Starman

Capítulo 7: Merle and Me

«Mirando al peligro a los ojos, caminando con la cabeza en alto, el viejo Merle y yo no teníamos miedo de morir.»

—David Allan Coe

***

El aire en la taberna apestaba a tabaco rancio, sudor frío y hastío. Las velas se habían consumido hasta convertirse en charcos de cera negra, y a través de las rendijas de la madera tapiada, la luz azul de Nethra comenzaba a palidecer. La noche agonizaba.

El murmullo general apenas se había inmutado desde que él empezó a hablar. Para la gente del local, no era más que otro borracho patético escupiendo desvaríos hacia el fondo de su vaso.

En la esquina más apartada, una banqueta crujió. Un hombre inmenso, con los ojos inyectados en cansancio, se puso en pie frotándose la nuca. Ya estaba harto de la noche y de la voz monótona del forastero. Trataba de largarse antes de que el cielo se aclarara por completo.

Renatus no giró la cabeza. Levantó su vaso vacío y lo golpeó contra la mesa con un desgano ruidoso. El sonido desentonó con el tintineo de las jarras. El hombre inmenso se detuvo, chasqueó la lengua con fastidio y volvió a dejarse caer en la banqueta, cruzándose de brazos. Nadie quería lidiar con un borracho alterado a esas horas de la madrugada; era más fácil esperar a que se durmiera o se ahogara en su propia bilis.

El tabernero se acercó arrastrando los pies y le sirvió sin decir palabra, con la vista fija en el mostrador sucio. El trato era simple: mantener la copa llena para mantener al idiota en su asiento.

Renatus observó el líquido turbio. Lo alzó apenas, evaluando las sombras proyectadas en la pared, midiendo con frialdad cuántos minutos exactos le quedaban a la oscuridad. El sonido del licor golpeando el cristal selló el acuerdo no dicho entre él y su propio reloj interno.

Bebió. Un trago largo, hondo, como si intentara tragarse su pena de un solo sorbo. El alcohol le rasgó el esófago. Ardió. Pero refrescaba, como una bofetada de aire de la mañana.

—¿En qué demonios me quedé? —dijo al aire, secándose la boca con el dorso de la mano—. Ah, sí... La identidad falsa.

Chasqueó la lengua, paladeando una ironía que se estaba fermentando despacio en su garganta. Paseó la mirada por la penumbra de la taberna. Escudriñó de reojo los rostros aburridos de todos los presentes.

—No hay nada más auténtico que intentar reinventarse cuando ya estás completamente podrido por dentro. ¿No están de acuerdo, caballeros?

***

La mañana llegó sin pedir permiso, sin nada en realidad. Nada había ocurrido durante la noche. Nada estaba pasando entonces. Y probablemente nada merecía pasar en aquel rincón olvidado del mundo.

El único testigo de esa hora miserable era el zumbido de los mosquitos y el olor persistente, particularmente agresivo, a excremento en descomposición. Una fragancia densa que Renatus terminaría asociando, de manera irreversible, con lo que se le considera un día normal.

De ese amanecer solo quedaba la claridad de lo físico: el zumbido vibrando en los tímpanos, el hedor pudriendo el aire y la certeza de estar atrapado en una especie de infierno menor.

Falsari los despertó con una calma irritante. Se movía despacio.

—Arriba, son buenas noticias —anunció, agitando un rollo de pergamino.

—¿Y bien? —masculló Marle, rascándose la lengua entumecida por el sabor a moho—. ¿Pudiste encontrarle una cara nueva al gusano?

—Algo así. No es perfecta, pero... —Falsari se encogió de hombros y observó con desgana el papiro entre sus dedos manchados de tinta—. Creo que servirá.

Le extendió el documento como si le entregara un trapo sucio. Renatus lo tomó. Clavó la vista en los trazos y, por un segundo, se olvidó de respirar.

Era un cartel de «desaparecido». El retrato a carboncillo mostraba a un niño de unos doce años, de tez oscura y ojos brillantes. Sonreía. Una curva amplia y estúpida, propia de alguien a quien el mundo aún no le había enseñado a tener miedo.

Se parecía a él. No era una réplica exacta, pero bastaba para engañar a cualquiera que necesitara creer. Un rostro rebosante de alegría dibujado con tinta barata. Una mentira dulce para lo que sería sepultar una vida entera.

—¿Quién era? —Renatus no apartó la vista del pergamino.

—Nadie —respondió Falsari, desenrollando otro documento sobre la mesa—. Lo suficientemente muerto como para no molestar, lo suficientemente vivo como para ser creíble.

—¿Crees que realmente encaje? —Renatus sacudió el papel en el aire—. No me parezco tanto. ¿Y si el mocoso aparece de nuevo?

Las palabras sonaron huecas. El tono plástico de quien ya está podrido por dentro. Renatus apretó los dientes. Estaba harto. El asco de deslizarse en cosas sin sentido se sentía igual que una pérdida de tiempo; el punto de continuar viviendo, si alguna vez existió, desapareció hace mucho

Falsari soltó un resoplido que terminó en bostezo.

—No lo creo. Los que terminan en este tipo de papeles no vuelven.

Se encogió de hombros y estiró los labios en una mueca desprovista de alma.

—Y son niños. Todos se parecen.

Renatus bajó los ojos hacia el cartel. La cara del niño seguía sonriendo, congelada en su propia inconsciencia limpia. Justo debajo del retrato, trazado con letras desproporcionadamente grandes, descansaba el nombre: «Lucem Alven»

Dos palabras escritas con mala caligrafía, como si eso bastara para definir a un ser. Como si un nombre inventado tuviera el peso suficiente para anclar a alguien a la realidad.

Renatus tragó grueso. El cartílago de su garganta crujió.

Y en ese instante lo supo. Ese nombre no le pertenecía. Ninguno en realidad. Asumir esa máscara, pegar esa sonrisa barata sobre su propio rostro, era simplemente otra forma de desaparecer.

***

La taberna entera sufrió un espasmo colectivo. Fue un movimiento minúsculo, instintivo, pero Renatus lo captó al instante. Hombros que se endurecieron de golpe. Manos que se detuvieron a centímetros de las empuñaduras de sus armas. Miradas que cayeron al suelo una fracción de segundo demasiado tarde.



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En el texto hay: angst, antiheroe, grimdark

Editado: 06.11.2026

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