«Y se hinchan como vino amargo en sus vientres, porque los huesos han sido quitados de sus espaldas encorvadas»
—Alela Diane
***
Las botas aplastaban las ramas y las hojas secas del camino. El ruido de los pasos marcaba el ritmo de la caminata hacia la ciudad. Renatus mantenía una conversación en voz baja para evaluar la atención de su nueva compañera y asegurar las reglas de supervivencia básicas.
—Muy bien, Lira. Dime, ¿qué es lo que no debes hacer?
Lira parpadeó un par de veces. Repasó mentalmente las instrucciones recientes antes de contestar.
—Hum... No debo usar magia, no debo decirle a nadie mi nombre, y no debo hablar demasiado con nadie. Especialmente con los que usan armadura.
Renatus asintió con lentitud, aprobando la respuesta.
—Muy bien. Aprendes rápido. Lo cual es bueno. Porque el mundo no tiene paciencia para los lentos.
Lira ajustó su paso al de él, buscando su mirada con cierta insistencia.
—¿Aunque... de verdad no puedo usar ni un poquito de magia? —preguntó.
Renatus soltó una risa áspera y desprovista de humor.
—Nada. Ni un chispazo. El Reino tiene orden de matar a cualquiera que mencione la palabra magia. Incluso si la deletreas.
—Oh... —murmuró ella. Bajó la vista hacia la tierra del camino—. Me imaginaba el mundo fuera del bosque diferente... no sé, lleno de personas amables. Como en la aldea.
—Bueno —Renatus ladeó la cabeza, soltando un suspiro cansado—. Lamento decepcionarte. Allá afuera las personas amables son como los días sin viento: raros, silenciosos... y probablemente una trampa.
—¿Y si yo intento ser amable de todos modos?
—Entonces te van a devorar primero. Pero al menos tendrás la conciencia limpia mientras lo hacen.
Lira frunció el ceño, genuinamente confundida.
—¿Devoran a las personas por ser amables?
—No literalmente —gruñó él.
—Ah. Sigues diciendo palabras que no entiendo.
Renatus se frotó la cara con la mano libre, agotado por la ingenuidad de la chica.
—Bienvenida al infierno, compañera. Lo único peor que estar solo es estar mal acompañado. Y ahora tengo ambas cosas al mismo tiempo.
—Gracias, también me alegra viajar contigo —dijo ella con toda sinceridad.
Renatus guardó silencio. Apretó la mandíbula y aceleró la marcha sin voltear hacia atrás.
—No era un cumplido...
—¿Ah no?
—...Olvídalo.
***
Llegaron a la ciudad con las últimas luces del atardecer. La vista del núcleo urbano resultaba deprimente. Las calles polvorientas y los techos hundidos recibían a los viajeros sin ningún rastro de grandeza. El humo de las chimeneas flotaba en el aire formando capas densas de suciedad. La ciudad existía por pura inercia, imitando a un animal viejo y resignado.
Lira frunció el ceño con evidente decepción.
—¿Pasa algo? —preguntó Renatus, manteniendo el ritmo de la marcha.
—No... bueno... —Lira dudó, buscando la forma correcta de expresarse—. Creí que sería un poco más... ya sabes, lleno. Vivo.
Renatus observó el panorama. Cientos de personas abarrotaban los callejones distantes. El ruido de las voces y los golpes de metal contra metal formaban un zumbido constante.
—A mí me parece bastante lleno —dijo, encogiéndose de hombros.
—Yo me refería a plantas. Y animales. Casi no hay. Se siente raro.
Renatus soltó un bufido que mezclaba burla y resignación.
—Bienvenida a la civilización. Aquí lo que no produce, molesta. Y lo que molesta, se arranca de raíz.
Lira bajó la mirada hacia los adoquines sucios. No asomaba ni una sola hierba entre las grietas del suelo.
—Tal vez... tal vez no quiero vivir aquí.
—Genial. Llegamos tarde y ya quieres volver. Qué entusiasmo.
—¿Tarde para qué?
Renatus le dirigió una mirada profundamente agotada.
—Para hacer como que esto vale la pena.
Se dirigieron directo al edificio administrativo. La construcción exhibía columnas desconchadas y un olor persistente a humedad y papel acumulado. El intento de mantener una fachada elegante fracasaba por completo.
—Genial —gruñó Renatus—. Es la tercera vez que vengo hoy... y la primera que vengo con las manos vacías. Me siento especial.
Lira cruzó la puerta detrás de él caminando con suavidad. Abrió los ojos de par en par al contemplar las lámparas de cristal, los murales desgastados y el mármol del suelo. Su expresión reflejaba un asombro genuino e infantil.
—Wow... —susurró, apuntando la mirada hacia el techo—. ¿Viven aquí los reyes?
Renatus se tragó una carcajada.
—Sí. Los reyes del papeleo.
El burócrata del mostrador levantó la cabeza y mostró una sonrisa plástica.
—¡Oh, señor Alven! Qué gusto verlo de nuevo.
—Sí... no opino lo mismo —dijo Renatus con total frialdad.
El funcionario bajó un poco la voz.
—¿Tiene buenas noticias sobre el asunto?
Renatus observó a Lira. La chica inspeccionaba una planta decorativa muerta con fascinación desmedida.
—No encontré nada —soltó Renatus con un tono cortante—. Casi muero allá por culpa de las bestias, y no había nada.
El burócrata arrugó la frente, ensayando un gesto de pesar administrativo.
—Me entristece escuchar eso, señor Alven, pero el contrato estipulaba que-
—No me refiero al contrato —interrumpió Renatus, apoyando las manos sobre el escritorio con una sonrisa amenazante—. Me refiero a que dejen de perder el tiempo de la gente con cuentos. Si hubieran mandado a alguien menos preparado que yo, estarían enterrando un cadáver en este momento. Y no sería el mío.
Un silencio denso invadió el espacio. Lira apartó la mirada de la planta seca.
—¿Quieres que finja que eres un cadáver? Soy buena fingiendo cosas —dijo ella con seriedad.
Renatus cerró los ojos y tomó una inspiración profunda.
—Gracias. Muy útil.
El burócrata parpadeó varias veces. Carecía de herramientas para procesar la interrupción de la chica.
Editado: 06.11.2026