El precio de amarte

Una promesa silenciosa

La noche había pasado, pero Andrea apenas había conseguido dormir.

Cada vez que cerraba los ojos, recordaba la conversación con Carlos.

Su manera de hablarle.

La tranquilidad que le transmitía.

Y, sobre todo, aquella pregunta:

“¿Te gustaría verme mañana?”

Andrea abrió los ojos y miró el reloj.

7:18 de la mañana.

—Dios...

Se cubrió la cara con la almohada.

—¿Por qué estoy despierta tan temprano?

Su teléfono vibró sobre la mesa de noche.

Andrea lo tomó rápidamente.

Un mensaje.

Carlos: “Buenos días. Espero no haberte despertado.”

Andrea sonrió.

Respondió:

“Buenos días, no, ya estaba despierta.”

La respuesta apareció casi de inmediato.

“Entonces tuve suerte.”

Andrea sonrió.

“¿Por qué?”

“Porque quería ser el primero en desearte buenos días.”

Andrea se quedó mirando la pantalla.

Sintió cómo sus mejillas se calentaban.

—Ay, no...

Dejó el teléfono sobre la cama.

Cinco segundos después volvió a tomarlo.

“Eres muy cursi.”

Carlos respondió:

“¿Y eso es malo?”

Andrea sonrió.

“No.”

“Entonces seguiré.”

Andrea soltó una pequeña risa.

Antes de poder responder, escuchó que alguien tocaba la puerta.

—Andrea.

Era Valentina.

Andrea bloqueó el teléfono.

—Pasa.

Su madre entró.

—Buenos días.

—Buenos días, mamá.

Valentina la observó.

—¿Dormiste bien?

Andrea dudó.

—Sí.

—Mentira.

—¿Cómo sabes?

—Porque tienes la misma cara que tenía yo cuando estaba enamorada de tu padre.

Andrea abrió los ojos.

—¡Mamá!

Valentina comenzó a reír.

—¿Qué?

—No estoy enamorada.

—Yo no dije que lo estuvieras.

Andrea cruzó los brazos.

—Pero lo insinuaste.

—Tal vez.

Andrea negó con la cabeza.

—Carlos me escribió.

Valentina sonrió.

—Lo imaginé.

—¿Por qué todo el mundo sabe lo que estoy pensando?

—Porque eres muy fácil de leer cuando estás feliz.

Andrea bajó la mirada.

—Mamá...

Valentina se sentó a su lado.

—Andrea, solo quiero que tengas cuidado.

La joven la miró.

—¿Tú también crees que es peligroso?

—No conozco a Carlos lo suficiente para decirlo.

—Entonces...

—Pero conozco a su familia.

Andrea suspiró.

—Todos me dicen lo mismo.

Valentina tomó su mano.

—Porque te queremos.

—Lo sé.

—Pero tampoco quiero que tengas miedo de conocer a alguien solo por su apellido.

Andrea sonrió.

—Gracias.

Valentina le dio un pequeño beso en la frente.

—Ahora arréglate.

—¿Por qué?

—Porque tienes visita.

Andrea frunció el ceño.

—¿Quién?

Valentina se levantó.

—Baja y lo sabrás.

Andrea se quedó pensando.

Hasta que escuchó voces provenientes de la planta baja.

Y entonces reconoció una.

Carlos.

—No puede ser...

Se levantó rápidamente.

Se miró al espejo.

—¿Por qué no me avisaron?

Buscó algo que ponerse y bajó las escaleras.

Al llegar al último escalón, lo vio.

Carlos estaba en la sala hablando con Valentina.

Llevaba un traje oscuro sencillo y sostenía una pequeña caja en las manos.

Cuando la vio, sonrió.

—Buenos días.

Andrea intentó ocultar su sorpresa.

—¿Qué haces aquí?

Carlos miró hacia Valentina.

—Tu madre me dejó pasar.

Andrea miró a su madre.

Valentina sonrió.

—Tu padre está en su despacho.

Andrea abrió los ojos.

—¿Mi padre sabe que él está aquí?

Carlos respondió:

—Sí.

Andrea volvió a mirar a Valentina.

—¿Y está... tranquilo?

Valentina soltó una pequeña risa.

—Digamos que está intentando estarlo.

Carlos también sonrió.

Andrea caminó hacia ellos.

—¿Qué tienes ahí?

Carlos miró la caja.

—Esto.

Se la entregó.

Andrea la recibió.

—¿Para mí?

—Sí.

Ella abrió lentamente la caja.

Dentro había un pequeño libro.

Andrea lo tomó.

—¿Un libro?

Carlos asintió.

—Ayer me dijiste que te gustaba leer.

Andrea lo miró sorprendida.

—Te acordaste.

—Claro.

Ella abrió la primera página.

Había una pequeña nota.

Andrea la leyó.

“Para que tengas algo que leer cuando no tenga la oportunidad de hablar contigo.”

Andrea levantó la mirada.

—Carlos...

—Espero que te guste.

Andrea sonrió.

—Me encanta.

—Entonces valió la pena.

En ese momento se escucharon pasos.

Enzo apareció en la entrada.

El ambiente cambió inmediatamente.

Carlos se puso de pie.

—Señor Lombardi.

Enzo lo observó.

—Mancini.

Andrea sintió la tensión.

—Papá...

Enzo miró a su hija.

—¿Qué está haciendo aquí?

Carlos respondió antes de que Andrea pudiera hacerlo.

—Vine a verla.

Enzo cruzó los brazos.

—Eso ya lo sé.

Carlos mantuvo la calma.

—Quería pedirle permiso para llevarla a almorzar.

Andrea miró a Carlos.

No esperaba que fuera tan directo.

Enzo soltó una pequeña risa.

—¿Y tú crees que voy a permitirlo?

Carlos respondió:

—No lo sé.

—Entonces ¿por qué preguntaste?

—Porque me parece correcto hacerlo.

Enzo se quedó callado.

Carlos continuó.

—No quiero hacer nada a escondidas.

Andrea observó a Carlos.

Aquella respuesta hizo que incluso Enzo guardara silencio durante unos segundos.

Finalmente, Enzo miró a su hija.

—¿Quieres ir?

Andrea asintió.

—Sí.

Enzo suspiró.

—Tienes dos horas.

Andrea sonrió.




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