Cuando se sentó a la mesa, a una esquina del salón, alcanzó a escuchar el chismorreo que los dos hombrecillos marrones habían iniciado desde que la vieran entrar en la posada. Grace no los conocía de nada, pero su especie respondía al nombre de brownies. Hombrecitos delgados de piel terrosa con largas y bien atendidas barbas.
Estaban rajando de ella, lo sabía, aunque se cubriesen sus bocas. Se burlaban de sus orejas redondeadas, creyendo que tal vez Grace se trataba de un hada mal formada y no de un auténtico ser humano. La niña no les dio tanta importancia como para fusilarlos con la mirada. En su lugar, desabrochó los pasadores del libro que Brigitte le había comprado aquel mismo día, y construyó la primera frase en su cabeza antes de preparar la pluma. Continuó desde donde lo había dejado.
Horror entremezclado con maravilla, eso fue lo que sentí. Estaba segura de que Brigitte no me dejaría caer jamás, pero ni siquiera ello bastó para borrar la idea de mi mente. Mi miedo a la oscuridad fue reducido a una menudencia, cuando mis pies se apartaron del suelo por decenas de metros. Y aún con ello, me tomé la osadía para que una parte de mí se complaciese con tales vistas. Durante el vuelo no abandonamos el Salar de Zinerva, que desde lo alto se veía como un disco blanco rodeado por bosques, que lucían como si una paleta de colores hubiese caído y desparramado sobre las copas de sus árboles. No estoy segura de sí todo a lo que eché ojo realmente sucedió o solo fue la emoción del momento, pero de lo que sí tengo certeza, y de lo que puedo escribir con propiedad, es que advertí a una montaña en la lejanía; un volcán que erupcionaba y arrojaba al cielo escarchas de hielo.
El libro cuyas páginas en blanco estaban a la espera de inundarse por una historia que contar había sido un regalo comprado con monedas; la pluma de pelillos dorados y escarlatas a su mano, por el contrario, la habían hallado en el camino junto a un arroyo de cisnes-flamencos, y la Salamandra había infundido en ella un encantamiento. El utensilio no requería de tinta, y grababa a fuego las palabras que Grace trazase en papel, quemándolo de forma delicada y milimétrica. Allí por donde pasaba su punta, allí dejaba su impronta como si fuese carboncillo. El hada le había entregado estos regalos como muestra de agradecimiento, ni bien se percatase de cuánto Grace se esforzaba por preservar en recuerdos cada detalle que la impresionaba.
— Uno por haber ayudado a liberarme — le había dicho al tiempo que le besaba las mejillas. —. Y otro por haber curado mi rencor.
Aquí no existen mares ni grandes lagos, pero los ríos abundan con más generosidad que en cualquier lugar de Midgard del que hubiese oído hablar. El agua es dulce, realmente dulce, tanto que pareciera que cada sorbo llevase una cucharadita de miel. La lluvia trae consigo luz, que cae como gotas de color dorado. Y la arboleda, la floresta, los matojos y las cosechas de los lugareños no perecen nunca por la sequía, porque la llovizna de luz los alimenta y hace crecer, incluso más que la luz del sol. Lo más sorprendente de esto es ver cómo nubes negrísimas cual carbón con el paso de las noches van acumulando dentro un brillo semejante al de los arcoíris hasta que explotan en destellos de luz que riegan la tierra, y solo con el paso del tiempo, acaban por convertirse en agua.
Puedo ver que el sol no se diferencia en nada del nuestro, y puede que hasta sea el mismo. Pero cuando llegué aquí, a Áes Sídhe, me vi caer durante medio minuto… Y si estoy bajo tierra, ¿cómo puedo ver el mismo sol que solía acompañarme en mis días en Dranova? Los humanos me han contado que el sol se va a otras tierras al caer la noche sobre mi ciudad natal, ¿estaré acaso de cabeza? No obstante, echo en falta a la luna, porque ella se ausenta cada noche, y las hadas se ven obligadas a viajar a nuestro mundo para estar en su presencia. ¿Cómo puede el sol y no la luna llegar hasta aquí?
— ¿Cuál había dicho Pam que era el nombre de la diosa lunar? — dijo, pensando en voz alta y apartando la mirada un segundo de las páginas, para otear el establecimiento.
« No hables ni escribas sobre los dioses celtas — se recordó a sí misma. —. O puede que los dranovenses más fieles se enfaden contigo por blasfemar. »
Descubrió que el pixie se encontraba sentado sobre la solapa del sombrero verde de Aenguns, quien comía gustosamente junto a Hazel. Al poco rato vio cómo el niño hada le mostraba las palmas vacías a su amigo, para acto seguido estirar una mano y hacer como si de la oreja del leprechaun sacase una moneda. Pam y Hazel rieron entre dientes, cuando vieron como se le caía el rostro de asombro al leprechaun.
— Eh, eh, mi moneda. — soltó Aenguns, cuando Hazel amagó con guardársela en el bolsillo.
— No es una de tus monedas. Es de cobre, ¿no ves? — replicó Hazel.
— Pero la sacaste de mi oído.
— Ha sido nada más un truco.
Grace se había sentado aparte, en una mesa preparada con una cuba de agua, hielo y sal; hábito recurrente entre los viajeros primerizos o aquellos que no pudiesen volar. Los pies le dolían. Las largas caminatas se los habían dejado entumecidos y con alguna que otra ampolla reventada. Se había sentado lejos, en especial, porque necesitaba cierto silencio para fantasear con volverse una escritora.
Los sídhe se refieren a nuestra tierra como Midgard, un vasto mundo que guarda en su interior una ingente cantidad de pequeños territorios a los que nosotros llamamos “reinos”. Les he preguntado a mis amigos el porqué del nombre Midgard, pero todos se encogen de hombros ante la pregunta. Nunca antes lo había oído, ni ellos tampoco saben lo que significa. Hablamos el mismo idioma, todavía no sé ni cómo es eso posible. Sin embargo, se desentienden completamente cuando les recitó lo poco que conozco de Idílico o de la Lengua del Rhin, lo que me hace pensar que “Midgard” es en realidad una palabra de un idioma ajeno a todos nosotros.
Editado: 18.09.2026