Aquí yace quien en vida fue odiado

El hombre que lo amaba

A la mañana siguiente encontré un sobre por debajo de la puerta.

Lo levanté del suelo y lo examiné durante unos segundos. Era un sobre blanco, estándar, sin estampillas ni remitente. Solo llevaba mi nombre escrito en el frente con letra imprenta pulcra: Ciara.

Una molestia sorda me recorrió el estómago. Asomé la vista por la ventana hacia la calle, pero no había nadie a la vista. Entré, pasé la traba y dejé la correspondencia sobre la mesa del comedor.

Durante varios minutos busqué cualquier excusa para retrasar el momento de abrirlo: lavé una taza que ya estaba limpia en la bacha, acomodé un par de libros en el estante y preparé café. Finalmente, me senté a la mesa y rasgué el papel.

Dentro había una única hoja de libreta. Una sola línea mecanografiada:

No hagas preguntas sobre Tomás.

Me quedé inmóvil. Leí la frase una, dos, tres veces. Nada más. Sin firma, sin explicaciones, sin amenazas explícitas.

El corazón se me aceleró. Alguien en el pueblo estaba monitoreando mis pasos. Y, sin embargo, yo solo había cruzado palabra sobre el tema con tres personas: Ernesto, Mara y Daniel.

Guardé la nota en el cajón junto a mis apuntes. Esta vez no sentí pánico; sentí rabia y una curiosidad voraz. Y la curiosidad siempre había sido mi flanco más vulnerable.

Fui directamente al café. Mara pasaba un paño húmedo sobre las mesas de la galería. Al verme llegar, detuvo el movimiento y me miró con aprensión.

—¿Qué pasó?

—Necesito preguntarte algo —fui al grano.

Su expresión se tensó.

—¿Sobre Tomás?

Asentí.

—¿Tenía pareja?

Mara guardó silencio un instante antes de responder en voz baja:

—Sí. Lucas.

—¿Dónde puedo encontrarlo?

Dudó.

—No sé si sea buena idea, Ciara. Desde que encontraron a Tomás, Lucas no ha querido hablar con nadie. No salió de su casa.

—¿Sigue en el pueblo?

—Sí. —Me dio una dirección en las afueras y la anoté en el teléfono.

Cuando me disponía a salir, Mara me llamó:

—Ciara.

Me giré.

—Lucas y Tomás discutieron la noche anterior al crimen —confesó, bajando la voz—. Una pelea muy fuerte.

—¿Por qué motivo?

—No lo sé.

—¿Y qué pasó después?

—Lucas se fue furioso.

—¿A dónde?

—Tampoco lo sé.

Guardé la anotación.

—Gracias, Mara.

—No me agradezcas todavía —murmuró, volviendo a su tarea con la mirada fija en la mesa.

La casa de Lucas se erigía en el límite donde el pueblo comenzaba a desdibujarse en el campo. Era una vivienda modesta, con un jardín silvestre y descuidado. Golpeé la madera del marco. Nadie respondió. Volví a golpear, esta vez con mayor insistencia, hasta que escuché arrastrar de pasos en el interior.

La puerta se entreabrió. El muchacho que apareció en el umbral parecía no haber dormido en días: ojos inyectados en sangre, barba de varios días y una devastación en los rasgos que iba mucho más allá de la simple tristeza.

—¿Sí?

—¿Lucas?

Asintió despacio.

—Soy Ciara.

Me escudriñó de arriba abajo.

—La nueva.

Esa bendita palabra de nuevo.

—Sí.

—¿Qué querés?

Tomé aire antes de soltar la frase:

—Quería hablar con vos sobre Tomás.

Su rostro se endureció al instante.

—No. —Intentó cerrar de un portazo, pero logré apoyar la palma de la mano contra la madera para frenarlo.

—Solo es una pregunta, Lucas.

—No quiero hablar con nadie.

—¿Por qué discutieron la noche en que murió? —inquirí con voz firme—. Mara me contó que tuvieron una pelea fea.

Lucas apartó la mirada hacia los árboles del camino.

—No fue nada importante.

—Si no fuera importante, no estarías temblando ni evitando mirarme a la cara.

Me clavó los ojos, cargados de rabia y dolor.

—Vos no sabés nada de nosotros.

—Tenés razón —admití, aflojando la presión sobre la puerta—. Pero Tomás está muerto.

La palabra pareció golpearlo en el pecho como un impacto físico. Su postura colapsó apenas.

—No tenía que morir —susurró.

—Entonces ayudame a entender qué carajo pasó.

Lucas bajó la cabeza, sofocando un ahogo.

—Él quería irse del pueblo. Me dijo que había descubierto algo...

Un frío repentino me recorrió la nuca.

—¿Qué cosa?

—No lo sé.

—¿Cómo que no lo sabés?

—¡Porque no quiso decírmelo! —exclamó con desesperación—. Me dijo que era peligroso. Yo le dije que estaba loco, que dejara de meterse en cosas que no entendía y que nos fuéramos juntos sin buscar problemas.

—¿Qué tipo de cosas, Lucas?

—¡No lo sé! —gritó, haciéndome dar un paso atrás. Se llevó ambas manos a la cara y respiró hondo para serenarse—. Lo siento... Yo lo amaba, Ciara. Pero esa noche estaba cegado por la bronca.

—¿A dónde fuiste después de la pelea?

Se mantuvo callado.

—Es importante para la investigación —insistí.

—Me vine a mi casa. Solo.

—¿A qué hora?

—No me acuerdo.

Un cabo suelto demasiado conveniente.

—¿La policía ya te tomó declaración?

—Sí. Les dije lo mismo.

Lo observé detenidamente. Su dolor se sentía auténtico, pero al fijar la vista en su mano derecha noté un corte transversal reciente, aún enrojecido, sobre los nudillos.

—¿Qué te pasó ahí?

Se miró la mano instintivamente.

—Nada. Un rasguño.

—Parece un corte hecho con algo filoso.

—Me corté trabajando. No sé.

Lo sostuve la mirada unos segundos antes de asentir.

—Gracias por hablar conmigo, Lucas.

Me di vuelta para regresar al auto.

—Ciara —su voz me detuvo desde el porche.

—¿Sí?

—Yo no fui.

No hizo falta que aclarara nada más.

—Espero que la policía descubra pronto quién fue —respondí, y me marché.

Durante todo el camino de regreso, mi mente no dejó de dar vueltas a la figura de Lucas. Podía ser inocente y estar destruido por la culpa, o podía estar ocultando algo macabro. Pero había una frase retumbando sobre todas las demás: «Había descubierto algo».




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