Con los años dejé de fingir que mi cuerpo era normal.
Al principio me daba miedo pensarlo, después me dio rabia y luego me cansé de las dos cosas, porque la verdad era que no envejecía.
Vi crecer a niños que alguna vez me pidieron ayuda para alcanzar una fruta. Los vi convertirse en adultos, luego en ancianos, y después escuché sus nombres en conversaciones tristes junto al fuego.
La gente cambiaba. Las manos se les llenaban de manchas, la espalda se les doblaba y la voz les perdía fuerza.
Pero yo seguía igual.
La primera vez que alguien me lo dijo de frente, me quedé helada. La segunda, lo negué. La tercera, recogí mis cosas antes del amanecer y me fui sin despedirme.
Con el tiempo dejé de contar los años porque no servía de nada, solo me hacía sentir atrapada en un cuerpo que no entendía.
Preferí contar rutas.
Pueblos peligrosos, caminos seguros, nombres de personas confiables y de los que vendían información. También marcaba los lugares por donde pasó el rubí y los sitios donde la tierra reaccionaba de forma extraña cuando yo me acercaba.
Eso también ocurría cada vez más.
Si estaba cansada o distraída, mi fuerza se descontrolaba. Sobreviví a golpes que habrían dejado a cualquiera en cama durante semanas, caí por pendientes, recibí cortes profundos y siempre sanaba demasiado rápido.
Para cualquiera habría sido un regalo, pero para mí era un castigo.
Cada vez que pensaba en eso recordaba a Rilacia, con su muñeca abierta, su rostro desesperado y sus dedos sujetándome para que bebiera aunque yo apenas podía respirar.
Nunca supe si entendía lo que hacía, ni si me salvó la vida o me condenó a vivir más tiempo de lo normal.
Aun así, cuando el recuerdo me dolía demasiado, me obligaba a ser justa.
Rilacia no me dejó morir.
Eso era lo único que podía afirmar sin mentirme.
Así que seguí caminando.
Trabajé donde pude. Reparé cercas, cargué madera, limpié establos, acompañé caravanas y ayudé a levantar huertos en pueblos donde la gente ya no creía que pudiera crecer nada.
No lo hacía por bondad pura ni tampoco por orgullo.
Lo hacía porque quedarme quieta me daba más miedo que cualquier camino.
Y eso hizo que mi carácter cambiara.
Antes intentaba agradar, medía mis palabras para no incomodar y creía que escuchar y sonreír bastaba para acercarse a la gente.
La vida fuera del palacio me enseñó otra cosa.
A veces hacía falta hablar fuerte, decir que no y marcharme antes de que el agradecimiento de alguien se volviera una carga.
Un día, en una aldea de caminos húmedos, una anciana me escuchó mencionar el cometa y se persignó como si hubiera dicho una maldición.
Estábamos sentadas frente a una casa de barro y ella sostenía un pañuelo viejo entre las manos. Yo acababa de ayudar a su nieto a limpiar una herida en la pierna.
—No hables de eso —me dijo—. Las cosas del cielo traen peligro.
—El peligro casi siempre viene de la gente —respondí—. Sobre todo cuando tiene miedo.
La anciana me miró de arriba abajo.
—¿Y tú qué haces cuando tienes miedo?
No respondí enseguida.
La pregunta era simple, pero me dejó sin defensa.
—Trabajo —dije al fin—. Solo camino, ayudo si puedo y sigo mi viaje.
—Dicen que tu cara no cambia.
Me tensé.
—Siempre dicen muchas cosas.
—Dicen que robas años.
Solté una risa seca.
—También dicen que el mar castiga a los mentirosos y aun así la gente miente todos los días.
Ella no sonrió.
—Si eres lo que creen, vete antes de que intenten encerrarte.
Me puse de pie y ajusté la lanza a mi espalda.
—Ahora sabes por qué no me quedo en ninguna parte.
No esperé a que me respondiera.
Esa fue mi vida durante mucho tiempo: llegar, ayudar, aguantar preguntas y marcharme antes de que alguien decidiera que podía usarme.
En algunas regiones empezaron a llamarme la mujer de los jardines eternos.
Odiaba ese nombre.
La gente necesitaba convertir todo en historia. Si un árbol enfermo volvía a dar hojas después de días de trabajo, no decían que alguien había cavado, regado y limpiado la raíz podrida. Decían que yo había hecho un milagro.