EMMA
El viaje hasta el resort se me hace más corto de lo que esperaba.
Quizás porque Steisy no deja de hablar de lo hermoso que es el lugar.
O quizás porque estoy demasiado ocupada mirando por la ventana y tratando de convencerme de que realmente estoy haciendo esto.
Un mes, un mes entero lejos de casa y lejos de las responsabilidades.
Y, sobre todo, lejos de la versión de mí que pasaba las tardes inventando excusas para estar cerca de alguien que ni siquiera tenía que esforzarse por ignorarme.
Esa Emma se queda en la ciudad. Aquí solo viene la nueva versión. La que no persigue a nadie.
Repito la frase en mi cabeza como un mantra.
Esa es mi nueva regla.
Cuando finalmente llegamos al resort, no puedo evitar quedarme con la boca abierta.
El lugar es enorme tal y como decía Steisy.
Palmeras por todas partes, jardines perfectamente cuidados, varias piscinas y, al fondo, puedo ver el azul del mar.
Definitivamente esto ayuda a que una promesa se sienta más fácil de cumplir.
—¡Emma!
Steisy me toma del brazo.
—¡Mira eso!
—Lo estoy viendo.
—Vamos a vivir aquí.
—Durante un mes.
—Exactamente.
Sonrío.
Quizá esto fue una buena idea después de todo.
Al acercarnos a las puertas, un hombre y una mujer nos reciben con una sonrisa.
—Bienvenidos, los señores no están, pero dejaron instrucciones —dice la mujer.
—Sus habitaciones ya están preparadas —comenta el hombre.
Uno de los botones se acerca con un carrito.
La mujer nos entrega las llaves.
—Compartiremos habitación —dice Steisy, mirando la tarjeta.
—Perfecto, así podré molestarte.
—O al revés.
Subimos juntas.
La habitación es preciosa. Hay dos camas enormes, un pequeño balcón con vista a la playa.
Podría acostumbrarme a esto sin ningún problema.
El botones pone las maletas en la puerta, toma la mía y la dejo caer sobre la cama.
—Me voy a quedar aquí para siempre.
Steisy deja la suya en el suelo.
—No puedes.
—¿Por qué?
—Porque necesito que bajes a comer conmigo.
—Ah.
La miro seriamente.
—Eso sí es importante.
Nos reímos.
Comenzamos a desempacar.
Yo acomodo mi ropa mientras Steisy se prueba uno de sus vestidos frente al espejo.
—¿Qué te parece?
—Que no vas a sobrevivir una noche con ese vestido.
—Perfecto.
—Steisy.
—¿Qué?
—Nada.
Que Dios agarre confesados a todos los que se crucen con ella esta noche.
Después de unos minutos, finalmente terminamos.
Me cambio rápidamente y salimos de la habitación.
La habitación de Mateo y su novia están un poco más adelante, al otro lado del pasillo.
No miro hacia esa puerta.
Y esta vez no me cuesta tanto como pensé.
Pequeñas victorias.
Llegamos al restaurante y encontramos a los padres de Steisy esperándonos.
—¡Por fin! —dice la mamá de Steisy, levantándose para abrazarnos—. Pensé que se habían perdido.
—Fue culpa de Emma —dice Steisy.
—¿Mía?
—Sí.
—Mentira.
La mamá de Steisy se ríe.
—Me alegra mucho que hayas venido, Emma.
—Gracias por invitarme.
—Esta es tu casa durante todo el mes.
Sonrío.
—Gracias.
Ojalá supiera que su casa estuvo a punto de perderme por un ultimátum ridículo y una amenaza de amistad rota.
Nos sentamos a la mesa.
Los padres de Steisy empiezan a hablar sobre el viaje, el resort y las actividades que tienen aquí.
Yo intento prestar atención.
Hasta que escucho una silla moverse.
Mateo se sienta al otro lado de la mesa junto a su novia.
Me concentro en el menú.
Un menú. Solo es un menú. Nada de lo que está pasando al otro lado de la mesa es asunto mío.
—¿Qué vas a pedir? —me pregunta Steisy.
—Lo que sea.
—Eso no es una respuesta.
—Entonces una hamburguesa.
—¿En serio?
—Bueno, pediré una pasta.
—Ahora sí estás hablando mi idioma.
Sonrío.
Durante el almuerzo intento mantenerme al margen de las conversaciones.
Y, mientras avanza la comida, me sorprendo de algo. Puedo estar cerca de Mateo sin sentir que necesito hacer algo para llamar su atención.
No tengo que hablarle. No tengo que buscar una excusa para acercarme.
Puedo simplemente estar.
Es curioso. Durante años pensé que estar cerca de él sin que me notara sería una tortura. Y resulta que lo verdaderamente agotador era todo lo que hacía para que sí lo hiciera.
Y eso se siente...
Extrañamente bien.
Después de almorzar regresamos a la habitación.
Steisy rompe el silencio.
—Tenemos que hacer un plan.
—¿Para qué?
—Para hoy.
—¿No acabamos de llegar?
—Precisamente. No podemos desperdiciar ni una sola hora.
Se sienta sobre mi cama.
—Primero piscina.
—Obviamente.
—Después playa.
—Obviamente.
—Y luego regresamos a cambiarnos.
—¿Para?
Su sonrisa aparece lentamente.
—Fiesta.
Me incorporo.
—¿Hay fiesta esta noche?
—Hay fiesta todas las noches.
La miro.
—¿Cómo no sabía eso?
—Porque estabas demasiado ocupada sufriendo por Mateo.
—Ya no.
—Lo sé —me guiña un ojo.
—Y por eso tenemos que celebrar.
Le lanzo una almohada.
—No necesito celebrar nada.
—Sí necesitas.
Atrapo la almohada que me lanza de vuelta.
—Bien. Piscina, playa y fiesta.
—Eso es todo.
—¿Y mañana?
Steisy se queda pensando.
—Mañana podemos hacer una excursión.
—¿A dónde?
—Hay paseos en lancha, buceo, senderismo...
—Quiero la lancha.
—Sabía que dirías eso.
Sonrío.
Después de todo, este verano no se trata de Mateo. Se trata de mí. De hacer cosas nuevas, de conocer gente, de divertirme.