No dormí bien esa noche. Cada vez que lograba cerrar los ojos, la imagen de la plaza volvía a proyectarse en mi mente: la rigidez inicial de la madre de Tomás, la mirada evasiva de Mara, la mancha viscosa en el suelo y aquel auto oscuro perdiéndose en el camino.
Me levanté mucho antes del amanecer. Tenía atragantada esa sensación incómoda que aparece cuando las piezas no encajan, aunque todavía no sepas exactamente qué figura están formando.
Preparé café y me senté junto a la ventana. Afuera, el pueblo parecía profundamente dormido. Abrí un libreta y empecé a escribir. Necesitaba volcar las ideas para verlas de frente.
Tomás.
Debajo agregué dos preguntas sencillas y punzantes:
¿Quién lo mató? ¿Por qué?
No tenía respuestas, solo un puñado de dudas. Y siempre había odiado las cosas que carecen de explicación lógica.
Recordé lo que Mara me había confesado en la cafetería sobre la paranoia reciente de Tomás y lo anoté: Sentía que alguien lo seguía. Luego sumé la advertencia tajante de Ernesto: «No te metas».
Observé el papel durante un largo minuto. Llevaba apenas unos días en el lugar y el inventario de anomalías ya era demasiado extenso.
El sonido tenue de un motor me hizo levantar la cabeza. A través del cristal vi un patrullero detenerse frente a la casa de Ernesto. Dos policías descendieron y aguardaron a que él saliera al porche. Conversaron en voz baja durante unos minutos hasta que uno de los agentes levantó la mano y señaló directamente hacia mi propiedad.
Un sobresalto me recorrió el pecho. ¿Me habían visto merodear ayer cerca de la plaza?
Me aparté despacio de la ventana. No había cometido ningún delito, pero tampoco quería llamar la atención ni que nadie en la fuerza policial interpretara mi curiosidad como una intromisión. Guardé la hoja en el cajón y me obligué a mantener la calma.
A media mañana salí hacia el almacén. Las calles lucían distintas: la gente conversaba en voz muy baja, detenía el murmullo al ver pasar a un desconocido y mantenía esa actitud desconfiada típica de los lugares pequeños cuando ocurre una tragedia.
Adentro, Elena acomodaba cajas sobre un estante.
—Buenos días —la saludé.
Se giró despacio y me examinó el rostro.
—Buenos días... ¿Dormiste algo?
—Poco.
—Nadie durmió mucho anoche por acá.
Continué seleccionando un par de productos antes de soltar la pregunta:
—¿Conocías bien a Tomás?
Elena detuvo sus manos en el aire.
—Sí.
—¿Era un buen chico?
Esta vez no me respondió de inmediato. Se tomó un instante, midiendo sus palabras.
—Era un chico.
—Eso no responde del todo mi pregunta.
Soltó un leve suspiro.
—Tomás nunca le hizo daño a nadie.
Me quedé procesando su matiz. No había dicho que fuera una buena persona o un vecino ejemplar; había utilizado una fórmula distinta: nunca le hizo daño a nadie.
—¿Tenía problemas con alguien en el pueblo?
Elena bajó la voz y se inclinó apenas hacia adelante.
—No deberías preguntar tanto, Ciara.
—¿Por qué?
—Porque este pueblo es chico.
—Precisamente por eso pregunto.
Negó con la cabeza, visiblemente incómoda.
—Hay cosas que es mejor dejar tranquilas.
Otra vez. La misma advertencia expresada con distintas palabras. Primero Ernesto, ahora Elena. Todo el mundo parecía custodiar un secreto que a mí se me escapaba.
Al salir, caminé sin rumbo fijo para despejar la cabeza. Pasé frente a la parroquia, donde sobre las escalinatas de entrada se acumulaban ramilletes de flores frescas y velas encendidas. En el centro del altar improvisado descansaba una foto de Tomás: la misma sonrisa abierta que había visto en la pared del café.
Me quedé contemplándola hasta que una voz a mis espaldas me sobresaltó:
—Era mi hermano.
Giré sobre mis talones. Un hombre estaba parado a escasa distancia; no lo había oído acercarse. Era unos años mayor que Tomás, de cabello oscuro, rasgos duros y una expresión indescifrable.
—Lo siento mucho —dije, tratando de sonar respetuosa.
—Gracias —murmuró con la vista clavada en la foto—. No debería haber muerto así.
—¿Eras cercano a él?
Me miró fijamente.
—Era mi hermano —reiteró, como si la obviedad de la sangre lo explicara todo.
Sentí una extraña desconexión. No recordaba haber visto a este muchacho en las fotografías grupales de la cafetería.
—Soy Daniel.
—Ciara.
—Sé quién sos —dijo con una sombra de sonrisa que no alcanzó a iluminarle los ojos—. El pueblo habla. La nueva.
—Sí.
Hubo un silencio tenso entre los dos.
—¿Saben algo de lo que pasó? —inquirí.
Su gesto se endureció.
—No. La policía está investigando.
—¿Tomás te comentó si sentía miedo de alguien últimamente?
Daniel dio un paso hacia mí, visiblemente alterado por la pregunta.
—¿Quién te dijo eso?
—Un vecino.
—¿Quién?
Mantuve el silencio. Él apretó los dientes.
—Ciara, mi hermano no tenía problemas con nadie en este lugar.
—No dije que los tuviera.
—Entonces no busques roña donde no la hay.
La frase de Ernesto. La frase de Elena.
—Solo era una pregunta.
—Y yo te estoy dando la respuesta.
Se dio media vuelta y caminó a paso rápido hacia la plaza. Lo observé alejarse. Había algo profundamente descolocado en su actitud: la rabia contenida sustituía al duelo. Y mientras hablaba conmigo, noté que mantenía ambas manos dentro de los bolsillos de la campera, pero la tela del lado derecho no dejaba de temblar.
Dejé las compras sobre la mesa de la cocina al regresar. La imagen de Daniel no se me borraba de la cabeza.
Fui al cajón, saqué mi hoja de notas y anoté debajo del nombre de Tomás:
Daniel — Hermano.
No era una prueba ni una acusación formal, pero la reacción defensiva del hermano me había dejado un sabor amargo.
Editado: 15.10.2026