Olúnida - La Mujer de los Jardines Eternos

Capítulo 9 - La verdad del rubí

Habían pasado años desde que dejé de ser Olúnida para convertirme en Lina.

Al principio usé ese nombre porque necesitaba esconderme. Después lo seguí usando porque era más práctico. Nadie esperaba nada de Lina, ni se inclinaba cuando pasaba. Tampoco la miraban buscando a una princesa caída o a una acusada de brujería.

Eso me ayudaba.

También me dolía, aunque no me gustaba admitirlo.

Durante mucho tiempo hice cualquier trabajo que me mantuviera viva. Barrí establos, cargué sacos, cuidé animales y dormí en lugares donde antes no habría dejado ni mis botas. Luego, cuando aprendí a usar mejor la lanza, empecé a aceptar encargos más peligrosos.

Caravanas por caminos difíciles y guardias nocturnas. Escoltas para comerciantes que fingían valentía, pero temblaban al escuchar ramas romperse en la oscuridad.

No era una vida bonita. Tampoco era una vida fácil.

Pero era mía.

Y mientras siguiera respirando, podía seguir buscando la verdad sobre mi casa, sobre mis padres y sobre el rubí que había empezado todo.

Una tarde de lluvia fina, acepté proteger una caravana que iba hacia una ciudad fronteriza. El camino era puro lodo. Las ruedas se hundían a cada rato y los animales avanzaban con la cabeza baja. Yo caminaba al costado, con la lanza envuelta a la espalda y la capa pegada al cuerpo por el agua.

El encargado de seguridad, un hombre ancho y de mirada dura, me observó desde el primer momento como si yo fuera un problema más del viaje.

—No te he visto antes —me dijo sin saludar—. ¿Quién te recomendó?

—Nadie.

—No confió en ti entonces.

—Entonces pregúntame cuánto cobro y decide si me necesitas.

El hombre me miró de arriba abajo. No le gustó mi respuesta, pero tampoco podía darse el lujo de rechazar su ayuda.

—Aquí pagamos por protección —dijo.

—Estamos de acuerdo.

—Eres joven para hablar así.

Apreté la correa de mi bolsa.

—Soy capaz. Eso debería importarte más.

El hombre soltó una risa corta, de esas que no nacen de la gracia sino de la desconfianza.

—Ya veremos.

Lo vimos esa misma noche.

Los bandidos salieron entre los árboles cuando el camino se estrechó. No eran muchos, pero sí lo bastante listos para atacar donde la caravana no podía maniobrar. Primero tiraron una antorcha cerca de los caballos. Luego gritaron desde dos lados para hacernos creer que estábamos rodeados.

Algunos guardias perdieron la calma de inmediato.

—¡Por la izquierda! —gritó el encargado—. ¡Nos van a encerrar!

—Solo quieren asustarnos —respondí.

Dije eso más para mantenerme firme que para tranquilizarlo. A veces la calma no llega de golpe. Una tiene que actuar con tranquilidad hasta que el cuerpo se acostumbra.

Un hombre saltó hacia una carreta con un cuchillo en la mano. Me moví antes de pensarlo. Saqué la lanza, usé el asta para frenarlo en el pecho y le golpeé la rodilla con la parte baja. Cayó al barro con un grito ahogado.

Otro intentó acercarse por detrás de un comerciante. Giré y le puse la punta de la lanza frente al cuello.

Giré y le puse la punta de la lanza frente al cuello

—No des otro paso.

El hombre se detuvo. Tenía los ojos muy abiertos.

—¡No los mates! —gritó alguien desde una carreta.

—Vine a mantenerlos vivos a ustedes —respondí sin apartar la vista del atacante—. No vine a discutir de moral en un lugar así.

Los bandidos se dieron cuenta de que la caravana no iba a romperse tan fácil. Retrocedieron poco a poco y desaparecieron entre los árboles, llevándose a dos heridos y muchas maldiciones.

Cuando todo terminó, me temblaban los dedos. El miedo a morir no era la causa. Ese peligro ya era costumbre. Me temblaban porque cada pelea me recordaba que me estaba acostumbrando demasiado rápido a sobrevivir de esa forma.

Más tarde, junto a la fogata, el encargado se sentó frente a mí con un cuenco de caldo en la mano.

—¿Por qué trabajas en esto? —preguntó—. Podrías robar el cargamento y desaparecer. Muchos lo hacen.

Soplé el caldo para enfriarlo.

—Tengo una pregunta pendiente.

—¿Qué pregunta?

—Quiero saber quién ordenó quemar mi hogar.

El hombre dejó de comer.

—Eso suena personal.

—Lo es.

—¿Y piensas encontrar la respuesta escoltando harina y telas?



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Editado: 26.09.2026

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