EMMA
Steisy sale del baño enfundada en un bikini rojo que, estoy segura, viola al menos tres códigos de vestimenta no escritos.
—¿Y bien?
—Vas a matar a alguien de un infarto.
—Ese es el plan.
Niego con la cabeza y me vuelvo hacia mi maleta.
Elijo un bikini negro y, encima, un short de mezclilla desgastado. Nada exagerado. Nada que grite "mírenme". O al menos eso es lo que me digo mientras me lo pruebo frente al espejo por segunda vez.
Vale, tal vez sí quiero verme bien. Pero es por mí. Completamente por mí.
Me recojo el cabello en una coleta alta y me pongo las gafas de sol sobre la cabeza, como si fuera una diadema carísima que en realidad compré en oferta.
—Lista —anuncio.
Steisy me mira de arriba abajo.
—¿Ese es tu plan para conquistar al galán de revista? ¿Un short?
—Mi plan es no tener un plan.
—Eso suena a excusa.
—Eso suena a madurez.
Steisy pone los ojos en blanco y toma su bolso de playa, del tamaño de una maleta pequeña.
—¿Qué llevas ahí? —pregunto.
—Protector solar, una toalla, agua, snacks y, por si acaso, otro bikini.
—¿Por si acaso qué?
—Por si el primero no funciona.
Con Steisy nunca hay a medias tintas.
Salimos de la habitación y bajamos por el pasillo. El sonido de la música y las risas llega desde el jardín antes de que siquiera podamos ver la piscina.
Cuando finalmente salimos, el lugar es todavía más bonito de lo que vi desde la ventana. Una piscina enorme, de esas con forma irregular, rodeada de palmeras y camastros blancos. Un bar flotante en el centro. Gente riendo, música de fondo, el olor a coco de mil protectores solares distintos mezclándose en el aire.
—Esto es vida —dice Steisy, inhalando profundamente como si acabara de descubrir el sentido de la existencia.
—Esto es vacaciones.
—Es lo mismo.
Caminamos hacia unos camastros libres cerca del borde. Steisy deja caer su bolso con la delicadeza de quien tira un ancla y empieza a desvestirse sin ningún pudor, como si el mundo entero le debiera una disculpa por no estar ya en el agua.
Yo, en cambio, me tomo mi tiempo.
Me quito el short, doblo mi ropa con calma sobre el camastro y me estoy ajustando la parte de arriba del bikini cuando Steisy grita desde el agua:
—¡Emma! ¡Ven!
—Ya voy.
—¡Ahora!
—Steisy, tengo todo un mes. No necesito correr.
Pero, por supuesto, termino caminando más rápido de lo necesario hacia el borde de la piscina, con las gafas todavía puestas y una toalla colgando de mi hombro que, en teoría, iba a dejar en el camastro.
Y ahí es donde todo sale mal.
Mi pie izquierdo pisa un charco de agua que alguien, sin duda, dejó ahí específicamente para arruinarme la vida.
Siento cómo mi cuerpo pierde el equilibrio.
No.
No, no, no.
Intento recuperarme, agito los brazos como si eso fuera a servir de algo, pero ya es tarde. Voy directo hacia adelante, hacia el suelo o hacia el agua, todavía no tengo claro cuál de las dos opciones es peor.
Y entonces, de la nada, unos brazos me atrapan.
Choco contra un pecho firme, cálido, que definitivamente no debería sentirse tan cómodo teniendo en cuenta que hace tres segundos estaba a punto de estamparme contra el suelo.
—Wow, tranquila. El suelo no se va a ir a ningún lado.
Levanto la mirada.
Y ahí está.
Ojos verdes oscuros, del color de las hojas antes de que caiga la noche, enmarcados por unas pestañas que no tienen ningún derecho a ser tan largas en un chico. El cabello negro, revuelto, como si el agua o el viento llevaran toda la tarde intentando ponerle orden y hubieran terminado por rendirse.
Su rostro tiene esa clase de simetría que normalmente solo se ve en anuncios: nariz recta, mandíbula marcada, y una sonrisa torcida que deja ver apenas un hoyuelo en la mejilla izquierda. El tipo de expresión de alguien que claramente está disfrutando demasiado este momento a mi costa.
Alcanzo a ver lo suficiente de él como para notar que el agua le resbala por los hombros, por unos brazos que, evidentemente, no tuvieron ningún problema en detener mi caída sin el menor esfuerzo.
Parece sacado de una de esas campañas de ropa de verano. De las que ponen en las vitrinas para que una se sienta mal por no comprar nada.
Definitivamente no es el tipo de chico con el que una debería tropezarse literalmente en su primer día de vacaciones.
Genial. Absolutamente genial. Mi primera impresión en este resort va a ser recordada como "la chica que casi se mata con un charco".
—Yo... —empiezo, y me doy cuenta de que sigo sujetando su brazo con ambas manos como si fuera un salvavidas—. Estoy bien.
—Ya lo veo.
Sigue sonriendo. No me suelta todavía, y yo tampoco hago mucho esfuerzo por soltarme, para ser honesta.
—Gracias —murmuro, enderezándome finalmente y soltando su brazo como si quemara—. Por... eso.
—¿Por evitar que te conviertas en la primera víctima oficial de la piscina?
—No iba a morir.
—Ibas directo hacia el borde de cemento. Así que, técnicamente, sí ibas a morir. O al menos a necesitar puntos.
Perfecto. Encantador y con sentido del humor. Justo lo que no necesitaba en este momento de mi vida.
Siento el calor subiéndome por las mejillas, y no tiene absolutamente nada que ver con el sol.
—Bueno, gracias por salvarme la vida entonces.
—De nada. Aunque debo admitir que fue un placer atrapar a la chica misteriosa del short de mezclilla.
—No soy misteriosa.
—Todavía no sé tu nombre. Eso te hace misteriosa.
Tiene un punto. Un punto molestamente válido.
—Emma.
—Emma —repite, como si estuviera probando cómo suena—. Yo soy Nicolás. Aunque la mayoría me dice Nico.