No pude concentrarme durante el resto del día. La hoja de libreta continuaba sobre la mesa, con la frase mirándome de frente: No hagas preguntas sobre Tomás.
Podía tirarla a la basura. Podía fingir que jamás la había leído y dedicarme a lo que originalmente había venido a buscar a este pueblo: una vida apacible y anónima. Pero había un problema insalvable: nunca había sabido dejar un dilema sin resolver.
Abrí el cajón y desplegué mis notas sobre la madera.
Lucas. Daniel. Ernesto. Mara.
Cada nombre orbitaba de una u otra forma alrededor de la figura de Tomás. El punto era entender cómo se entrelazaban.
Tomé la computadora e ingresé su nombre en los buscadores. No apareció demasiado: un par de fotos etiquetadas, su perfil en redes sociales y algunas publicaciones antiguas. Nada fuera de la norma para un muchacho de su edad. Había imágenes con amigos, postales con Lucas y retratos familiares. Una toma frente a un lago; otra en la plaza; una tercera posando junto a su hermano Daniel.
Me detuve en esa última. Tomás sonreía con naturalidad. Daniel estaba a su lado, sosteniendo la mirada a la cámara. La foto tenía un par de años, y Daniel vestía una remera de manga corta que dejaba su brazo izquierdo al descubierto: ni una sola marca, la piel limpia.
Amplié la imagen. Nada.
Suspiré. Probablemente no signifique nada, me dije, registrando mentalmente el dato para después.
Continué revisando el perfil hasta dar con un estado publicado por Tomás casi un año atrás. Una sola frase:
«A veces descubrir la verdad no significa que quieras conocerla.»
Sin comentarios ni reacciones. La fecha marcaba casi doce meses de antigüedad. Exploré los días posteriores a esa publicación y noté que, durante la semana siguiente, había eliminado de golpe decenas de fotos y entradas.
Guardé una captura de pantalla. Algo me decía que aquella reflexión no había sido escrita al azar.
A la mañana siguiente volví al café. Mara estaba sola, limpiando las mesas del salón.
—Volviste —dijo al verme entrar.
—Sí.
—¿Encontraste algo de lo que buscabas?
—Todavía no estoy segura de qué estoy buscando.
Me senté junto al ventanal. Mara me sirvió una taza de café recién tirado antes de bajar la voz:
—Lucas vino ayer.
Levanté la cabeza de inmediato.
—¿Acá? ¿A qué hora?
—Por la tarde. Se sentó en esa mesa de la esquina durante media hora sin pedir nada. Solo miraba obsesivamente hacia la puerta.
—¿Esperaba a alguien?
Mara negó.
—Parecía aterrorizado.
Guardé silencio un instante.
—¿Te dijo algo?
—Solo una cosa. —Mara miró hacia la calle antes de continuar en un susurro—: Me preguntó si alguien me había hablado sobre las cartas.
Un escalofrío me recorrió la nuca.
—¿Las cartas?
—Sí.
—¿Qué cartas?
—Eso mismo le pregunté yo —respondió Mara—. Pero no me contestó. Se levantó y se fue.
Observé el humo que salía de la taza. Yo había recibido un sobre anónimo debajo de mi puerta. Ahora Lucas indagaba por "las cartas".
—¿Tomás recibía correspondencia o notas raras? —inquirí.
—No que yo sepa.
—¿Estás segura?
—Completamente.
—¿Entonces por qué Lucas preguntaría por ellas?
—No tengo idea, Ciara.
No agregué nada más. Una hipótesis nueva comenzaba a tomar forma en mi cabeza: la nota amenazante que había recibido bajo mi puerta no era un hecho aislado dirigido a mí por mi curiosidad... quizás era parte de un patrón que ya había rodeado a Tomás antes de morir.
Regresé a casa a primera hora de la tarde y me encerré con la computadora. Empecé a rastrear archivos periodísticos y registros digitales del pueblo de años anteriores. Me tomó horas filtrar noticias locales: accidentes de tránsito, disputas de terreno, incendios menores.
Hasta que tropecé con un titular de hacía cinco años:
«Joven desaparece sin dejar rastros.»
Abrí la nota. Se trataba de una mujer de veinticuatro años que había salido de su trabajo al atardecer y nunca había llegado a su casa. La policía rastrilló la zona durante meses sin hallar una sola pista, un objeto o el cuerpo.
Seguí escarbando en la hemeroteca.
Un segundo caso emergió tres años atrás: un hombre de treinta y un años, visto por última vez en las afueras. Desaparecido.
Y un tercero, hace dos años: otra mujer. Mismo patrón, ningún rastro.
Me quedé contemplando la pantalla en la penumbra de la sala. Tres personas. Tres fechas distintas. Mismo pueblo.
Abrí una aplicación de mapas satelitales y marqué los últimos puntos conocidos de avistamiento. No coincidían en la misma calle, pero todos dibujaban un anillo irregular alrededor de la arboleda que bordeaba el pueblo... la misma masa forestal que rodeaba el fondo de mi terreno.
Un golpe seco en la puerta principal me hizo saltar en la silla.
Me levanté despacio, con el corazón martilleándome en el pecho, y me acerqué al acceso. Al abrir, la calle estaba completamente desierta.
Sobre el marco del escalón descansaba un sobre pequeño.
Lo recogí. A diferencia del anterior, este no llevaba mi nombre en el frente. Lo rasgué allí mismo: contenía una fotografía desgastada por el tiempo.
En la imagen aparecía Tomás, pero no estaba solo. A su lado posaba un hombre mayor a quien no había visto en ninguna parte del pueblo. Tomás sonreía a la cámara; el otro sujeto mantenía una expresión adusta y sombra en los ojos.
Giré la fotografía. En el reverso, alguien había escrito con trazo apresurado:
Él sabía demasiado.
Un aliento helado me erizó la piel. Miré hacia la calle vacía y luego hacia la foto. Por primera vez comprendí la verdadera naturaleza de esa nota: la persona que la había dejado debajo de mi puerta no buscaba espantarme... quería darme la primera pista.
Editado: 15.10.2026