«Ahí es donde me encontrarás. Junto con amantes, estafadores y ladrones.»
—The Standells
***
Había pasado la medianoche. Los rayos azules de la luna se mezclaban con el resplandor rojizo y tenue de las velas de aceite. Esos mismos hombres, asesinos y mercenarios, temblaban con pavor apenas su piel rozaba la luz espectral que se filtraba hacia el interior.
Renatus ignoraba la ventana. Mantenía la mirada hundida en su copa de arcilla. Levantó el recipiente a contraluz, observando fascinado cómo los pequeños sedimentos de tierra giraban en espiral, ahogándose lentamente en el licor barato.
—Je. —Una risa seca se le escapó entre los dientes apretados—. ¿En serio le temen a eso?
Apuntó con el dedo índice hacia la madera tapiada de la ventana.
—Resultan ser mucho más cobardes de lo que imaginé. Por favor. Todos ustedes saben perfectamente que las leyendas sobre Nethra son pura mierda, ¿cierto? Yo, en su lugar, les tendría terror a cosas mucho más tangibles.
Paseó la mirada por el local. Los parroquianos le devolvieron el gesto con los ojos dilatados, procesando sus palabras como la mayor tontería dicha en toda la maldita noche.
—Son estupideces. Cuentos inventados por el Reino, filtrados en sus cabezas huecas para mantenerlos dóciles y controlables. «Nacimientos arruinados, voces extraviadas en la oscuridad» Pura basura. Aunque... —Detuvo su discurso de golpe. Volvió a bajar la vista hacia el líquido turbio que giraba en la arcilla—. Admito que mis propias creencias resultaron ser igual de fantasiosas.
Por primera vez en toda la velada, hubo silencio en la taberna. Todos lo observaban con una atención apenas perceptible.
—Alguna vez creí que esa maldita roca azul me salvaría. Pero la realidad me enseñó algo muy distinto. —Sorbió un trago generoso. El licor rasgó su garganta, fundiéndose con un ardor viejo—. Cuando estás aplastado contra la tierra, ahogándote en el lodo, los únicos que acuden a ayudarte son los gusanos, las ratas y las cucarachas. Esa es la única compañía que te queda después de perderlo todo.
***
Agua. Era todo lo que quedaba. Un océano inmenso que se extendía más allá de los bordes del mundo, tan vasto que reducía la inmensidad del universo a una simple gota suspendida en el aire. El cielo colgaba sobre él, cuajado de estrellas idénticas a heridas abiertas, pulsantes y viejas. Y dominando el firmamento, una sola luna flotaba, luciendo como un enorme ojo bovino: su luz parecía caer de forma sádica.
Nethra imperaba en la altura, una deidad indiferente que entregaba la vida a granel y la arrebataba con apatía.
Renatus la ignoraba. Sus párpados pesaban como plomo. La fatiga gobernaba su conciencia; su único instinto exigía sobrevivir.
La herida le atravesaba el estómago dibujando una sonrisa sanguinolenta y cruel. Sus manos carecían de fuerza para presionar los bordes de la carne abierta. El dolor lo devoraba desde el centro. El tajo ardía al contacto con el agua helada.
Cada gota de sangre que escapaba de sus entrañas le confirmaba que seguia vivo, muriendo poco a poco.
Entonces, rezó. Lanzó una súplica muda, despojada de cualquier vestigio de fe. Rezó con la desesperación de quienes han escupido todo su orgullo. Elevó su plegaria al agua, al barro, al planeta, a cualquiera que estuviera escuchando desde las profundidades de aquel charco infinito.
—Ayúdame... —La palabra sonó solo en su mente, ahogada por la sangre acumulada en su garganta.
Sus lágrimas se fundían con el cauce sucio que lo arrastraba. El agua reaccionó a su llamado. O tal vez imitó la burla de la luna azul. Una corriente leve, indecisa, rozó su espalda imitando una mano temblorosa intentando consolar a un moribundo. Carecía de la fuerza necesaria para salvarlo, pero bastaba para mantener su rostro por encima de la superficie.
El misterio sobre el origen de esa corriente no importaba. Ignoraba si su voluntad había forzado la marea o si simplemente flotaba a la deriva, convertido en desecho.
Sentía el avance de su cuerpo arrastrado por el cauce. Ese movimiento inerte representaba su único vínculo con la vida.
Transcurrieron minutos, meses o fracciones de segundo. El tiempo colapsó, volviéndose tan líquido como el entorno. La conciencia colgaba de un hilo resquebrajado.
Hasta que la orilla lo recibió. Y el impacto desató una agonía fresca.
Renatus emergió del fango escupiendo bilis y lodo, convulsionando con arcadas violentas idénticas a las de un malnacido. Avanzó enterrando las uñas en la orilla —dedos despellejados, puro hueso arañando la tierra negra— hasta que sus pulmones aspiraron oxígeno viciado en lugar de agua podrida.
En ese instante, gritó. Un aullido agudo y rabioso.
El eco de su alarido rasgó el follaje cercano. O quizá se ahogó a un centímetro de su boca, ignorado por los propios insectos. Resultaba irrelevante.
Colapsó sobre la arena negra. Se hizo un ovillo apretando el vientre con ambas manos, intentando taponar desesperadamente la fuga de su propia vida a través de la grieta abierta.
Su existencia entera se reducía a décadas atrapadas en el envase de un niño. Un erudito convertido en doble perdedor. Un ser que había tocado las fronteras del universo para regresar únicamente a tragar barro.
Lloró. Las lágrimas brotaron alimentadas solo por frustración, ajenas al dolor físico o al terror. Sollozó al asimilar su propia y aplastante irrelevancia.
El viaje entero —la muerte, el milagro de la reencarnación, el descubrimiento de la magia— lo condujo directamente hacia esta tumba de lodo, garantizándole un final idéntico al de su primera vida, pero infinitamente más agónico.
El colapso asaltó su visión. La oscuridad lo devoró por completo. Lo envolvió en un alivio narcótico, apagando el dolor.
***
Flotar. El agua podrida cede su lugar a un cauce de luz líquida atravesando un jardín estancado en la eternidad. Las flores contraen sus pétalos imitando la respiración de animales salvajes. Árboles invertidos clavan sus troncos en el vacío, dejando que sus raíces cuelguen del cielo como campanas de carne palpitante. El aire canta, y su cadencia es la misma que lo arrulló en el útero antes de nacer.
Editado: 06.11.2026