Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Epílogo - Juramento eterno

Volví a las ruinas cuando casi nadie recordaba el nombre del reino que había existido allí.

No fui por nostalgia. Me repetí eso varias veces mientras subía por las escaleras rotas, con la lanza envuelta a la espalda y la mochila bien ajustada al hombro. Llegué al lugar guiada por los rumores sobre piedras rojas, frascos escondidos y personas que desaparecían en caminos donde antes solo pasaban comerciantes.

También escuché nuevamente el mismo rumor.

La mujer de los jardines eternos.

Ese nombre me seguía desde hacía dédacas, casi siglos. Lo oía en mercados, posadas y aldeas donde la gente necesitaba creer que alguien podía arreglar lo que ellos ya no sabían cuidar. Al principio me molestaba. Después entendí que no podía impedir que la gente inventara una historia alrededor de mí.

Yo sabía quién era. O al menos sabía quién intentaba ser.

Las paredes de las ruinas estaban cubiertas de musgo. Las raíces habían roto escalones, suelos y bordes de columnas. El lugar parecía muerto desde lejos, pero de cerca estaba lleno de vida pequeña. Hojas nuevas, insectos, brotes entre las grietas.

Caminé con cuidado.

No encontré rastros de rubí al principio. No estaba ese olor metálico que me dejaba la boca amarga. Tampoco sentí la presión en el pecho que aparecía cuando una piedra roja estaba cerca. Solo había plantas, silencio y un templo derrumbado que seguía en pie por partes.

—Aquí todavía hay vida —murmuré.

Me sentí tonta por hablar sola, pero ya estaba acostumbrada.

Avancé hasta una esquina del templo donde una pared se mantenía en pie. La sombra era más fría allí. La vegetación estaba más densa, como si alguien hubiera cuidado ese punto o lo hubiera usado para ocultarse.

Entonces la vi.

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza

Mi cuerpo reaccionó antes que mi cabeza. Se me cerró el pecho. Mis dedos buscaron el asta de la lanza y mis pies se afirmaron en el suelo. No necesitaba verle bien el rostro para reconocerla.

Había cosas que el tiempo no borraba.

La forma de quedarse quieta y medir cada movimiento con una calma dura, que siempre parecía lista para convertirse en pelea.

Rilacia estaba junto a la pared, medio oculta entre las plantas.

Durante unos segundos no dije nada y solo la miré, deseando sentir al menos alivio o rabia, lo que fuera con tal de no derrumbarme por dentro.

Pero llegó todo junto.

—¡Tú! —dije al fin.

Rilacia levantó la mirada. No se acercó y eso fue lo más inteligente que pudo hacer.

—Olúnida —respondió.

Apreté la mandíbula.

—¡No me llames así!

Ella aceptó el golpe sin discutir.

—Está bien.

—¿Qué haces aquí?

Rilacia miró las ruinas antes de contestar.

—Sabía que algún día vendrías.

Solté una risa seca.

—Claro. Tú siempre sabías demasiadas cosas antes de marcharte.

Vi culpa en su cara, pero no una culpa limpia o fácil, sino de esas que se quedan grabadas por años en la mirada.

—Vine porque ya no puedo seguir callando —dijo.

Di un paso hacia ella.

—¿Callando qué? Recuerdo todo, Rilacia. Recuerdo tu muñeca abierta, tu sangre y cómo me obligaste a beber cuando ni siquiera podía defenderme, para después dejarme despertando sola en una posada con una carta sobre la mesa. ¡ME ABANDONASTE A MI SUERTE!

La voz se me quebró al final.

La odié por eso, ya que no quería sonar herida sino firme.

Rilacia cerró los ojos un instante.

—Lo sé.

—¡No! ¡No lo sabes! Tú te fuiste. Yo me quedé con el cuerpo cambiado, con una herida que cerraba demasiado rápido y con una vida que dejó de avanzar igual que la de los demás. Vi envejecer a personas que conocí siendo niñas. Vi morir a gente que me llamaba por el mismo nombre de siempre. Y tú no estabas.

Rilacia bajó la mirada.

—No voy a pedirte que me perdones —dijo—. No vine por eso.

—Entonces habla claro.

—Vine a darte explicaciones. Pero no puedo contártelo todo aquí, de golpe.

La rabia me subió al rostro.

—¿Después de todos estos años me dices que espere?

—Sí —respondió.

Esa sinceridad me enfureció todavía más.

—Porque si te lo digo todo ahora, vas a actuar desde la rabia —continuó—. Y hay gente moviéndose detrás del rubí. Te siguen a ti, me siguen a mí y buscan a cualquiera que haya cambiado por esa sustancia.



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En el texto hay: #fantasía, #princesa, #inmortalidad

Editado: 26.09.2026

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