«Soy llevado de vuelta al pasto seco y a las sombras»
—Alela Diane
***
El líquido ambarino giró dentro del vaso astillado. Renatus lo observaba buscando fantasmas en el fondo del alcohol barato. A su alrededor, los parroquianos de la taberna mantenían silencio.
—Uno creería que conservar la consciencia intacta tras la muerte otorga cierta ventaja —murmuró, arrastrando las sílabas—. Que nacer sabiendo algunas cosas te convierte automáticamente en un prodigio.
Levantó la mirada. Sus ojos azules barrieron la mesa.
—Pura basura. Eso solo te vuelve soberbio. Te pudre la perspectiva y te convence de que el mundo te debe sumisión por tu simple existencia.
Renatus vació la copa de un solo trago y la estrelló contra la madera podrida. El golpe seco hizo respingar a un par de mercenarios en la mesa contigua.
—Pasé mis primeros años haciendo cosas inútiles que consideraba indispensables. Asumí que la magia era una simple ecuación esperando a ser resuelta por mi intelecto superior—Una sonrisa torcida, desprovista de cualquier rastro de gracia, le partió el rostro—. Fui el bufón de mi propia tragedia. Déjenme contarles sobre el día en que un maldito niño falló en robar el fuego de los dioses.
***
La vida está llena de misterios, pensó Renatus. Mantenía la seriedad de un filósofo atrapado en el cuerpo de un niño de cinco años.
Creía ser el único ser consciente de su pasado. Se equivocó. Creía haber decodificado la estructura de la así llamada «magia». Fracasó por completo.
El universo parecía burlarse activamente de su existencia. Habían transcurrido seis meses desde su primer éxito y ninguna otra piedra había modificado su temperatura. Ninguna. Modificó el tamaño, el peso y la textura de sus objetivos. Probó con rocas redondas y planas. Intentó con una piedra en forma de corazón que Naië le regaló una mañana. Nada. El resultado siempre fue el mismo.
La frustración se acumulaba en los rincones de su habitación. Crecía como el polvo debajo de su catre. Su «laboratorio» ostentaba una colección de cien guijarros ordenados con una meticulosidad ridícula para su edad. Los clasificó por color, tamaño y densidad. Marcó algunos con tinta vegetal verde. Trazó símbolos inventados con su propia saliva sobre los demás buscando algún catalizador.
El pueblo entero pronto advirtió al pequeño de mirada afilada y puños tensos, agachado en pleno mercado examinando un trozo de cuarzo.
—Ahí va el loco de las piedras —murmuraban las vecinas entre risitas disimuladas.
Renatus ignoraba las burlas. En ocasiones, cuando el ruido entorpecía sus cálculos, alzaba un dedo de manera muy poco diplomática y continuaba su labor.
Su postulado principal, producto de una mente analítica restringida por un cerebro en desarrollo, dictaba lo siguiente: la replicación exacta de las condiciones del primer éxito garantizaría un resultado idéntico.
Su teoría era muy simple y bastante lógica en su cabeza. Repetir las condiciones exactas del primer éxito traería el mismo resultado.
Replicó la posición exacta de sus dedos. Calculó la inclinación del sol. Anotó si había comido sopa o pan esa mañana. Registró los patrones en la tierra con palos. Trazó letras invertidas. Culpó al clima. Pensó en la necesidad de un comando verbal. Les gritó a las rocas hasta quedarse sin voz. Les suplicó en susurros.
Cada vez que encontraba un guijarro idéntico al del primer día, sus pulmones liberaban un grito de victoria. El eco llegaba hasta el río:
—¡Esta sirve! ¡Esta sí!
Un estallido seguido invariablemente, minutos después, por un rugido de furia:
—¡¿Por qué demonios te resistes, pedazo de basura inerte?!
Su investigación era un péndulo entre la rabia y la euforia. La sed de comprender el mecanismo profundo, de diseccionar la mecánica detrás del truco, lo consumía.
Sus padres lo observaban con una inquietud silenciosa —especialmente cuando comenzó a amenazar de muerte a las rocas—, pero evitaron detenerlo. Intuían que esa obsesión algún día alteraría el equilibrio del mundo.
***
Una tarde, asqueado por su propia incompetencia y rodeado de guijarros inútiles, Renatus ajustó su enfoque. Abandonaría las rocas comunes. El error radicaba en la calidad del material de prueba.
Entonces la descubrió.
Sobre la mesa del comedor, rodeada de pan duro y una jarra de leche agria, reposaba una piedra diferente. Tenía un color azul metálico. Parecía tener un pulso propio bajo su superficie lisa.
«¿Debería...? No, madre se enojaría. Es su amuleto favorito...». Pausa. La voz de su consciencia intervino de inmediato: «Un precio irrisorio a cambio de confirmar mi teoría.»
Estiró los brazos hasta alcanzar el borde de la mesa. Agarró el mineral con fuerza. Corrió directo hacia su laboratorio. Su habitación le brindaba la privacidad necesaria. Cerró la puerta. Atrancó una silla contra el picaporte. Colocó una manta en la rendija del piso para bloquear el paso de la luz.
Aguardó pacientemente. Midió la inclinación solar utilizando una ramita astillada. Contó hasta treinta y siete, una cifra que su intelecto había decretado como poseedora de propiedades místicas.
Colocó la piedra sobre su altar experimental, una caja de madera invertida. Cayó de rodillas. Replicó la postura exacta de sus manos durante el evento del guijarro tibio.
Fijó su concentración. Visualizó la meta. Proyectó su voluntad contra la piedra: «Fuego. Fuego. ¡Fuego!»
La piedra respondió con una reacción desproporcionada.
Una detonación ensordecedora barrió la habitación en una tormenta de llamas índigo y ventiscas. La temperatura del cuarto colapsó en una contradicción, mezclando el ardor del verano con el filo del invierno en el mismo metro cuadrado.
Sus libretas salieron disparadas. Las mantas se incendiaron sin consumirse. La estantería de madera pareció evaporarse dejando un rastro de escarcha y humo.
Editado: 12.10.2026