La mujer del cuchillo
La noche había caído hacía varias horas.
No había luces.
No había casas.
No había nadie.
Solo un camino de tierra perdido en medio de la nada y, a unos metros de él, una mujer permanecía inmóvil.
Miraba hacia adelante, pero parecía no ver realmente lo que tenía delante.
Respiraba con dificultad.
Sus manos temblaban.
En una de ellas sostenía un cuchillo.
No sabía cuánto tiempo llevaba allí.
Intentó recordar.
Nada.
Cerró los ojos con fuerza.
Una imagen.
Una voz.
Un grito.
Abrió los ojos de golpe.
—¿Dónde estoy? —susurró.
Su propia voz le resultó extraña.
Miró a su alrededor.
Árboles.
Oscuridad.
Tierra húmeda.
Y silencio.
Un silencio tan profundo que podía escuchar los latidos acelerados de su propio corazón.
Bajó lentamente la mirada hacia sus manos.
El cuchillo seguía allí.
Lo observó durante unos segundos.
Había algo oscuro sobre la hoja.
Sangre.
La mujer dejó escapar un pequeño jadeo y estuvo a punto de soltarlo.
Pero no pudo.
Sus dedos parecían aferrarse al mango por voluntad propia.
—No...
Retrocedió un paso.
Después otro.
Miró sus zapatos.
Estaban cubiertos de barro.
Su ropa también.
Tenía una pequeña herida en el brazo.
Y entonces vio algo que hizo que el miedo recorriera todo su cuerpo.
Había sangre en su ropa.
Mucha.
Pero no podía recordar de quién era.
Se llevó una mano a la cabeza.
—¿Qué hice?
Nada.
Su mente estaba completamente en blanco.
Intentó recordar cómo había llegado hasta allí.
Había estado en una casa.
O quizás en un auto.
No.
Una habitación.
Había alguien con ella.
¿Quién?
La mujer cerró los ojos nuevamente.
Esta vez apareció un rostro.
Pero desapareció antes de que pudiera reconocerlo.
—¡No! —gritó.
El sonido se perdió entre los árboles.
Miró desesperadamente alrededor.
Nadie respondió.
Entonces escuchó algo.
Un ruido.
Muy lejos.
Como una rama quebrándose.
La mujer se quedó quieta.
El corazón volvió a acelerarse.
—¿Hay alguien ahí?
Silencio.
Otro ruido.
Más cerca.
Ella apretó el cuchillo.
No sabía de quién era la sangre.
No sabía cómo había llegado allí.
No sabía qué había ocurrido.
Pero había algo que sí sabía.
No estaba sola.
Y alguien, en algún lugar de aquella oscuridad, sabía exactamente qué había pasado.
La mujer comenzó a caminar.
No sabía hacia dónde.
Solo sabía que tenía que salir de allí.
Mientras avanzaba entre los árboles, una pregunta no dejaba de repetirse en su cabeza:
¿A quién había matado?
Y lo peor de todo...
era que una pequeña parte de ella tenía miedo de descubrir la respuesta.