«Solo en el borde del universo, tarareando una melodía»
—Miracle Musical
***
El día de hoy voy a morir. Puede parecer una certeza, yo lo veo más como una súplica. La esperanza de que esta tortura acabe por fin.
A veces me aferro a la idea de que esto es solo un mal sueño. Cierro los ojos buscando olvidar, pero al abrirlos... la pesadilla se mantiene intacta, respirándome al cuello, casi parece un castigo.
¿Cometí algún pecado para merecer esto? Ya no lo sé. Mis recuerdos son acuarelas derramadas en un lienzo. Cada mancha de color fue una parte de mi vida. Y el vacío en él, supongo, es todo lo que quedaba de ella.
Una luz me apuñala las retinas. Es solo una maldita lámpara LED de luz indirecta, y aun así duele como mirar de frente al sol. La muerte debería presentarse como oscuridad, no como un destello.
Yo mismo instalé esa bombilla. Lo hice la tarde en que... Mierda. No. Se esfumó. Otra vez. Déjame recordar eso, al menos eso.
Funciona. Vamos, pedazo de carne inútil, funciona un segundo más. Has brillado toda mi vida. ¿Acaso fue ese el problema? ¿Te exigí demasiado? Si la culpa es del todo mía... lo lamento.
«Genio». Qué palabra tan ridícula. Un verdadero prodigio habría encontrado la salida a este problema. Un intelecto superior no agonizaría babeando en una cama. Un genio no le hablaría a una lámpara creyendo que es su propia nieta. Un genio no dejaría que un tumor le pudriera el cerebro antes de notarlo. Seamos honestos. Solo fui un farsante con un traje a la medida.
Al menos hay público para presenciar mi acto final. Personas que amo... o eso creo. Las caras son rompecabezas a los que les faltan piezas, pero sus siluetas me resultan familiares. Esa sombra en la esquina... ¿Acaso es...? Imposible. Él lleva años muerto. ¿O solo lo imaginé?
El dolor es insignificante comparado con la espera. Es esa maldita sensación de que estoy olvidando algo importante y lo tengo justo en la punta de la lengua. Se me escapa. Tal vez la muerte no me lleva de una vez porque me está dando tiempo. Tiempo para recordar.
Formas vacías. Siluetas sin nombre. Lo único que mi mente logra sostener ahora es el abismo de la noche. El universo profundo, latiendo ahí arriba. Cuánto habría dado por tocarlo, aunque fuera una sola vez.
Un zumbido de palabras inunda la habitación. Sílabas que han perdido significado, despojadas de alma. Ecos de fantasmas que lloran a mi lado:
—Te amo.
—Todo va a estar bien.
—Tranquilo, no intentes moverte.
Abro la boca para consolar, y mi garganta escupe un quejido roto. A veces juro que estoy articulando palabras, debatiendo como en los viejos tiempos. Pura ilusión. Soy mi único interlocutor en esta celda de carne.
Un déjà vu amargo. ¿Ya pensé esto hace cinco minutos? Estoy atrapado en un bucle. Repitiéndome constantemente... Repitiendo... constantemente...
Un destello en mi cabeza: veo el cielo asomándose sobre un barco y un océano sin fin. Cardúmenes de cristal cortan el agua rompiendo la barrera del sonido. Una mujer tallada en cobre me regala una sonrisa. Un titán de obsidiana me observa, su pecho inflado de orgullo. Me siento pleno. A salvo. Amado.
¿Esa vida me pertenece? Evidentemente no. Es la morfina haciendo de las suyas. El último sueño de un cerebro moribundo. ¿O no?
¿Dónde quedó mi libro favorito? ¿Siquiera supe leer? Visualizo un rectángulo azul vibrante. Pudo ser un diario de notas. Basta. Se acabó el pensamiento. La carne ya no me responde, está adormecida. Solo me queda el oído.
¿Qué es esa vibración? Acordes. Je. Quien haya puesto ese disco... de verdad me conocía bien. Es una canción antigua, arrulladora, cuyo nombre perdí en el abismo. Mi amada música. Cuando cierre los ojos para siempre, ¿me acompañarás al más allá?
El silencio se traga la existencia. Ahora las voces que lloran a mi alrededor son solo vibraciones en mi piel que no logro escuchar. Estoy hundido en el centro de una sinfonía desafinada. Me diluyo. Dejo de ser un hombre para convertirme en una idea atrapada en la neblina. Ya no tengo extremidades, ni pulmones, ni sangre. Solo quedo yo, flotando dentro de mí.
¿Acaso ya he muerto? El tambor de mi pecho reduce su marcha. Pausas largas. Agónicas. El ruido blanco inunda la frecuencia. Aún soy yo. O al menos, este retazo de consciencia se aferra a esa mentira.
El frío me muerde desde adentro. Estoy suspendido en la aguja de un reloj roto. Tic. Pasa un segundo. Tac. Transcurren dos. Un mes. Un siglo. Un eón. El tiempo es una broma que acaban de contar.
Caigo. Una caída libre y estática. No me desplomo hacia la cama, me precipito hacia el núcleo de mi propio ser.
El telón está a punto de cerrarse y yo debería pronunciar unas últimas palabras gloriosas. Algo digno de ser recordado... no sale nada. Creo que...
***
Siento... ¿Acaso siento? ¡Siento! ¿Pero qué es lo que siento? Escapa a las palabras. El universo y la existencia palpitan en cada punto, entrelazados. Yo mismo soy uno con esa amalgama.
Mi visión devora el espacio entero. Arriba, abajo, el concepto de perspectiva ha muerto. Puedo verlo todo. La oscuridad ha sido exiliada por la luz, luz en su estado más puro. Galaxias colisionando en danzas de plasma. Estrellas naciendo del polvo. Todo al alcance de mis manos... manos que son polvo también.
Mi cuerpo se ha disuelto en la nada. Una nada que, paradójicamente, lo contiene todo. Cada evento ocurrido en el tapiz del cosmos retumba en mí. Cada átomo de hidrógeno fusionándose en el horno nuclear de una estrella. Cada objeto devorado por el horizonte de eventos de un agujero negro, reducido a información pura.
Escucho el clamor de la existencia. Voces pronunciando en millones de dialectos que jamás estudié. El sonido brota de cada rincón del vacío. Visiones. Perspectivas mías multiplicadas hasta el infinito: Mi madre. Mi padre. Mi esposa. Mis hijas.
Y el velo cae. Lo comprendo. Puedo recordar. ¡Lo recuerdo todo! Incluso los detalles que el tiempo me había robado en vida. El instante de mi primer llanto. Mi verdadera esencia. Mis ambiciones perdidas.
Editado: 12.10.2026