La mañana comenzó demasiado tranquila. Quizás por eso, cuando el sonido seco de unos golpes retumbó en la entrada, me sobresalté en la cama.
Permanecí inmóvil unos segundos con los ojos abiertos, oyendo cómo los latidos se me aceleraban en los oídos. Tres golpes más, firmes y espaciados. Me levanté a toda prisa y, todavía aturdida por el sueño, me acerqué a la puerta.
—¿Quién es?
—Ernesto.
Giré el picaporte. Estaba parado en el porche, recortado contra la luz matutina. Pero algo en su rostro había cambiado por completo: la serenidad pausada que le había visto dos días atrás había desaparecido, reemplazada por una tirantez sombría.
—¿Qué pasó?
No respondió de inmediato. Miró hacia la calle antes de clavar sus ojos en los míos.
—Encontraron un cuerpo.
Un escalofrío helado me corrió por la espalda.
—¿Qué?
—Un muchacho del pueblo.
—¿Quién? —pregunté, sintiendo que la presión en el pecho aumentaba.
Ernesto bajó la mirada, densa y pesada.
—Tomás.
El silencio que siguió fue absoluto. Por un instante me vino a la memoria la fotografía del café: el chico en el centro de la imagen, su sonrisa amplia, la mano apoyada sobre el hombro de su amigo.
—¿Dónde lo encontraron?
Ernesto vaciló antes de contestar:
—Cerca del camino viejo.
—¿Está... muerto?
Me miró fijamente. No hizo falta que dijera nada. Sentí cómo un nudo se me cerraba en el estómago.
—Dios mío...
—No tenés nada que ir a hacer allá, Ciara —dijo con una firmeza repentina.
La brusquedad de su tono me obligó a levantar los ojos.
—No pensaba hacerlo.
Mentí. Porque la idea ya se había instalado en mi mente. Tomás era un desconocido para mí, alguien a quien solo había visto inmortalizado en un papel fotográfico; no me unía a él ningún lazo. Y, sin embargo, una inquietud punzante empezaba a atenazarme.
—¿La policía está ahí?
—Sí, cortaron el paso.
—Entonces investigarám lo que pasó.
Ernesto asintió, aunque sin convicción.
—Eso harán. —Se quedó un segundo más en el umbral, observándome con detenimiento—. Ciara...
—¿Sí?
—No te metas.
Lo sostuve la mirada.
—No pensaba hacerlo.
Mantuvo el contacto visual unos instantes más antes de dar media vuelta y marcharse. Cerré la puerta y me apoyé contra la madera. ¿Por qué aquella advertencia me había resultado tan extemporánea y desacomodada? «No te metas». Quizás solo intentaba ahorrarme un mal momento... o quizás había algo más.
Fui a la cocina y serví una taza de café. Intenté retomar mi mañana con normalidad, pero fui incapaz de dar un solo sorbo. La taza permaneció enfriándose sobre la mesa mientras la mente me giraba en espiral.
Finalmente me vestí, tomé las llaves del auto y salí. Me repetí una y otra vez que solo iba al centro a hacer unas compras básicas, intentando convencerme de que no me guiaba la morbosidad ni la curiosidad.
Al llegar al pueblo, el ambiente era irreal. Había más gente de la habitual agrupada en las esquinas y en la plaza central. La noticia se había propagado como un reguero de pólvora. Los vecinos hablaban en murmullos sofocados; algunos lloraban, otros simplemente contemplaban el vacío con estupor.
Entré al café. Mara estaba detrás de la barra con los ojos hinchados y enrojecidos.
—Mara...
Me miró al escuchar mi voz.
—Ya te enteraste, ¿no?
—Sí —asentí despacio, sin saber muy bien qué consuelo ofrecer—. Lo siento mucho.
Ella apoyó las manos temblorosas sobre el mostrador.
—Era un buen chico...
Recordé nuestra charla del día anterior, la imagen en la pared y su propia frase flotando en el aire: «Algunas personas no son exactamente lo que aparentan».
—¿Eras muy cercana a él?
—Todos éramos cercanos a Tomás —respondió con una rapidez que sonó casi ensayada.
—¿Tenía enemigos?
Mara levantó la vista de golpe, tensando la postura.
—¿Por qué preguntás eso?
—No lo sé, yo...
—Ciara... —me interrumpió con voz cortante.
—Tenés razón, no debería estar haciendo estas preguntas. Perdón.
Me giré para marcharme, pero antes de alcanzar la salida, su voz me detuvo:
—No creo que haya sido un accidente.
Me frené en seco y me di vuelta despacio.
—¿Qué querés decir?
Mara miró de reojo hacia los ventanales. Afuera, varios vecinos conversaban. Bajó el tono hasta convertirlo en un susurro áspero:
—Tomás tenía miedo.
El estómago se me volvió a contraer.
—¿De qué? ¿De quién?
—No lo sé.
—¿Cuándo notaste eso?
—Hace solo unos días. Me preguntó si alguna vez había sentido que alguien me seguía.
—¿Y qué le dijiste?
—Que estaba paranoico... que se estaba imaginando cosas —dijo, dejando caer los hombros con culpabilidad—. Quizás me equivoqué.
Salí al aire frío de la plaza. La concentración de vecinos aumentaba a medida que avanzaba la mañana. A lo lejos, cerca del acceso al sendero arbolado, se divisaban los destellos de las luces de los patrulleros.
Frente a la parroquia, una mujer permanecía erguida y completamente inmóvil. No lloraba ni hablaba con nadie. Reconocí sus facciones de inmediato: era la madre de Tomás, tal como aparecía en las fotos familiares del local. Lo que me erizó la piel fue su actitud: estaba rígida, distante, casi ausente, como si estuviese aguardando un desenlace previsto.
Entonces, un hombre se le acercó y le susurró algo al oído. En ese preciso instante, como si se hubiera activado un resorte, la mujer rompió en un llanto desgarrador. La transición fue tan violenta y calculada que me dejó desconcertada. Un segundo antes reflejaba una frialdad impenetrable; al siguiente, una devastación absoluta.
Me sentí una intrusa por haber registrado el detalle y aparté los ojos.
Caminé de regreso al auto. Justo antes de abrir la puerta, un destello en la tierra junto al cordón me llamó la atención. Me agaché a mirar: una pequeña mancha oscura y viscosa se secaba sobre el suelo. No era barro. Parecía sangre.
Editado: 15.10.2026