«Puedo notarlo en tus ojos. Nunca has estado a la orilla del río»
—Agnes Obel
***
El cristal de las lámparas de aceite se tornaba rojizo. Habían transcurrido un par de horas, el tiempo exacto para que la luna alcanzara su punto álgido y su luz espectral se colara entre las ventanas tapiadas. El calor dentro del bar aumentaba, amenazando con sofocar a cualquiera que respirara demasiado rápido.
—Mesero —un vaso de arcilla se alzó en el aire—. Deme un poco más de licor. Del bueno, cabrón, que ya conozco a los de tu calaña.
El bar permanecía sumido en su propio ruido sordo. La inmensa mayoría había dejado de escuchar su historia tras la primera mención a la magia, catalogando sus palabras como los simples desvaríos de un loco. A Renatus le importaba una mierda. Hablaba para escucharse a sí mismo, completamente indiferente a lo que esos veinte hijos de puta quisieran o tuvieran que decir.
—¿Eh? ¡¿Qué mierda, cabrón?! —El grito cortó el ambiente y giró un par de cabezas—. ¿Tratas de estafarme, puto imbécil?
Renatus agarró al cantinero por el cuello de la camisa grasienta.
—Te pedí licor del bueno. Esto es un puto vaso de orina con etanol. No voy a beber esta porquería. ¿Quieres dinero? Toma. —Sacó una bolsa pesada, repleta de monedas de plata y oro, magnus, como las llamaban en el Reino—. Toma estas monedas y métetelas por el culo, pero sírveme un buen licor.
Renatus estrelló el vaso contra la pared. El barro se hizo añicos. Las miradas de los presentes se clavaron en él un instante, confirmando su veredicto silencioso: solo era un lunático violento contando historias inventadas.
Renatus se aclaró la garganta, tragándose un gargajo. Una expresión sombría le endureció las facciones.
—¿En qué me quedé? —murmuró. Pasó un segundo. Cinco más en blanco, hasta que el recuerdo lo obligó a bajar la mirada—. Je. Ja, ja. ¿Saben? Acabo de recordar algo gracioso... La mayoría de las personas viven creyendo que son la excepción de la regla. Se repiten a diario: «A mí nunca me pasará nada, soy especial». Es jodidamente gracioso ver sus caras cuando la realidad los golpea por fin.
Respiró profundo, tragándose el aire caliente del local.
—Sí... es muy gracioso verlos hundirse hasta lo más profundo del río.
***
La noche se derramaba sobre el valle, igual que tinta negra cubriendo un mapa olvidado. El canto de los grillos sonaba de forma regular, medido al milímetro, como si los propios insectos conocieran la urgencia de guardar silencio. En el centro de la aldea, la vieja cabaña comunal ardía con una luz enfermiza: antorchas encendidas a deshoras y figuras moviéndose en el interior bajo una tensión asfixiante.
Renatus estaba despierto. Intuía la tragedia inminente.
—¿Lira? —susurró, agazapado detrás del muro trasero—. ¿Estás ahí?
—Sí... ¿Qué está pasando? ¿Por qué los adultos siguen despiertos?
—Vamos a averiguarlo.
Como sombras conscientes de su fragilidad, se arrastraron entre la maleza, bordeando los arbustos y el gallinero hasta alcanzar una rendija en la madera podrida. Pegaron las orejas al muro.
—...alguien vio los estandartes. Plata sobre negro. El Reino nos encontró —anunciaba un guardia, con la voz temblorosa.
—¡Llevamos meses enterrados en este bosque! ¿Cómo diablos nos rastrearon?
—Ignoro el método. Solo sé que están barriendo la zona.
—¿Huimos de nuevo?
—¿Hacia dónde, Arven? Este es nuestro tercer refugio en veinte años. Se acabaron los escondites. Mover a los niños y a los ancianos a estas horas garantiza nuestra muerte en los caminos.
—Entonces... ¿peleamos?
—Tenemos muy poco acero. Moriremos sin poder pelear.
Un silencio espeso, masticable y trágico llenó la cabaña.
—Vienen por todos. Ignoran la diferencia entre rebelde y refugiado. Sus espadas solo separan la carne útil de la carne muerta.
El pecho de Renatus colapsó, idéntico a una piedra cayendo por un pozo sin fondo. Lira, a su lado, apretaba los labios con fuerza, intentando bloquear las palabras antes de que envenenaran su mente.
—Debemos avisar a alguien... —susurró ella.
—Nadie nos escucharía.
Volvieron a sus camas arrastrándose en silencio. Cada uno cargaba un monstruo distinto.
Aplastado bajo su techo de madera, el insomnio torturó al niño. Observó el reflejo lejano del río a través del vidrio. Algo se acababa de quebrar en su interior, una vasija frágil con forma de hogar. Antes de rendirse al cansancio, se juró a sí mismo afrontar la desgracia inminente con fiereza. Sería un Novus. Despedazaría a quien intentara tocarlos. Con esa promesa ardiendo en la sangre, el sueño lo venció.
***
Un estruendo. Ruido ensordecedor y calor abrasador. El cielo vomitó fuego sin previo aviso. El ataque careció de trompetas, declaraciones de guerra o exigencias de rendición. Una explosión seca rasgó la madrugada. Inmediatamente después, el incendio devoró la madera.
Renatus despertó bañado en sudor frío. La pared temblaba a sus espaldas, la ventana estalló en mil pedazos de vidrio y el humo denso invadió sus pulmones. Apestaba a carne quemada y pánico puro.
—¡Renatus! —El grito de su madre cortó el crepitar de las llamas—. ¡Corre, ahora!
Su instinto aplastó a cualquier tipo raciocinio. Salió disparado de la habitación.
La plaza central era un matadero iluminado por techos en llamas. El calor le ampollaba la piel del rostro. A escasos metros, Arven —el mismo hombre que horas antes debatía sobre la huida— yacía boca arriba, con la garganta abierta y los ojos fijos en un cielo devorado por el humo.
Los hombres de la Corona avanzaban en formación perfecta. Armaduras oscuras, emblemas de plata brillando sobre el pecho. Avanzaban como una maquinaria de exterminio, hundiendo sus espadas en espaldas de ancianos y pechos de mujeres. Eran verdugos disciplinados. Ejecutaban a sangre fría todo lo que respiraba, asegurándose de borrar a esa gente de la faz del mapa.
Editado: 12.10.2026