Aquí yace quien en vida fue odiado

Algo fuera de lugar

A la mañana siguiente me desperté antes de que sonara la alarma.

Durante unos segundos no recordé dónde estaba.

El techo era diferente.

La luz que entraba por la ventana también.

Después recordé.

El pueblo.

La casa.

Mi nueva vida.

Me quedé acostada mirando el techo.

No había bocinas.

No había motores.

No había vecinos discutiendo.

Solo pájaros.

Muchos pájaros.

Sonreí.

Quizás había tomado la decisión correcta.

Me levanté y fui hasta la cocina.

Todavía tenía algunas cosas sin acomodar, así que preparé café y abrí una de las cajas que había dejado junto a la pared.

Mientras ordenaba, escuché un golpe afuera.

Me acerqué a la ventana.

No vi nada.

Esperé.

Otro golpe.

Esta vez más fuerte.

Salí al patio.

El sonido había venido del fondo.

Caminé unos metros.

Había una pequeña cerca de madera que separaba mi terreno de una zona de árboles.

Me acerqué.

Una de las tablas estaba rota.

Fruncí el ceño.

La noche anterior no estaba así.

O eso creía.

Me agaché para observarla.

La madera estaba húmeda y recién quebrada.

Toqué uno de los bordes.

Todavía tenía pequeñas astillas levantadas.

Alguien había pasado por allí.

Miré hacia los árboles.

No había nadie.

Me incorporé.

—Probablemente algún animal.

Lo dije en voz alta, aunque no estaba convencida.

Volví a entrar.

Intenté no pensar en ello.

A media mañana decidí ir nuevamente al pueblo.

Necesitaba comprar algunas cosas y, sobre todo, quería caminar.

Había descubierto que caminar me ayudaba a ordenar mis pensamientos.

Cuando llegué a la plaza, vi a Ernesto sentado en uno de los bancos.

—Buenos días.

Levantó la mirada.

—Buenos días, Ciara.

—¿Siempre estás acá?

—No.

Miré el banco.

—Parece que sí.

Se rio.

—Hoy sí.

Me senté a su lado.

Durante unos segundos ninguno habló.

—¿Te estás acostumbrando? —preguntó.

—Más o menos.

—¿La casa?

—Me gusta.

—Es tranquilo.

Miró hacia los árboles.

—Demasiado, algunos días.

Volví a notar esa manera suya de hablar.

Como si siempre hubiera algo detrás de sus palabras.

—Ayer conocí a Mara.

—Ah.

—Trabaja en el café.

—Sí.

—También vi unas fotografías antiguas.

Ernesto me miró.

—¿Las de los jóvenes?

Asentí.

—¿Conocés a Tomás?

Su expresión cambió apenas.

Fue algo mínimo.

Tan mínimo que probablemente cualquier otra persona no lo habría notado.

Pero yo sí.

—Sí —respondió.

—Mara dijo que algunas personas no son como parecen.

Ernesto soltó una pequeña risa.

—Mara habla demasiado.

—¿Eso significa que no debería creerle?

—Significa que deberías conocer a las personas antes de sacar conclusiones.

Me quedé pensando.

—¿Tomás es una mala persona?

Ernesto no respondió inmediatamente.

—No dije eso.

—Pero tampoco dijiste que no.

Me miró.

Después sonrió.

—Sos observadora.

—Me lo dicen seguido.

—Entonces aprendé algo importante.

—¿Qué?

—No todo lo que ves significa lo que pensás.

Aquella frase se me quedó grabada.

Al mediodía fui al almacén.

La misma mujer que había conocido el día anterior estaba detrás del mostrador.

—Buenos días.

—Buenos días.

Me reconoció.

—La nueva.

—Parece que ya tengo nombre oficial.

Se rio.

—Acá todos tienen uno.

—¿Y cuál es el mío?

—Todavía no sé.

Me quedé mirándola.

—¿Eso es bueno o malo?

—Depende.

Sonrió.

—Soy Elena.

—Mucho gusto, Elena.

Mientras buscaba algunas cosas, entraron dos hombres hablando.

No les presté demasiada atención.

Hasta que uno de ellos mencionó un nombre.

—Tomás dijo que...

Me giré sin querer.

El hombre me vio.

—¿Qué?

—Nada.

Continué buscando.

Pero escuché la conversación.

Hablaban de una reunión que se realizaría esa noche.

Algo relacionado con el trabajo.

No parecía importante.

Sin embargo, había algo extraño.

Uno de los hombres evitaba mirar al otro.

El otro hablaba demasiado.

Era una observación insignificante.

Probablemente lo era.

Pagué y salí.

Por la tarde me senté en la galeria de mi casa con un libro.

Intenté leer.

No pude.

Mi cabeza volvía una y otra vez a las pequeñas cosas que había visto durante el día.

La tabla rota.

La reacción de Ernesto.

La conversación en el almacén.

La fotografía.

Tomás.

Me reí de mí misma.

—Llevás dos días acá y ya estás inventando misterios.

Cerré el libro.

Tenía razón.

No había nada.

Solo estaba acostumbrada a observar demasiado.

El sol comenzó a bajar.

El cielo adquirió un tono anaranjado.

Me levanté para entrar.

Entonces escuché un sonido.

Un motor.

Miré hacia la calle.

Un auto oscuro pasó lentamente frente a mi casa.

No pude ver al conductor.

El vehículo continuó hasta perderse entre los árboles.

Me quedé mirando el lugar por donde había desaparecido.

Algo me llamó la atención.

El auto no tenía patente delantera.

O al menos yo no la había visto.

Entré.

Cerré la puerta.

Esta vez no intenté convencerme de que no era nada.

Porque había algo que comenzaba a incomodarme.

No sabía qué.

Pero lo sentía.

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Esa misma noche, a varios kilómetros del pueblo, alguien caminaba entre los árboles.

Llevaba una linterna.




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