La casa era más grande de lo que parecía en las fotografías.
Estacioné frente a la entrada y durante unos segundos me quedé dentro del auto, mirando a través del parabrisas.
No había nadie.
Ni un vecino curioso asomándose por la ventana.
Ni autos pasando.
Ni siquiera se escuchaban voces.
Solo el sonido del viento moviendo las hojas de los árboles.
Era extraño.
Y, al mismo tiempo, exactamente lo que estaba buscando.
Bajé del auto y abrí el baúl.
La primera valija pesaba más de lo que recordaba.
—Perfecto —murmuré mientras intentaba sacarla—. La próxima vez voy a aprender a viajar con menos cosas.
La valija cayó al suelo con un golpe seco.
Me quedé mirándola.
—Eso dolió más de lo que debería.
Una voz detrás de mí me hizo girar.
—¿Necesitás ayuda?
Un hombre estaba parado al otro lado de la calle.
Tendría unos cincuenta años.
Llevaba una camisa clara, pantalones gastados y un sombrero que parecía haber visto demasiados veranos.
—No, gracias. Puedo sola.
Él sonrió.
—Eso dicen todos.
Cruzó la calle antes de que pudiera protestar y tomó la valija.
—¿Esta es tu casa?
—Sí.
—Entonces sos la nueva.
Parecía que esa palabra era suficiente para identificarme.
—Supongo.
—Soy Ernesto.
Me extendió la mano.
—Ciara.
—Bienvenida.
Me devolvió la valija.
—Si necesitás algo, vivo dos casas más abajo.
Señaló una casa pequeña con una camioneta vieja estacionada delante.
—Gracias.
Ernesto miró hacia la casa.
—¿La alquilaste por mucho tiempo?
—Todavía no lo sé.
Asintió lentamente.
—Eso está bien.
No supe qué quiso decir.
Antes de marcharse, volvió a mirarme.
—Por cierto...
—¿Sí?
—Si vas a caminar de noche, llevá una linterna.
Fruncí el ceño.
—¿Por qué?
Ernesto miró hacia el camino que seguía detrás de mi casa.
—Hay zonas donde no hay buena iluminación.
—Está bien.
Sonrió.
—Nos vemos, Ciara.
Lo vi alejarse.
Esperé hasta que entró en su casa.
Después miré hacia donde había señalado.
El camino se perdía entre los árboles.
No parecía haber nada allí.
Aun así, la advertencia quedó dando vueltas en mi cabeza.
Entré.
La casa olía a madera vieja y a algo que no pude identificar.
Dejé las valijas en el dormitorio y comencé a abrir las ventanas.
La luz entró lentamente.
Había polvo sobre algunos muebles, pero nada demasiado grave.
Podía arreglarlo.
No tenía prisa.
Esa era precisamente la idea.
Por primera vez en mucho tiempo, podía hacer las cosas cuando quisiera.
Sin horarios.
Sin obligaciones.
Sin nadie diciéndome qué debía hacer.
Abrí una de las cajas.
Libros.
Otra.
Ropa.
La última contenía objetos que no había querido dejar atrás.
Saqué la caja de madera de mi abuela.
La coloqué sobre la mesa.
No la abrí.
Todavía no.
Me quedé observándola.
Había algo extraño en aquella caja.
No sabía explicar qué.
Quizás simplemente era nostalgia.
Me alejé.
Pasé el resto de la tarde ordenando.
Cuando terminé, decidí salir a conocer un poco el pueblo.
No quería encerrarme en la casa.
Tomé una campera y caminé hasta la plaza.
El pueblo era todavía más pequeño de lo que había imaginado.
Había niños jugando.
Dos hombres conversaban sentados en un banco.
Una mujer alimentaba a unas palomas.
Y frente a la iglesia había varias personas reunidas.
Seguí caminando.
Entonces vi la comisaría.
Era un edificio pequeño, de paredes claras.
Dos policías estaban afuera conversando.
Uno de ellos me miró.
No le di importancia.
Seguí caminando.
Llegué a un café que había visto desde el auto y entré.
No había demasiadas mesas ocupadas.
Me senté junto a una ventana.
Una mujer joven se acercó con una libreta.
—¿Sos nueva?
La miré.
—¿Tan evidente es?
Se rio.
—Un poco.
—¿Cómo?
—Acá nos conocemos todos.
Mire hacia la ventana.
Sonreí.
—Soy Ciara.
—Mara.
Escribió algo en la libreta.
—¿Qué te sirvo?
Pedí un café.
Mientras esperaba, observé el lugar.
No podía evitarlo.
Había fotografías antiguas colgadas en las paredes.
Algunas estaban amarillentas.
En una aparecía la plaza muchos años atrás.
En otra, un grupo de personas frente a la iglesia.
Había una tercera fotografía que llamó mi atención.
Era una fotografía de varios jóvenes.
Debía tener unos veinte años.
Reconocí a algunos porque se parecían a personas que había visto caminando por el pueblo.
Pero había un muchacho que no conocía.
Estaba parado en el centro.
Sonreía.
Tenía una mano sobre el hombro de otro chico.
Me quedé observándolo.
Algo en su expresión me resultó extraño.
No sabía por qué.
—¿Lo conocés?
La voz de Mara me hizo apartar la mirada.
—No.
Ella miró la fotografía.
—Él es Tomás.
—¿Vive acá?
Mara tardó un segundo en responder.
—Sí.
—¿Es de tu edad?
—Más o menos.
Volví a mirar la fotografía.
—Parece simpático.
Mara no respondió.
La miré.
—¿Qué?
—Nada.
Tomó la taza vacía de la mesa de al lado.
—Solo que algunas personas no son exactamente como parecen.
La frase me hizo mirar nuevamente la fotografía.
—¿Y él?
Mara levantó los hombros.
—No me corresponde decirlo.
Se alejó.
Me quedé mirando la fotografía unos segundos más.
Después tomé mi café.
No sabía quién era Tomás.
No sabía prácticamente nada de aquel pueblo.
Y, sinceramente, tampoco tenía intención de averiguarlo.