El precio de amarte

Lo que empieza a sentirse

La cafetería estaba tranquila.

Era una de esas tardes en las que el sol comenzaba a esconderse lentamente detrás de los edificios, dejando las calles cubiertas por una luz dorada.

Andrea estaba sentada frente a Carlos.

Todavía no podía creer que aquello estuviera pasando.

Hacía apenas unos días ni siquiera sabía quién era.

Ahora estaba allí, compartiendo un café con él como si llevaran mucho más tiempo conociéndose.

Carlos tomó su taza.

—¿Siempre eres tan callada?

Andrea levantó una ceja.

—¿Yo?

—Sí.

—Tú eres el que no deja de hablar.

Carlos sonrió.

—Entonces ya estamos equilibrados.

Andrea soltó una pequeña risa.

—Supongo.

Carlos la observó durante unos segundos.

—¿Puedo preguntarte algo?

—Depende.

—¿De qué?

—De qué me quieras preguntar.

—¿Por qué eres tan desconfiada?

Andrea dejó la taza sobre la mesa.

La pregunta la tomó desprevenida.

—No soy desconfiada.

Carlos sonrió.

—Sí lo eres.

—¿Y cómo sabes?

—Porque desde que te conocí estás intentando descubrir qué quiero de ti.

Andrea se quedó callada.

Carlos no parecía molesto.

Al contrario.

Su tono era tranquilo.

—No tienes que responder si no quieres.

Andrea bajó la mirada.

—Es complicado.

—Lo imaginé.

—Mi familia...

Hizo una pausa.

—Mi familia no es precisamente normal.

Carlos soltó una pequeña risa.

—Creo que eso lo tenemos en común.

Andrea lo miró.

—¿Tu padre siempre es así?

—¿Protector?

—Sí.

Carlos pensó unos segundos.

—Desde que tengo memoria.

—El mío también.

—Entonces sabes cómo es.

Andrea asintió.

—A veces siento que mi padre quiere protegerme de todo.

Carlos sonrió.

—Mi padre quiere protegerme de todo.

—Entonces estamos igual.

—Supongo que sí.

Ambos se quedaron en silencio.

Pero esta vez no fue incómodo.

Era un silencio tranquilo.

Como si ninguno sintiera la necesidad de llenarlo.

Carlos miró hacia la ventana.

—¿Sabes algo?

—¿Qué?

—Me gusta hablar contigo.

Andrea sonrió.

—¿Por qué?

Carlos volvió a mirarla.

—Porque contigo no siento que tenga que fingir.

Andrea no respondió inmediatamente.

Aquellas palabras habían tocado algo dentro de ella.

—Yo tampoco siento que tenga que hacerlo contigo.

Carlos sonrió.

—Eso me alegra.

...

Pasaron casi dos horas.

Hablaron de sus familias.

De sus gustos.

De las cosas que les molestaban.

De sus sueños.

De cosas pequeñas que normalmente nadie preguntaría en una primera conversación.

Andrea descubrió que Carlos odiaba el café demasiado amargo.

Que prefería conducir de noche.

Que le gustaba la música tranquila.

Que tenía la costumbre de quedarse despierto hasta tarde pensando demasiado.

Carlos descubrió que Andrea odiaba que la trataran como si fuera incapaz de tomar decisiones.

Que le gustaban los lugares tranquilos.

Que disfrutaba leer cuando tenía tiempo.

Y que, aunque no lo admitiera, tenía un lado mucho más sensible del que mostraba.

—Entonces eres una persona sentimental —dijo Carlos.

Andrea casi se atragantó con su bebida.

—No.

—Sí.

—No.

—Andrea.

—Carlos.

—Te delataste sola.

Ella comenzó a reír.

—No soy sentimental.

—Claro que sí.

—No.

—Entonces dime algo que te haya hecho llorar recientemente.

Andrea se quedó pensando.

—Ninguna cosa.

Carlos levantó una ceja.

—Mentira.

—¿Y tú?

—Yo pregunté primero.

—No importa.

Carlos sonrió.

—Eres complicada.

—Y tú haces demasiadas preguntas.

—Porque quiero conocerte.

Andrea lo miró.

Aquella vez no encontró ninguna respuesta sarcástica.

Solo sonrió.

...

Cuando salieron de la cafetería, el cielo ya estaba oscureciendo.

Carlos miró su reloj.

—¿Tu familia sabe que estás conmigo?

Andrea se quedó quieta.

—No exactamente.

Carlos abrió los ojos.

—¿No?

—Sofía sabe.

—Eso no cuenta.

Andrea soltó una risa.

—Mi padre probablemente tendría un problema con esto.

Carlos suspiró.

—El mío también.

Andrea lo miró.

—Entonces estamos en problemas.

—Un poco.

Ambos comenzaron a caminar.

Carlos mantuvo una distancia respetuosa.

No intentó acercarse demasiado.

Eso era algo que Andrea había notado desde el principio.

Nunca la hacía sentir incómoda.

Nunca la presionaba.

Siempre parecía estar pendiente de si ella estaba bien.

Al llegar a la esquina, Carlos se detuvo.

—¿Quieres que te lleve?

Andrea negó con la cabeza.

—Mi chofer viene por mí.

—Está bien.

Carlos sacó su teléfono.

—Entonces avísame cuando llegues.

Andrea sonrió.

—¿Por qué?

—Porque quiero saber que llegaste bien.

Ella lo observó durante unos segundos.

—Está bien.

Carlos sonrió.

—Prometido.

Un automóvil apareció a lo lejos.

Andrea reconoció al conductor.

—Ese es mi carro.

Carlos asintió.

—Nos vemos, Andrea.

—Nos vemos.

Ella comenzó a caminar.

Después de unos pasos se giró.

Carlos seguía allí.

—Carlos.

—¿Sí?

—Me gustó pasar tiempo contigo.

Él sonrió.

—A mí también.

Andrea entró al automóvil.

Mientras se alejaba, miró por la ventana.

Carlos seguía de pie en la calle.

Y, sin poder evitarlo, Andrea sonrió.

...

Cuando llegó a la mansión, encontró a su padre en la sala.

Enzo estaba sentado junto a la chimenea.

Andrea se detuvo.

—Buenas noches.

Enzo levantó la mirada.

—¿Dónde estabas?




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