Aquella noche dejé todas las luces encendidas. No porque tuviera miedo... o al menos eso intentaba convencerme a mí misma. La verdad era que la sensación sorda de estar siendo vigilada empezaba a calarme los huesos.
Cerré las cortinas y revisé dos veces los cerrojos de las ventanas. Después dejé la fotografía sobre la mesa del comedor. El hombre desconocido continuaba devolviéndome la mirada desde el papel envejecido; había en sus rasgos una familiaridad esquiva, como cuando un recuerdo está a punto de salir a la superficie pero no termina de encajar.
Saqué mi cuaderno y volví a trazar el mapa de nombres:
Tomás. Lucas. Daniel. El hombre de la foto. Las desapariciones. Las cartas.
En el centro encuadré la misma pregunta punzante: ¿Qué descubrió Tomás?
Recordé la frase que el muchacho había escrito en sus redes sociales meses atrás: «A veces descubrir la verdad no significa que quieras conocerla». Quizás no se refería a una ruptura amorosa ni a un secreto de Lucas. Quizás hablaba de un descubrimiento real, físico.
Tomé el teléfono y volví a repasar su perfil. Entre sus publicaciones antiguas me detuve en un retrato casual donde Tomás aparecía sentado frente a una pared repleta de fotografías pequeñas: rostros, paisajes, calles. Amplié la imagen al máximo. En la esquina inferior, sumida en una sombra difusa, se adivinaba la forma de un tablero o un registro detallado de personas.
Guardé la captura. Podía estar imaginando cosas, pero mi instinto me decía que no.
A la mañana siguiente fui a ver a Lucas. Necesitaba encararlo antes de que las dudas me paralizaran.
Golpeé la puerta y esta vez abrió de inmediato. Parecía sorprendido de encontrarme en su umbral.
—¿Qué querés?
—Hablar.
—Ya hablamos ayer.
—Necesito hacerte una última pregunta.
Soltó un largo suspiro de cansancio y se hizo a un lado.
—Pasá.
El interior estaba aún más desordenado que el día anterior: ropa acumulada sobre una silla y un par de vasos sucios en la mesa. Sin embargo, un portarretrato sobre la repisa captó mi atención: Tomás y Lucas, abrazados, sonriendo con una espontaneidad que me apretó el pecho.
Me acerqué a observarlo.
—¿Cuánto tiempo estuvieron juntos?
—Cuatro años —respondió Lucas con la voz quebrada.
—¿Eran felices?
Dejó escapar una risa corta y amarga.
—La mayor parte del tiempo.
—¿Discutían mucho?
—Como cualquier pareja.
—¿Y últimamente?
El silencio cayó pesado entre los dos.
—Lucas... —insistí en voz baja.
—Tomás quería terminar conmigo —confesó al fin, clavando los ojos en el suelo—. Decía que necesitaba alejarse.
—¿Alejarse de vos?
—No. Del pueblo. De todos.
—¿Te dijo si tenía miedo?
Un escalofrío me corrió por la espalda al ver cómo Lucas asentía despacio.
—Sí. Tenía miedo.
—¿De quién?
—Nunca quiso nombrarlo.
—Pero discutieron esa noche por eso.
—Sí. Y después me fui.
—¿A qué hora?
—Cerca de las once. Te lo dije ayer.
—¿Fuiste directo a tu casa? ¿Alguien puede confirmarlo?
Esquivó la mirada.
—No. Estaba solo.
Lo observé fijamente. Era transparente la culpa que cargaba, pero también era claro que callaba información crucial.
—¿Qué pasó realmente esa noche, Lucas?
Levantó la vista, desbordado.
—Tomás me dijo que había encontrado un lugar... Un sitio en el bosque. Me dijo que había algo que tenía que mostrarme con urgencia, pero nos pusimos a pelear y nunca llegó a llevarme.
El corazón me dio un vuelco.
—¿Qué más te dijo?
Se pasó ambas manos por la cara con gesto desgarrador.
—Que había estado siguiendo a alguien. A escondidas.
—¿A quién?
—¡No me lo dijo, Ciara!
—¿Por qué no le contaste esto a la policía?
—Se los dije —aseguró—. Les dije la verdad. Toda la verdad que conozco.
No sabía si creerle del todo, pero necesitaba un dato más
—¿Dónde está la computadora de Tomás?
Lucas tensó la mandíbula y apartó la vista.
—No sé. La policía tiene su teléfono, pero la computadora no estaba en su casa.
—Sí sabés dónde está.
—¡No sé nada!
Decidí no presionar más por ese lado.
—Está bien —dije, dirigiéndome hacia la salida. Antes de tocar el picaporte, me detuve—. Una última cosa... ¿conocés a este hombre?
Saqué la fotografía de mi bolso y se la mostré.
El rostro de Lucas perdió el color al instante. Fue un parpadeo de pánico absoluto, tan nítido que me erizó la piel.
—No —balbuceó.
—¿Seguro? Te pusiste pálido.
Me miró fijamente, respirando con dificultad.
—Porque no deberías tener esa foto, Ciara.
—¿Por qué?
—Porque esa imagen no estaba en los archivos de Tomás.
—¿Entonces de dónde salió?
Se me acercó un paso, bajando la voz al mínimo
—Guardala y no se la enseñes a nadie más. Si alguien se entera de que la tenés, vas a estar en un problema gravísimo.
Salí de la casa sin decir más y regresé a paso rápido.
Ya no me cabían dudas: Lucas sabía perfectamente quién era el hombre de la foto. Pero lo que me congeló la sangre fue darme cuenta de que la imagen no había sido extraída de los recuerdos de la víctima. Alguien la había sacado de un archivo distinto para hacérmela llegar a mí.
Llegué a mi casa y giré la llave. Al cruzar el umbral, una extraña opresión me detuvo en seco.
Había algo descolocado en la atmósfera de la sala. A simple vista, el mobiliario, los libros y la cocina permanecían intactos. Caminé despacio hacia el centro del salón hasta que los ojos se me clavaron en la mesa del comedor.
La caja de madera de mi abuela estaba abierta.
El aire se me congeló en los pulmones. Yo la había dejado cerrada.
Me acerqué a tientas. Dentro descansaban los viejos recuerdos familiares: encajes, algunas cartas antiguas y retratos antiguos. Aparentemente no faltaba nada. Sin embargo, reposando justo sobre la tapa interior, había una fotografía que no pertenecía a mi familia.
Editado: 15.10.2026