La mañana siguiente llegó demasiado rápido.
Andrea abrió los ojos lentamente.
Durante unos segundos permaneció mirando el techo de su habitación, intentando recordar por qué se había despertado con aquella sensación extraña en el pecho.
Entonces lo recordó.
La gala.
El vals.
Carlos.
Cerró los ojos nuevamente y soltó un pequeño suspiro.
—No puede ser...
Se giró entre las sábanas y tomó su teléfono de la mesa de noche.
No tenía ningún mensaje nuevo.
Por alguna razón, eso la hizo sentir un poco decepcionada.
Andrea frunció el ceño consigo misma.
—¿Y a mí qué me importa?
Dejó el teléfono a un lado.
Intentó levantarse.
No duró ni treinta segundos antes de volver a tomarlo.
Revisó nuevamente la pantalla.
Nada.
—Qué ridícula soy...
Se levantó finalmente y caminó hacia su armario.
Mientras escogía qué ponerse, su mente regresaba una y otra vez a la noche anterior.
Recordaba perfectamente la forma en que Carlos había hablado con su padre.
No había levantado la voz.
No había sido irrespetuoso.
Simplemente había dicho la verdad.
Y, sobre todo, había intentado defenderla.
Eso era lo que más le llamaba la atención.
Andrea terminó de arreglarse y bajó al comedor.
Valentina ya estaba desayunando.
—Buenos días, cariño.
—Buenos días, mamá.
Andrea tomó asiento frente a ella.
Valentina la observó unos segundos.
—Dormiste bien.
—Sí.
—¿Segura?
Andrea levantó la mirada.
—Sí, mamá. ¿Por qué?
Valentina sonrió.
—Por nada.
Andrea comenzó a desayunar.
Pero su madre continuó observándola.
—Te ves distraída.
—No estoy distraída.
—Andrea.
—Mamá...
Valentina soltó una pequeña risa.
—Está bien.
No voy a preguntarte.
Andrea agradeció mentalmente.
Sin embargo, apenas unos segundos después...
—Aunque sí te diré algo.
Andrea levantó una ceja.
—¿Qué?
—Tu padre está preocupado.
La expresión de Andrea cambió.
—¿Por Carlos?
—Por todo.
—No hice nada.
—Lo sé.
Valentina dejó la taza sobre la mesa.
—Pero sabes cómo es tu padre.
Andrea suspiró.
—No entiendo por qué tiene que ser así.
—Porque te quiere proteger.
—A veces siento que protegerme significa decidir todo por mí.
Valentina guardó silencio.
Sabía que su hija tenía razón.
—Tu padre ha vivido cosas que tú todavía no conoces.
—Eso no significa que yo tenga que vivir igual.
Valentina sonrió ligeramente.
—Definitivamente eres hija de tu padre.
Andrea soltó una pequeña risa.
—Eso no sé si es un cumplido.
—Créeme, lo es.
Las dos continuaron desayunando.
Hasta que el teléfono de Andrea vibró.
Ella miró la pantalla.
Un número desconocido.
Su corazón dio un pequeño salto.
Abrió el mensaje.
“Buenos días. Espero no estar molestando. Soy Carlos.”
Andrea se quedó inmóvil.
Valentina la observó.
—¿Todo bien?
Andrea bloqueó rápidamente el teléfono.
—Sí.
—¿Quién era?
—Nadie.
Valentina levantó una ceja.
—Andrea...
—¡Nadie, mamá!
Valentina comenzó a reír.
—Está bien.
Andrea esperó unos segundos antes de volver a mirar el mensaje.
Sonrió sin darse cuenta.
Escribió:
“Buenos días. No estás molestando.”
Lo pensó unos segundos.
Borró el mensaje.
Volvió a escribir.
“Buenos días, Carlos. Todo bien.”
Lo envió.
Inmediatamente apareció la respuesta.
“Me alegra.”
Andrea sonrió.
“¿Cómo conseguiste mi número?”
Carlos tardó unos segundos.
“Tu hermano me lo dio.”
Andrea frunció el ceño.
—¿Mi hermano?
Valentina la miró.
—¿Qué pasa?
—Nada.
Andrea escribió:
“Voy a hablar con él.”
Carlos respondió:
“No lo culpes. Le pregunté yo.”
Andrea soltó una pequeña risa.
“Eso no mejora las cosas.”
“Entonces puedo aceptar el regaño.”
Andrea negó con la cabeza.
Sonrió.
“Eres raro.”
La respuesta llegó casi inmediatamente.
“Eso me han dicho.”
Andrea dejó el teléfono sobre la mesa.
Pero su sonrisa seguía allí.
Valentina la miró.
—¿Ahora sí me vas a decir quién era?
Andrea intentó mantenerse seria.
—Carlos.
Valentina sonrió.
—Lo imaginé.
—Mamá...
—No estoy diciendo nada.
—Pero estás sonriendo.
—Porque te ves feliz.
Andrea bajó la mirada.
—Solo estamos hablando.
—Y está bien.
Andrea levantó la vista.
—¿No estás en contra?
Valentina negó con la cabeza.
—No soy yo quien tiene que decidir de quién te enamoras.
Andrea se quedó callada.
La palabra enamoras hizo que su corazón se acelerara.
—Mamá, ni siquiera lo conozco.
—Lo sé.
Valentina tomó su taza.
—Por eso dije que no tienes que decidir nada todavía.
Andrea sonrió.
—Gracias.
...
Mientras tanto, en la mansión Mancini...
Carlos se encontraba en su habitación.
Tenía el teléfono en la mano.
Volvió a leer la conversación.
Sonrió.
Después se dejó caer sobre el sofá.
La puerta se abrió.
Matteo entró.
—¿Qué haces?
Carlos bloqueó el teléfono.
—Nada.
Matteo lo observó.
—¿Estás hablando con ella?
Carlos no respondió.
Su padre suspiró.
—Carlos.
—Sí.
—Te dije que tuvieras cuidado.
—Lo sé.
—Entonces ¿por qué sigues?
Carlos levantó la mirada.
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Editado: 25.09.2026