Narrado por Ciara
Durante los últimos meses había empezado a sentir que la ciudad me quedaba demasiado grande.
No era por las personas.
O quizás sí.
Había demasiadas.
Demasiados autos, demasiados ruidos, demasiadas conversaciones que se mezclaban unas con otras. Demasiadas caras que veía todos los días y que, aun así, parecían no decirme absolutamente nada.
Necesitaba alejarme.
No sabía exactamente de qué.
Solo sabía que necesitaba hacerlo.
Aquella mañana estaba sentada frente a mi escritorio, mirando la pantalla de la computadora sin leer realmente lo que tenía delante.
Había pasado los últimos veinte minutos con la misma página abierta.
Ni siquiera recordaba qué estaba leyendo.
Suspiré y miré por la ventana.
La ciudad seguía moviéndose como siempre.
Un colectivo pasó demasiado rápido.
Una mujer cruzó la calle hablando por teléfono.
Un hombre salió de una cafetería con un vaso en la mano.
Dos adolescentes discutían en la esquina.
Los observé durante unos segundos.
La chica llevaba una mochila negra.
El chico tenía una pequeña mancha de pintura blanca en la manga izquierda.
Ella hablaba rápido y movía mucho las manos.
Él apenas respondía.
No necesitaba conocerlos para notar esas cosas.
Siempre había sido así.
Desde niña.
Veía detalles que los demás parecían pasar por alto.
A veces podía recordar una conversación solamente porque había notado que alguien había cambiado de lugar un objeto mientras hablaba.
O recordar a una persona por un pequeño gesto.
Una forma de caminar.
Una cicatriz.
Un anillo.
La manera en que sostenía una taza.
Nunca lo había considerado un talento.
Más bien era una costumbre que no podía apagar.
Mi madre solía decirme que prestaba demasiada atención a todo.
Quizás tenía razón.
Tomé el teléfono y volví a mirar el mensaje que había recibido esa mañana.
"Si realmente querés hacerlo, el lugar sigue disponible."
Debajo estaba la dirección.
Un pequeño pueblo a varias horas de la ciudad.
Una casa.
Nada más.
Había visto las fotografías la noche anterior.
Era una casa sencilla, algo antigua, rodeada de árboles.
Tenía un pequeño jardín.
Una galería.
Y, detrás, lo que parecía ser un terreno bastante grande.
No era el lugar de mis sueños.
Pero tampoco buscaba eso.
Buscaba silencio.
Necesitaba silencio.
Abrí el cajón del escritorio y saqué una hoja.
Había escrito varias veces la misma pregunta:
¿Por qué me voy?
Debajo había escrito distintas respuestas.
Porque estoy cansada.
La taché.
Porque necesito empezar de nuevo.
También la taché.
Porque quiero estar sola.
La miré durante unos segundos.
Esa respuesta se quedó.
No sabía si quería estar sola o si simplemente necesitaba descubrir quién era cuando nadie estaba esperando nada de mí.
Doblé la hoja y la guardé.
Dos días después estaba metiendo mis últimas cosas en el auto.
No tenía demasiado equipaje.
Dos valijas.
Una mochila.
Una caja con libros.
Y una pequeña caja de madera que había pertenecido a mi abuela.
La miré antes de guardarla.
No sabía por qué la llevaba conmigo.
Tal vez porque era una de las pocas cosas que todavía me hacían sentir en casa.
Cerré el baúl.
Miré una última vez el edificio donde había vivido durante los últimos años.
No sentí tristeza.
Eso fue lo que más me sorprendió.
Sentí alivio.
Subí al auto y encendí el motor.
Antes de arrancar, miré mi teléfono.
No había mensajes.
Nadie me estaba esperando.
Nadie me estaba preguntando cuándo regresaría.
Por primera vez en mucho tiempo, aquello no me dolió.
Sonreí apenas.
—Bueno, Ciara —murmuré—. Vamos.
El viaje fue largo.
Durante las primeras horas la ciudad parecía perseguirme.
Edificios.
Semáforos.
Estaciones de servicio.
Camiones.
Después todo comenzó a desaparecer.
Los edificios dieron paso a campos.
Los campos a caminos más estrechos.
Y finalmente aparecieron los árboles.
El paisaje cambió lentamente hasta convertirse en algo completamente diferente.
Más tranquilo.
Más vacío.
Había momentos en los que podía pasar varios minutos sin cruzarme con otro vehículo.
Eso me gustó.
Mucho más de lo que esperaba.
Cuando finalmente vi el cartel que anunciaba la entrada al pueblo, disminuí la velocidad.
Era un cartel viejo.
La pintura estaba descascarada y una de las letras parecía haber sido reparada hacía poco.
Lo observé mientras pasaba.
Bienvenidos.
Nada más.
No había un nombre debajo.
Me pareció extraño.
Continué conduciendo.
El pueblo era pequeño.
Una calle principal.
Algunas casas.
Un almacén.
Una iglesia.
Una plaza.
Una estación de servicio.
Y, al fondo, un edificio que supuse que debía ser la comisaría.
Estacioné frente a un pequeño almacén para comprar algunas cosas.
Cuando bajé del auto, una mujer que estaba barriendo la vereda levantó la mirada.
Me observó.
Después miró mi auto.
Volvió a mirarme.
—¿Sos nueva?
Sonreí.
—Sí.
La mujer apoyó las manos sobre la escoba.
—¿Te vas a quedar?
La pregunta me hizo gracia.
—Eso espero.
Ella no sonrió.
—Acá la gente viene buscando tranquilidad.
Miró hacia la calle.
—Y después descubre que el pueblo tiene sus propios problemas.
No supe qué responder.
La mujer volvió a barrer.
Como si la conversación hubiera terminado.