«No habrá manera, mi rayo de luna, que tú te vayas»
—Natalia Lafourcade
***
El aura del bosque resultaba abrumadora. Las raíces y las sombras lo envolvían con un peso asfixiante. Sin embargo, Renatus avanzaba sin sentir ninguna amenaza real. La fauna local y las criaturas ocultas entre los helechos lo ignoraban por completo. Los animales se apartaban de su camino en silencio. El bosque lo trataba como a un invitado perdido. Esa indiferencia lo inquietaba muchísimo más que la posibilidad de una emboscada.
Buscó durante horas. Revisó las bases de los troncos masivos y la maleza espesa. Cero lunares verdes. Ningún rastro de la aberración descrita en el contrato del Reino. Solo encontraba pequeños humanoides huyendo aterrorizados ante el sonido de sus botas. Nada justificaba el pago de cinco mil Magnus.
Renatus frunció el ceño. Decidió quebrar el silencio para provocar al objetivo. Gritó a pleno pulmón. Aplaudió con fuerza. Arrojó ondas de choque contra los troncos para espantar a las aves y sacudir los árboles. El ruido estridente solo consiguió asustar aún más a la fauna pequeña.
Entonces captó un movimiento en la periferia de su visión. Una sombra se desplazó entre los árboles con una velocidad antinatural. El objetivo danzaba ágilmente dentro de su propio elemento, parecía burlarse de él.
Renatus alzó su cuchillo a la altura del ojo. Mantuvo una esfera de fuego crepitando en su mano izquierda, dispuesto a incendiar el bosque si hacía falta.
Sintió un cambio repentino en la presión del aire a su espalda.
Giró sobre sus talones en un instante y lanzó una puñalada directa a la yugular del atacante guiado por puro instinto. El filo de la daga se detuvo en seco a milímetros de la garganta.
Frente a él se alzaba una mujer joven. Piel pálida. Ojos color miel. El cabello caía sobre sus hombros en tonos menta y reflejos azules. Pequeñas manchas verdes salpicaban su cuerpo, imitando hojas brotando sobre la piel.
Renatus se quedó congelado. Jamás había matado a una mujer, mucho menos una tan joven. El rostro de la chica carecía de marcas de hambre, odio o cicatrices mal curadas. Parecía completamente ajena a la violencia del mundo exterior.
Ella inclinó la cabeza. Sus ojos se iluminaron con una chispa de reconocimiento.
—¿Re... Renatus? ¿De verdad eres tú?
El estómago de Renatus colapsó. Escuchar su nombre real después de tanto lo paralizó por completo. Apretó los nudillos alrededor de la empuñadura de la daga. El un destello de terror le subió por la columna, asfixiando cualquier rastro de voluntad que tenía.
—¿Qui... quién eres? ¡¿C-cómo sabes mi nombre?! —espetó, dando un paso atrás.
Ella avanzó hacia él con los ojos brillando.
—Reni... soy yo. Mírame. Soy tu amiga. Mírame.
Renatus negó con la cabeza repetidas veces.
—Yo... yo no te conozco. No sé quién eres —dijo, con voz firme, demasiado firme, como si hablara para convencerse a sí mismo—. Esto no es real —murmuró.
Ella esbozó una sonrisa cargada de ternura que parecia dolerle.
—Mi pequeño rayo de luna...
Renatus parpadeó, perdiendo el control de su respiración.
—¿Qué tanto estas diciendo?
—Así te decía tu madre, ¿recuerdas? Soy yo, soy Lira. La Lira que salvaste. La Lira que siempre fue tu amiga.
Renatus dio tres pasos rápidos hacia atrás. Quería imponer distancia física entre él y lo que fuera eso.
—No... —murmuró. No puede ser. Tú... tú no deberías estar aquí. Tú... deberías estar muerta...
Renatus apretó los dientes. Sus ojos ardían. Soltó la daga. El metal cayó sobre la tierra con un golpe sordo. Dio media vuelta y arrancó a correr entre los troncos como un animal aterrado huyendo del fuego. Tropezó con una raíz, rodó por el barro, se incorporó a trompicones y continuó su huida frenética.
El bosque reaccionó de inmediato. Las ramas no lo golpearon, pero las hojas formaron muros infranqueables a su paso. El aire ganó una densidad asfixiante, le costaba respirar. Las raíces brotaron del subsuelo para desviar sus botas y enredaderas gruesas cayeron desde las copas bloqueando todas las rutas de escape. Todo el bosque le exigía detenerse.
El corazón de Renatus golpeó sus costillas a una velocidad antinatural. Había hiperventilado tanto que se había quedado sin oxígeno. Colapsó de rodillas sobre la tierra húmeda, temblando incontrolablemente.
Lira apareció entre la maleza. Se arrodilló frente a él y cuando él alzó los ojos ella lo envolvió en un abrazó suave.
—Estoy aquí, Reni. Ya puedes dejar de correr.
El bosque guardó silencio. Renatus rompió a llorar. Las lágrimas cayeron con una fuerza desgarradora. Había pasado tantos años fingiendo una invulnerabilidad falsa. El abrazo de la chica pulverizó sus defensas en un segundo.
—Creí... —balbuceó, entre sollozos que le desgarraban la garganta— creí que, si lo ignoraba lo suficiente, no sería real. Creí que ninguno de ustedes volvería. Que, si lo enterraba lo bastante hondo, nunca saldría. Que lo había superado. Que me había vuelto más fuerte. Que tú... que tú habías muerto. Que me habías olvidado. Y lo acepté. Me mentí. Me convencí.
Las lágrimas resbalaron por su cara cubierta de lodo.
—Perdóname —susurró, casi sin aire— perdóname por todo. Por no ser fuerte Por dejarte. Por no buscarte. Por pensar que estaba mejor sin ti. Perdóname, Lira.
Las manos del chico temblaban, aun con el instinto residual de la huida. Ella lo abrazó con más fuerza. El bosque pareció envolverse alrededor de ambos, protegiendo el dolor expuesto en el centro del claro.
***
Pasó mucho tiempo. Renatus medía los minutos por la cantidad de aire que lograba meter en sus pulmones. Respirar le exigía un esfuerzo inmenso y el simple acto de seguir vivo requería toda su concentración. El bosque mantenía un silencio compartido. Ninguna hoja caía al suelo. Los insectos detuvieron su zumbido habitual. Lira guardó silencio a su lado. Evitó hacer preguntas o interrumpir el llanto. Se limitó a acompañarlo con su presencia.
Editado: 06.11.2026