Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Capítulo 8 - El murmullo de la tierra

Pasaron años.

No fue fácil, sino que costó años de hambre, barro, miedo y cansancio, durmiendo con un ojo abierto y caminando con otro nombre porque el mío podía matarme si alguien lo decía en el lugar equivocado.

Para todos, yo era Lina.

Pero por dentro seguía siendo Olúnida, aunque me doliera reconocerlo.

Al principio no sabía hacer casi nada sola. Me perdía en caminos que otros entendían con solo mirar las huellas. Pagaba de más por comida que no era muy buena. Aceptaba ayuda de gente que luego intentaba cobrarme el favor. Me daba vergüenza preguntar, pero más vergüenza me daba equivocarme delante de desconocidos.

Y aun así aprendí.

Aprendí a comprar pan sin temblar, a pedir trabajo sin bajar la mirada y a distinguir una posada peligrosa de una mala pero soportable, además de esconder mi bolsa cuando dormía y escuchar antes de responder.

También aprendí algo peor: la gente buena no siempre podía ayudarte, y la gente mala no siempre parecía mala al principio.

Después del día en que defendí a aquel niño y a su padre con una barra de metal, entendí que no podía seguir improvisando porque había tenido demasiada suerte; si uno de esos hombres hubiera sido más rápido, si la barra se me hubiera resbalado o si mi cuerpo no hubiera reaccionado de esa forma extraña, yo habría terminado muerta en el camino.

No podía seguir confiando mi vida a un pedazo de hierro encontrado en el barro.

Por eso llegué a un pueblo grande, busqué una herrería y entré sin pedir permiso.

El calor me dio en la cara de inmediato y el ruido de los martillos contra el yunque me hizo apretar los dientes, ya que cada golpe me recordaba espadas, gritos y el salón del trono destruido.

Quise salir, pero no lo hice.

El herrero levantó la vista. Era un hombre ancho, con barba corta, brazos marcados por quemaduras viejas y una cara de pocos amigos.

—Si vienes a pedir fiado, te equivocaste de puerta —dijo el herrero.

Apreté el metal envuelto en tela contra mi costado.

—No vengo a pedir fiado.

—Entonces habla rápido.

Respiré hondo.

—Necesito una lanza.

El hombre alzó una ceja.

—¿Una lanza?

—Sí.

—¿Para cazar? ¿Para presumir? ¿O para hacerte matar más rápido?

Años atrás me habría ofendido. En el palacio me habría parecido una falta de respeto. Ahora solo me pareció una pregunta razonable.

—Para no morir —respondí.

El herrero dejó el martillo sobre la mesa.

—Eso dicen todos.

—Lo digo en serio.

—Todos también.

No discutí. Desenvolví la barra de acero. Estaba sucia, abollada y manchada por el uso. Aun así, cuando la dejé sobre la mesa, el herrero la miró con más atención.

—¿De dónde sacaste eso?

—De un camino.

—Eso ya lo veo.

—Con esto salvé a un niño y a su padre.

El herrero me miró de arriba abajo.

—¿Tú sola?

—Sí.

—¿Y saliste viva?

—¿Acaso no me estás viendo?

Soltó un resoplido, como si eso no fuera suficiente prueba, pero tampoco lo negó.

—¿Sabes usar una lanza?

—No.

—Entonces quieres un arma por orgullo.

—No —dije, más firme—. La quiero para aprender porque esta barra pesa demasiado y me sirve para golpear, pero no para moverme, así que necesito algo que pueda controlar.

El herrero se cruzó de brazos.

—¿Quién te persigue?

Me quedé quieta.

Esa pregunta siempre llegaba tarde o temprano, a veces por curiosidad, otras por miedo o incluso con la intención de vender mi respuesta.

—Gente que quiere verme muerta —dije.

El herrero no se rió.

Eso me hizo confiar un poco más en él.

—Si te hago una lanza —dijo—, no te estoy dando seguridad. Te estoy dando un problema más. Llevar un arma cambia cómo te miran los demás. Y también cambia cómo te miras tú.

Bajé la vista hacia la barra.

—El tiempo me hizo cambiar.

—No es lo mismo.

—Es lo único que puedo decir. Ya no soy la persona que habría tenido miedo de entrar aquí.

El herrero se quedó callado.

Después señaló el suelo lleno de carbón.

—¿Tienes dinero?

—Poco.

—¿Tienes manos para trabajar?

Miré mis dedos y vi que ya no eran manos de princesa, sino que tenían callos, uñas rotas y marcas que ni siquiera recordaba cuándo me había hecho.



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En el texto hay: #fantasía, #princesa, #inmortalidad

Editado: 26.09.2026

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