Aquí yace quien en vida fue odiado

La hora exacta

La fotografía permaneció sobre mi mesa durante toda la noche. No podía quitármela de la cabeza: la cruz gastada, las piedras apiladas, la fecha antigua, las miradas rígidas de la madre de Tomás y de Daniel, y aquella frase ominosa garabateada en el reverso.

Eran demasiadas incógnitas. Pero una en particular me resultaba molesta: Lucas. Había mentido en nuestra conversación previa, de eso no tenía dudas. Sin embargo, mentir o guardar silencio no significaba automáticamente ser un asesino.

Decidí volver a encararlo. Esta vez no planeaba interrogarlo sobre su relación con Tomás, sino sobre la cronología exacta de esa última noche.

Cuando llegué a su casa, tardó varios minutos en atender.

—¿Otra vez vos? —dijo al abrir, con voz desgastada.

—Necesito aclarar un punto de la noche en que murió Tomás.

Su rostro se tensó.

—Ya te dije dónde estaba.

—Dijiste que te fuiste a tu casa cerca de las once.

—Sí.

—¿Seguro?

Lucas soltó un largo suspiro.

—Ciara, yo no lo maté.

—No afirmé que lo hubieras hecho.

—Pero es lo que estás pensando.

Guardé silencio. Él abrió la puerta del todo y se hizo a un lado.

—Entrá.

Esta vez no busqué asiento. Se quedó parado junto a la ventana, observando el jardín sin ver nada.

—Después de discutir con Tomás, salí de su casa a eso de las diez y cuarenta.

—¿Y fuiste directo a tu casa?

—No.

Lo miré con atención.

—¿Por qué no me dijiste eso desde el principio?

—Porque no quería que nadie en el pueblo se enterara.

—¿A dónde fuiste?

—A la estación de servicio. Necesitaba comprar cigarrillos.

—¿A qué hora?

—No sé exactamente. Las once menos cuarto, quizás un poco después.

—¿Cuánto tiempo estuviste ahí?

—Unos veinte minutos. Y recién después me vine a casa. Solo.

—¿Hay alguna forma de probarlo?

Lucas asentí despacio.

—Pagué con tarjeta.

Me quedé inmóvil.

—¿Tenés el comprobante?

Buscó en una caja de cartón sobre el mueble hasta dar con su billetera. Sacó un papel térmico arrugado y me lo entregó. La hora impresa en la parte inferior era clara: 22:57.

—¿La estación queda lejos?

—¿La estación queda lejos?

—A cinco minutos en auto.

—Llegaste rozando las once. ¿Y después fuiste directo a tu casa?

—Sí. Llegué a eso de las once y veinte.

Pensé rápidamente. La muerte de Tomás se situaba en algún punto de esa franja o posterior, pero necesitábamos precisión.

—¿La estación tiene cámaras de seguridad?

Lucas levantó la vista.

—Sí.

—Entonces podemos verificarlo ahora mismo.

Pareció molesto por mi desconfianza, pero terminó asentiendo.

—Está bien. Vamos.

La estación de servicio se encontraba a pocos minutos sobre la ruta de acceso. Al entrar, el playero detrás del mostrador reconoció a Lucas al instante.

—Hola, Lucas.

—Hola, Miguel. —Señaló hacia mí—. Ella es Ciara.

El hombre me examinó con curiosidad.

—La nueva.

—Veo que la noticia de mi llegada voló rápido —comenté con una sonrisa neutra.

—En este pueblo no aparece gente de afuera todos los días.

Lucas apoyó las manos sobre el mostrador, yendo al grano:

—Miguel, ¿te acordás de que estuve acá la noche que murió Tomás?

El rostro del empleado se volvió sombrío.

—Sí, claro. Estabas acá.

Sentí que una pieza suelta empezaba a encajar.

—¿A qué hora exactamente? —pregunté.

Miguel señaló la computadora de la oficina.

—El sistema guarda todo el registro.

Aguardamos mientras revisaba el archivo digital. La pantalla mostró la toma de la cámara exterior: un auto entró a la playa de maniobras, Lucas descendió, echó un vistazo tenso a su alrededor e ingresó al local. El reloj en la esquina del video marcaba las 22:58.

Luego, la cámara interior lo captó comprando los cigarrillos y cruzando unas palabras con Miguel. A las 23:16, la cámara de la salida mostró su vehículo alejándose.

No había margen de duda: Lucas había estado allí en ese lapso.

—¿Y después de irse? —inquirí.

—Se fue a su casa —afirmó Miguel—. Lo vi pasar con el auto frente a mi ventana unos minutos más tarde, cuando salí a cerrar el portón.

Lucas me miró.

—¿Viste que no te mentía?

Asentí, pero un cabo suelto seguía incomodándome.

—¿Por qué ocultaste este detalle?

Lucas bajó la mirada, avergonzado.

—Porque esa noche me peleé feo con Tomás y sabía que todos me iban a señalar como el culpable si decía que estuve dando vueltas. Y además... no quería que supieran que después de la discusión me tomé dos cervezas antes de volver. No quería que mi familia se enterara de que había vuelto a tomar.

La explicación encajaba. No había escondido una coartada criminal, sino una recaída personal motivada por la vergüenza.

Al salir a la playa de estacionamiento, Lucas caminó a mi lado.

—¿Ahora me creés?

—Creo que no mataste a Tomás —admití—. Pero sigo pensando que sabés algo más.

Se detuvo en seco.

—Sí.

—¿Qué cosa, Lucas?

Miró en dirección a los pinos que bordeaban la ruta.

—Tomás estaba siguiendo a alguien. La noche que discutimos me dijo que había encontrado un lugar en el bosque... que había visto algo que no debía.

—¿Qué vio?

—No quiso decírmelo. Pero me mandó esto.

Sacó el teléfono y me mostró una foto guardada en la galería: un sendero angosto que se adentraba en la maleza tupida, iluminado apenas por la linterna del celular.

—¿Cuándo te mandó esto?

Lucas revisó los detalles del archivo.

—La misma noche que murió. A las 22:31.

Un frío helado me recorrió la espalda. Las piezas de la cronología se ordenaron en mi cabeza:

  • 22:31: Tomás envía la foto desde el bosque. Sigue vivo.

  • 22:40: Lucas discute con él y se marcha.




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