No dormí. La fotografía permaneció sobre la mesa durante toda la noche. La examiné tantas veces que terminé memorizando cada ángulo, cada sombra y cada rasgo: Tomás, el hombre desconocido, un fondo que no lograba ubicar y una fecha garabateada en una esquina: dos años atrás.
Tomé una lupa e inspeccioné la superficie buscando un detalle oculto, pero no hallé nada nuevo. Amplié el rostro del sujeto. No lo conocía de nada. Sin embargo, había algo en la curvatura de su mandíbula que me resultaba inquietantemente familiar.
A la mañana siguiente guardé la foto en el bolso. No planeaba mostrársela a medio pueblo; solo necesitaba una persona que pudiera identificar al acompañante de Tomás.
Pensé en Mara. Ella lo conocía bien. Quizás supiera quién era el hombre.
Llegué al café a primera hora. Mara acondicionaba los manteles para la apertura.
—Necesito preguntarte algo —dije al acercarme a la barra.
Se giró con un leve suspiro.
—A este paso, tus preguntas me van a empezar a dar miedo.
Saqué la fotografía y la dejé sobre la barra. Su rostro se descompuso al instante. El color se le fue de las mejillas y no dijo una sola palabra.
—¿Lo conocés?
Mara tomó el papel con dedos temblorosos. Lo observó detenidamente y luego alzó la cabeza.
—¿Dónde conseguiste esto?
—No importa.
—Sí que importa, Ciara.
—¿Quién es?
Volvió a clavar la vista en la imagen.
—No lo sé.
La respuesta salió demasiado rápida, ensayada, casi mecánica. La sostuve la mirada.
—Estás mintiendo.
—¿Qué? —reaccionó con brusquedad.
—No sabés mentir, Mara.
—Vos ni me conocés.
—No hace falta conocerte para leer tu lenguaje corporal —señalé el papel sobre la madera—. Cuando te pregunté si lo reconocías, lo primero que hiciste fue mirar hacia la puerta de entrada.
Mara se quedó petrificada.
—Después miraste la foto —continué—. Y recién entonces dijiste que no.
Dejó caer la imagen sobre la barra con desconcierto.
—No quiero problemas, Ciara.
—Yo tampoco.
—Entonces olvidate de esto. Metete en tus cosas.
—No puedo.
—¿Por qué?
—Porque alguien está usando estas fotos para obligarme a investigar.
Mara me miró fijamente, aterrada.
—¿Quién?
—No lo sé todavía.
Bajó la voz hasta convertirla en un murmullo imperceptible:
—Entonces tené cuidado. Con todos en este pueblo.
Salí al aire frío de la mañana con más dudas que certeza. Guardé la imagen en el bolso y caminé hacia la plaza.
A lo lejos divisé a Daniel conversando con un agente de policía. No parecía una charla cordial; la postura de ambos era rígida y distante. Me detuve a una distancia prudencial. El policía hizo un gesto tajante; Daniel negó con la cabeza y le dio la espalda.
Al pasar junto a mí, cruzamos miradas.
—Ciara.
—Daniel.
—¿Qué hacés tan temprano por acá?
—Caminando un poco.
—Siempre estás caminando —comentó con un matiz seco.
—Me ayuda a pensar.
Sonrió con ligereza, pero sus ojos descendieron por un segundo exacto hacia mi bolso. Un microgesto de alerta.
—¿Qué llevás ahí?
—Mis cosas —respondí, acomodando la correa sobre el hombro.
—Claro.
Siguió de largo sin agregar nada. Lo observé alejarse y saqué nuevamente el papel.
Volví a mirar la cara del desconocido que posaba junto a Tomás. Y de pronto, la memoria hizo un chasquido sordo. Comprendí de dónde me resultaba familiar.
No lo había visto caminando por las calles. Lo había visto en un retrato. En la fotografía grupal colgada en la pared del café: los jóvenes del pueblo posando años atrás. Tomás, Daniel y otros muchachos. Este hombre estaba ahí, en el margen izquierdo. Mucho más joven, casi un adolescente, pero con la misma sombra fija en la mirada.
El corazón empezó a latirme con fuerza. No sabía su nombre, pero la certeza era clara: este sujeto había pertenecido al grupo de Tomás y Daniel.
Por la tarde fui a la comisaría. No tenía intención de denunciar las cartas; solo quería sondear el terreno sobre las personas desaparecidas.
Aguardé en la recepción hasta que me atendió un oficial alto, de unos cuarenta años, con aire hastiado.
—¿Sí? ¿En qué te puedo ayudar?
—Quería hacer una consulta sobre los registros del pueblo.
—¿Sobre qué tema?
—Las personas desaparecidas en los últimos años.
La apatía de su rostro desapareció en un segundo.
—¿Por qué te interesa eso?
—Estoy intentando entender algunas cosas de la historia local.
—¿Sos periodista?
—No.
—Entonces no entiendo a qué viene la inquietud.
—Llamémoslo curiosidad.
El oficial se apoyó contra el mostrador y me examinó con frialdad.
—La curiosidad en este pueblo te puede meter en problemas serios, muchacha.
Otra vez la maldita advertencia. Parecía que todos los habitantes compartían la misma libreta de instrucciones.
—Solo quería saber si la policía encontró alguna conexión entre esos tres casos.
—Ninguna —respondió tajante—. Eran eventos aislados.
—¿Nunca aparecieron los cuerpos?
—No.
—¿Ninguno de los tres?
—Ninguno.
—Entonces... ¿cómo afirman con tanta seguridad que están muertos y no simplemente huidos?
El policía me sostuvo la mirada en silencio durante varios segundos. No respondió. Y esa negativa hablo más que cualquier informe policial.
—Gracias por su tiempo —dije, y me retiré.
Al cruzar la puerta de la comisaría, una punzada en la nuca me alertó: me estaban observando.
Giré disimuladamente la cabeza, pero la vereda estaba despejada. Mantuve el paso y doblé en la primera esquina hacia una calle menos concurrida.
Escuché pisadas detrás de mí. Pasos a ritmo acompasado sobre la grava.
Me detuve de golpe. Las pisadas cesaron al instante.
Me di vuelta. A unos veinte metros, una figura masculina permanecía erguida en la penumbra de los árboles. La luz de la tarde no me permitía distinguir sus rasgos. Cuando di un paso firme hacia su dirección, el sujeto giró sobre sus talones y se adentró a paso rápido por la bocacalle.
Editado: 15.10.2026