leonardo levantó la mano con violencia, cerrando el puño en el aire dispuesto a descargar una brutal bofetada sobre el rostro pálido y desprotegido de Eleonora. Ella cerró los ojos con fuerza, encogiéndose de hombros y esperando el impacto devastador.
Pero el golpe nunca llegó.
En el último microsegundo, una mano fuerte, callosa y firme como el acero apresó la muñeca de Leonardo en el aire con tanta fuerza que los huesos parecieron crujirle. Leonardo soltó un grito ahogado de dolor y sorpresa al ser detenido en seco. Al girar la cabeza con furia para encarar al intruso, se encontró con la mirada helada, furibunda y señorial del padre de Eleonora, quien acababa de irrumpir en la habitación acompañado por la seguridad del hospital.
—Ni se te ocurra tocarla, infeliz de porquería —escupió el padre de Eleonora con una autoridad aplastante antes de soltarle la muñeca y, con el brazo libre, descargar una sonora y brutal bofetada abierta que hizo girar la cara de Leonardo con violencia, dejándole la marca roja de los dedos ardiendo en la mejilla.
Leonardo trastabilló hacia atrás, llevándose la mano a la cara con absoluta incredulidad, boquiabierto ante el agravio.
—¡Usted no tiene ningún derecho... ella es mi esposa! —balbuceó Leonardo fuera de sí, intentando recuperar la compostura mientras la rabia y la vergüenza competían en sus ojos.
—¡¿Esposa?! ¡A mi hija ya no la llamas esposa ni vuelves a tocarla en tu miserable vida! —le gritó el padre, acercándose a él con el pecho inflado de indignación y señalándolo con un dedo acusador a escasos centímetros de los ojos—. Escúchame bien y que no se te olvide jamás: voy a mover todo el dinero, todos mis contactos y a los mejores abogados del país para que mi hija se divorcie de ti de inmediato, dejándote en la calle sin un solo centavo. Y no solo eso: me encargaré personal y económicamente de cortar cada vía de financiamiento, revocar los avales y retirar toda la ayuda que mi familia le ha dado a tus empresas . ¡Te voy a arruinar, Leonardo más de lo que ya estabaa! ¡Te dejaré en la más absoluta y miserable ruina, tirado en la calle tal como te lo mereces! ¡Lárgate de aquí ahora mismo antes de que te mande a arrestar!—lo empujó fuera de la habitación
Derrotado por la amenaza, acorralado y sintiendo que su castillo de naipes financiero y social se desmoronaba definitivamente, Leonardo retrocedió con pasos torpes, balbuceando maldiciones ininteligibles, y salió huyendo de la habitación bajo la mirada despectiva de su suegro.
Sin embargo, el infierno personal de Leonardo no había hecho más que empezar. Apenas cruzó las puertas del pasillo principal, intentando recomponer la postura, una figura imponente le cortó el paso. Era su propio padre, con el rostro ceniciento, los brazos cruzados y una expresión de absoluta decepción mezclada con furia contenida.
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Editado: 30.09.2026