«Bajo su luz dorada, no hay lugar para la tristeza»
—The Stranglers
***
Un dolor punzante aparecía en su pecho. Lentamente crecía hasta llenar su cuerpo, anclándose bajo las costillas. Nada de qué preocuparse. Ese dolor tenía años con él, una constante física; era casi como el recuerdo de aún sentir, de aún respirar, de aún estar vivo. En ocasiones desearía no estarlo.
El banco de madera astillada rechinaba con los espasmos de su cuerpo. Eran trepidaciones leves para que nadie más lo notara. Apretó el agarre sobre la copa, clavando las yemas de los dedos en la arcilla hasta que los nudillos palidecieron. No les daría a esos bastardos el gusto de percibir ni un gramo de debilidad.
Pensó por un momento. Tragó saliva, un hilo espeso con sabor a óxido que refrescaba apenas su garganta ya cansada.
—La vida de cualquier ser no se mide por las acciones que cometió, sino por cómo esas acciones resonaron en los otros. Una mirada, una palabra, una traición pequeña: ecos que se arrastran más allá del cuerpo, más allá del tiempo. En ese sentido, mi vida no es nada. Nunca lo ha sido. No dejé huellas. No dejé heridas. No hubo amor ni legado, ni siquiera un odio digno de persistir. Mi historia, si alguno se atrevió a escribirla, se borró en el agua sucia de cada ciudad.
Volvió a dar un trago al alcohol. El líquido áspero le rasgó el esófago como vidrio molido. No sabía por qué lo bebía; la mente analítica de su pasado nunca albergó vicios. Pero esta noche era especial. O al menos eso quería creer para justificar la necesidad de adormecer su mente.
—Un completo desperdicio de potencial... —Miró a la luz de Nethra un segundo. El resplandor azul pálido se filtraba por las rendijas de la taberna, silenciando el bullicio—. Recuerdo sentir cómo el bosque respiraba...
***
El bosque inhaló. El aire a su alrededor se comprimió, apestando a ozono y madera podrida.
—¿Te atreves a ser juzgado? —El aliento de la criatura barrió el rostro de Renatus.
La voz carecía de cuerdas vocales; sonaba exactamente igual al crujido mecánico de dos piedras de molino triturando huesos secos.
Renatus se quedó inmóvil. Sus músculos pesaban toneladas. La fatiga acumulada tras diez años tragando lodo y ocultando su propia existencia le aplastaba los pulmones. Levantar los puños exigía una energía que su cuerpo negaba. Rendirse resultaba infinitamente más fácil.
—Sí. —La sílaba se le escurrió entre los labios junto con un hilo de saliva espesa.
La entidad alzó su brazo colosal. Una mano envuelta en neblina densa y costras avanzó hacia su torso. Renatus bajó los brazos, ofreciendo el pecho. Los dedos helados del guardián perforaron su carne. La caja torácica cedió sin que un solo hueso se astillara, tragándose la mano intrusa hasta el centro exacto de su existencia.
La criatura apresó su corazón. A través de la fisura fantasma en el pecho de Renatus brotó un resplandor repentino: una luz azul, densa y cristalina, palpitando bajo el agarre del ente. Sangre y energía pura bombeando a un ritmo antinatural.
El dolor físico jamás llegó. En su lugar, un vacío gélido le devoró el estómago. El frío le congeló la sangre en las venas, paralizando cada terminación nerviosa. Sus rodillas chocaron con la tierra negra. El peso en su cráneo le trajo de golpe el hedor a encierro de la cabaña de Marle, el sabor a pescado descompuesto, la asfixia del primer renacer.
Colapsó de lado. Su sien rebotó contra el fango. El aire seguía entrando y saliendo de sus pulmones en soplidos cortos y mecánicos, pero su consciencia se desprendió del cráneo.
El bosque desapareció. La oscuridad lo devoró por completo.
Y el abismo se materializó en su mente.
***
—¿Cariño? ... ¿Cariño?
Dos dedos chasquearon frente a su rostro. El sonido seco rompió el aire estancado de la habitación. Renatus parpadeó. Sus párpados pesaban como plomo. Miró sus propias manos apoyadas sobre los muslos: la piel era pálida, rosada, carente del brillo. El aire le raspó la garganta. Ya no era Renatus. Era el otro. El hombre de la vida pasada, cuyo nombre se le escurría del cráneo.
—¿Estás bien?
La mujer frente a él se frotó los brazos cruzados. Sus pupilas escrutaban su rostro, rastreando los síntomas de una ausencia.
—Sí... —Su propia voz le vibró en el pecho, ajena, torpe—. Eso creo.
Ella exhaló el aire por la nariz. Se apartó un mechón de cabello detrás de la oreja y fijó la vista en los zapatos de él.
—Tienes que dejar de trabajar tanto. Esto ya sobrepasó el cansancio. Te vas. Por segundos, por minutos... y simplemente no estás. Tienes que hacerte unos estudios. Perder la conciencia así te va a matar.
Él quiso extender los brazos. Quiso sujetarle las muñecas, abrir la boca y articular que estaba ahí, frente a ella. Pero la mujer que lo miraba le resultaba un completo extraño. La carne que lo cubría le pesaba. La memoria de su olor y el calor de su piel se habían evaporado.
—Será fatiga. Mañana estaré mejor.
La mentira le raspó la lengua. Lo recordó todo de golpe. El ente del bosque no le estaba fabricando fantasías. Era una repetición exacta. Una cicatriz proyectada. Aquello fue real. Fue una oportunidad de hablar, de quedarse.
Y él, simplemente, se levantó y se marchó. Las alternativas le cayeron encima como escombros. Si hubiese hablado. Si hubiese prestado atención al temblor en las manos de su mujer.
Los tal vez nunca existieron. Eran clavos de hierro oxidado hundiéndosele en la base de la columna. El castigo no provenía del tumor que lo mató, sino de la certeza de su propia inacción.
Asumió que le sobraba tiempo. Que lo arreglaría la semana entrante. El «más tarde» fue la fosa donde enterró todo lo que le importaba.
—¿Amor...? ¿Amor...?
La voz cambió. El aire de la habitación se transformó en el clima húmedo de la cabaña. Renatus giró la cabeza. De vuelta al presente que ya era pasado.
Editado: 06.11.2026