En ocasiones, se le metía en la cabeza la idea loca de que, si pasaba cierto tiempo sin practicar su arte, éste entraría pronto en declive. Era un pensamiento molesto que la atosigaba como una incansable mosca de la que no podía huir o aplastar. De manera que, había pedido a alguien que le señalase si alguna de las plantas y flores con las que se cruzaban valían para elaborar tintes, y Pam, como todo un caballero en miniatura, se prestó a la tarea por una hora.
— Y más o menos así se vería. — aseguró Grace, retirando las manos de la pared de roca lisa, que hacía las veces de lienzo para ella.
Las reacciones que obtuvo no fueron las que esperaba.
— Mmmmm… — emitió Drumlin con el ceño fruncido. Aunque con tan ingente cantidad de pelo era difícil saber dónde terminaban sus cejas y empezaba la frente.
Aenguns nada más dio un vistazo leve, se cruzó de brazos y se fue por donde había venido, pateando una piedra. Hazel no dijo nada, solo ladeó la cabeza y estudió la pintura con curiosidad, como si se creyese alguna clase de pedante crítico de arte. Pam fue el único en quedarse entontecido por el paisaje que ella había dibujado.
A Grace la recorrió un ramalazo de desilusión.
— Los colores no son los más fieles — dijo de repente, con voz apenada —, porque nunca había usado extractos de flores para pintar. Además, con un pincel se logra más detalle que usando solo las manos. — Sin dejar de mencionar el hecho de que más de uno había estado observando concienzudamente su progreso, cosa que odiaba y la ponía nerviosa. La hacía sentir juzgada por cada trazo; desprevenida ante el menor desliz.
— ¿Sabéis una cosa? — Hazel le sonrió al final. — Os tengo una sana envidia ahora mismo. No creí que tuvieseis tal maravilloso don.
— Gracias. — dijo a secas, pero por dentro estaba aliviada.
Drumlin tosió para aclararse la garganta.
— ¿Qué es ese troncho de madera de ahí?
¿Cómo no podía reconocerlo? Grace pensaba que lo había pintado con buen detalle.
— Es un barco.
— ¿Qué es un barco?
— Es como un bote, pero mucho más grande y puede albergar cientos de personas.
— ¿Me estás tomando el pelo? — dijo él, quien era una mata sucia de cabellos. — ¿Cómo va a flotar ese troncho tan grande? ¿Y qué criatura en su sano juicio se adentraría en semejante desierto de agua? ¿Para qué? ¿Y esos puntos brillantes en el cielo qué son?
Grace tuvo que explicárselo una y otra vez sin importar su escepticismo.
— No, no. Ahora te estás inventado cosas. — El coblynau no comprendía la razón de ser del océano o las estrellas, pues Áes Sídhe, aún con lo inmenso que escuchaba que era, carecía tanto de una como de otra.
En el Reino de las Hadas tampoco parecía haber lugar para la luna, por lo que Grace veía en el cielo. Las noches eran iluminadas, en cambio, por nubes esponjosas que brillaban tenuemente, como las auroras de cien colores que Connor le había contado que adornaban los cielos más septentrionales de su mundo (excepto porque aquella única vez durante la guerra, que se habían esparcido sobre el firmamento de la Capital).
El niño hada se interesó en la luna más que en cualquier otra cosa. Tan brillante y garrafal en realidad era como Grace la había trazado elevándose sobre las aguas del océano. Decía no comprender qué clase de magia se necesitaba para que un pedazo de roca tan inmenso pudiera mantenerse suspendida en el aire.
Era algo para lo que Grace no tenía respuesta, pero acabó por descubrir, y no por casualidad, que la luna era una de esas majestades por las que algunas hadas acostumbraban a viajar al Otro Mundo a echar un vistazo.
— Una vez se tornó roja. Roja como la sangre, ¿puedes creerlo? Pero tuve mala suerte y no llegué a verla.
— ¿Desde cuándo la sangre es roja, Grace?
— ¿Cómo qué no? ¿La tuya no lo es?
Hazel negó con la cabeza, y dibujó un gesto de sorpresa en su rostro.
— Nooo. Es verde. Para algunos a veces es azul. Por los dioses, los humanos sois seres muy inverosímiles.
«¿Por los dioses?», repitió para sus adentros. ¿Qué habría querido decir con eso?
— Como sea, nuestro sol hace en ocasiones cosas muy locas también — dijo Grace como para dejar saldado el tema. —. Un anciano muy sabio una vez me contó que, el sol puede llegar a ponerse negro como la oscuridad misma, pero, a su vez, verse rodeado de una corona de fuego. O algo así. Los llamó eclipses de sol. Él decía estar seguro de que los eclipses pasaban con frecuencia, pero que mi mundo es demasiado vasto como para ver más de uno de esos en vida… Y bueno, yo me perdí uno.
— Sí… — apuntó Hazel a desgana.
— ¿Qué sucede?
Él volteó a la pintura esbozada sobre la pared vertical, y por un segundo sus hermosos ojos perdieron todo el brillo que tenían. Se acomodó uno de esos mechones de cabello avellana tan finos por detrás de una oreja.
— ¿No te preguntas por qué aun cuando los míos poseen medios para ir y venir tan fácilmente entre nuestros mundos son muy pocos los que se atreven a ir?
Grace sentía que el corazón se le arrugaba un poco más con cada latido.
Editado: 18.09.2026