El silencio que dejó Leonardo en la habitación tras su huida cobarde pesaba como una losa de plomo. Eleonora seguía acurrucada en la camilla, con el cuerpo temblando de pies a cabeza y las lágrimas brotando sin control por sus mejillas, sintiendo aún el eco del terror que su esposo había querido imprimirle. La puerta se abrió con suavidad y su padre se acercó a grandes zancadas, con el rostro todavía marcado por la furia, pero que al ver a su hija en ese estado se transformó en una profunda y desgarradora ternura paternal. Se sentó en la orilla del colchón, le tomó las manos frías entre las suyas y, con una voz temblorosa pero firmemente protectora, le habló: —Ya pasó, mi vida, tranquila. Mírame, respira. Ya estás a salvo y te juro que ese maldito no va a volver a rozarte jamás —le prometió su padre, acariciándole el cabello con devoción—. Voy a protegerte con mi vida, Eleonora. Nadie volverá a hacerte daño. Eleonora lo miró a los ojos, sintiendo que el pecho se le desgarrava entre el dolor y el miedo, pero sabiendo que ya no podía callar más el secreto que llevaba guardando en silencio durante las últimas semanas. Un sollozo más profundo escapó de su garganta antes de hablar: —Papá... hay algo más que tienes que saber —balbuceó ella con la voz rota, apoyando una mano sobre su vientre plano—. El médico me confirmó hace un momento... estoy embarazada. El padre se quedó petrificado por un instante, procesando la magnitud de la noticia, antes de que una ola de ferocidad y amor inquebrantable inundara su mirada. Apretó sus manos con más fuerza y le aseguró: —¿Embarazada...? Oh, mi niña... No te preocupes por absolutamente nada. Ahora tengo más razones que nunca para destruirlo. Voy a protegerte a ti y a ese bebé con uñas y dientes. De hecho, en cuanto estés un poco más recuperada, voy a sacarte de aquí y te mandaré lejos, a un lugar seguro con tus tíos, para mantener a ese desgraciado de Leonardo y a su maldita familia bien lejos de mis nietos. No van a tocarles un solo pelo. Pocos minutos después, la puerta volvió a abrirse discretamente. Eran Jacob y Samuel, quienes entraron con pasos vacilantes y rostros cargados de genuina preocupación. Al verla a salvo, aunque visiblemente destrozada, se acercaron con cautela. —Eleonora... ¿cómo estás? Llevamos horas esperando para verge —murmuró Jacob con la voz cargada de culpa y afecto, arrodillándose junto a la camilla. Eleonora los miró y, por primera vez en mucho tiempo, una chispa de gratitud genuina iluminó sus ojos anegados en lágrimas. —Gracias... Gracias por lo que hicieron, por arriesgarlo todo para sacarme de ese infierno... Si no fuera por ustedes, hoy no estaría aquí libre y viva—les agradeció ella con un hilo de voz, estrechando las manos de ambos con fuerza. Mientras tanto, con el tiempo pisándoles los talones y la determinación de cortar por lo sano cualquier lazo legal, el padre de Eleonora salió del hospital con el ceño fruncido y la mandíbula apretada, subiéndose a su vehículo personal. Tenía una cita urgente con el mejor abogado de la ciudad para redactar y firmar los papeles del divorcio inmediato y congelar las cuentas de Leonardo. El tráfico avanzaba lento por la carretera cuando, de repente, un todoterreno negro de lunas tintadas apareció de la nada a toda velocidad por el carril contrario. Antes de que el padre pudiera siquiera reaccionar o maniobrar, el vehículo embistió violentamente el lateral del coche, sacándolo de la vía con una fuerza descomunal. El auto rompió las barreras de contención y se precipitó por un profundo terraplén, dando varias vueltas de campana hasta quedar completamente destrozado entre la maleza. Atrapado entre los hierros retorcidos, con el cuerpo destrozado, la respiración cortada y sintiendo cómo la vida se le escapaba a borbotones, el padre de Eleonora logró tantear su teléfono móvil entre el humo y los cristales rotos. Con el último aliento que le quedaba, marcó el número de su hija. —¿Papá...? ¡Papá, dime dónde estás —contestó Eleonora al otro lado de la línea, con el corazón encogido sospechando que algo estaba pasando cuando su padre que acababa de verla la estaba llamando. —Hija... escúchame bien... porque me queda muy poco tiempo... —tosió él con sangre brotándole de los labios, con voz débil y agónica—. Acabo de sufrir una emboscada... Un carro me chocó a propósito... me sacó de la carretera... Tienes que irte lejos de inmediato... Estoy casi seguro... de que esto lo provocaron Leonardo y su familia... Van a ir por ti... antes de que logres divorciarte... Huye, mi amor... Mi última voluntad es que te vayas y salves a tu hijo y a ti... —¡Papá! ¡Papá, no me dejes! ¡Papá! —gritó Eleonora desesperada, pero del otro lado de la línea solo se escuchó un silencio sepulcral antes de que la llamada se cortara para siempre. Minutos más tarde, cuando Jacob y Samuel llegaron a la habitación alertados por la falta de comunicación y la terrible noticia que acababa de entrar por las noticias locales sobre un accidente fatal en la carretera, comprendieron que el peligro era mortal e inminente. Sin un segundo que perder, ignorando el dolor físico y la conmoción, Jacob y Samuel montaron a Eleonora casi a la fuerza en un vehículo de seguridad y la condujeron a toda prisa directamente al aeropuerto privado luego de que esta hubiera identificado el cuerpo sin vida de su padre. Allí, gracias a los contactos de la familia, le consiguieron un vuelo urgente y clandestino rumbo a la casa de sus tíos en el extranjero, en una zona rural y alejada de todos. —Gracias, no tengo como pagarle lo que han hecho por mí—peonunció Eleonora derramando unas lágrimas , mi padre murió, estoy sola y... —habló y Jacob la abrazó. —Nos tienes a nosotros—exclamó dándole una tarjeta de contacto—por favor llámame en cuanto llegues, necesito saber que está bien—dijo Jacob y ella asintió, abrazando a ambos hermanos con cariño. Eleonora despegó hacia lo desconocido envuelta en un dolor tan profundo y desgarrador que le consumía el alma. Partió sin poder despedirse de su padre, sin poder asistir a su funeral y sin siquiera haber logrado firmar los papeles de su divorcio. Lo único que la mantenía aferrada a la vida en medio de tanta oscuridad era proteger con su propia alma al pequeño hijo que llevaba latiendo en su vientre, el último legado del hombre que había dado su vida por salvarla.
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