«Te necesito como necesito una pierna rota»
—The Taxpayers
***
La mañana era seca. El aire agrietaba los labios y el polvo de la calle se pegaba al sudor frío. La luz del sol atravesaba las ventanas astilladas de la taberna, iluminando los charcos de sangre coagulada que cubrían las tablas del suelo. Renatus cruzó la puerta de salida dejando atrás un local lleno de cadáveres frescos y el hedor inconfundible a oxido viejo.
Caminó por las afueras del pueblo con paso firme. Su nombre original había desaparecido de los registros oficiales y de la mente de cualquier persona viva. Todos los que alguna vez lo habían escuchado estaban enterrados o pudriéndose en esa misma taberna a sus espaldas.
Llevaba colgada del hombro una bolsa manchada. El bulto golpeaba contra su cadera al ritmo de su marcha. Atravesó las calles de tierra compactada rodeado del ruido habitual de la miseria. Niños cubiertos de barro corrían entre las carretas de carga, y los vendedores ambulantes gritaban ofertas desesperadas para vender las sobras del día anterior. Al pasar junto a los baños públicos, el vapor con olor a almendra y jabón barato le empañó la ropa. Ignoró a la multitud y continuó su camino hacia el centro.
Entró en el edificio administrativo al final de la avenida. La estructura era un vestigio decadente del poder del Reino. Las columnas de mármol estaban agrietadas, y los frescos del techo abovedado mostraban escenas de guerras antiguas devoradas por la humedad y el abandono. Un retrato del Rey colgaba en la pared principal, vigilando el salón con ojos despintados por el tiempo. El lugar apestaba a incienso rancio y papel viejo.
Renatus cruzó el vestíbulo y se detuvo frente al mostrador de recepción. La estructura de madera astillada estaba reforzada con rejas de hierro negro. Detrás del metal, un oficinista de uniforme arrugado y ojeras marcadas revisaba un bloque de pergaminos. Al percibir la llegada de Renatus, alzó la vista lo justo para confirmar que el sujeto frente a él no era un mendigo.
—Nombre y encargo —recitó el empleado con voz monótona.
Renatus soltó el aire de los pulmones.
—Lucem Alven. Encargos número 346259, 894634, 849926, 364725, 563526, 846253, 367452, 386352, 752426 y 367462.
El oficinista detuvo su pluma. Lo miró con escepticismo. Evidentemente, la cantidad de muertos superaba lo que el hombre estaba dispuesto a tramitar durante su turno laboral. Tragó saliva y apartó la vista hacia sus documentos.
—Va a tener que otorgar los números de identificación de cada uno de los criminales —murmuró mecánicamente.
Renatus no respondió. Alzó la bolsa que llevaba en el hombro y la dejó caer sobre el mostrador. El golpe sonó húmedo y pesado. Un ruido viscoso.
—Aquí están todos los números —dijo Renatus—. Si necesita comprobar los cuerpos, se quedaron pudriéndose en la taberna de las afueras. No voy a traerlos yo.
El recepcionista miró la bolsa de lona. A través de la tela mal cerrada, distinguió los muñones: manos cercenadas desde la muñeca, cada una con un número de serie tatuado en la piel fría. El oficinista apartó las manos del mostrador por pura sorpresa.
—Sabe que esto incumple el protocolo habitual del gremio —dijo el empleado en un susurro inseguro.
—¿Usted cree que yo tengo cara de seguir protocolos?
El silencio se instaló entre ambos. El oficinista jaló el libro de registros hacia su pecho y mojó la punta de la pluma en el tintero con manos temblorosas.
—Voy a registrar esto. Puede tomar unos minutos —suspiró el hombre. La pluma comenzó a raspar el pergamino a toda velocidad.
***
Renatus chasqueó la lengua. Se dejó caer en una silla inestable frente a la mesa vacía del comedor y dejó que su propio peso soltara un crujido cansado en la madera.
—Mil Magnus por veinte cabezas. Qué generosos. Falta que me regalen un ataúd de cartón el día que muera en servicio.
Sobre la mesa descansaba una pieza de pan duro. Renatus la tomó y le dio un mordisco. El sonido resultante imitó a la perfección la fractura de una tabla gruesa. Masticó un largo rato, enfrascado en una pelea contra la masa rancia, hasta que logró tragar pasando saliva con dificultad.
El comedor albergaba a un par de mercenarios solitarios sentados en las esquinas. Nadie hablaba. Todos masticaban sus raciones guiados por pura inercia.
—Es horrible tragar el pan de este chiquero sin un vaso de agua —comentó una voz cargada de burla.
Renatus alzó una ceja. Frente a su rostro, una mano enguantada le extendió un vaso de cristal. El líquido del interior presentaba un tono marrón oxidado.
—No, gracias —respondió Renatus, alzando la vista con pesadez—. Si la idea era matarme, podrían usar un veneno decente al menos.
La figura del hombre destacaba frente a la mugre general del comedor. Llevaba placas de acero pulido diseñadas expresamente para servir de espejo. El soldado del Reino observaba a Renatus desde arriba, evaluándolo de la misma forma que a un insecto a punto de ser aplastado. Renatus le sostuvo la mirada con frialdad.
—Vale, yo tampoco lo tomaría. Tenía que intentarlo —respondió el soldado, esbozando una sonrisa arrogante.
—Dime qué quieres o lárgate —soltó Renatus. Sus sílabas arrastraban agotamiento.
—Creí que eras un mercenario más simpático.
—Lo soy. Pero no para gente como tú. Suelta el asunto de una vez.
El soldado se acomodó la capa gruesa sobre el hombro metálico.
—Te conozco de oídas, señor Alven. Te has ganado una reputación excelente por los barrios bajos. Tengo un encargo hecho a tu medida. Un objetivo único. Paga alta. Todo muy limpio.
Renatus ladeó la cabeza.
—¿Cuánto?
—Cinco mil Magnus. —El soldado dejó que la cifra cayera sobre la mesa y aguardó un par de segundos—. Entrar, eliminar al objetivo y salir. Pan comido. Claro que usando un pan mejor que ese bodrio de tu plato.
Renatus bajó la vista hacia el trozo endurecido. Evaluó la propuesta.
Editado: 06.11.2026