Hasta la última curva

9. Navidad

Los días previos a Navidad alteraron ligeramente la rutina del hospital. Las sesiones de rehabilitación, los controles y los horarios clínicos seguían marcando el ritmo de Emily, aunque algunos detalles anunciaban las fiestas: adornos discretos, tarjetas de voluntarios y pequeñas luces en los pasillos. El calendario apenas parecía importar allí, pero la Navidad se acercaba de todos modos.

Sería la primera gran celebración familiar desde el accidente.

Aquella mañana, Emily observaba el cielo gris de diciembre cuando Patrick guardó el celular después de revisar varios mensajes.

—Mamá acaba de confirmar el vuelo.

Emily giró la cabeza hacia él.

—¿Sí?

—Llegan mañana por la tarde, si no hay retrasos.

Llevaba semanas deseando volver a ver a su madre y a Liam, su hermano menor. Aunque ahora que la visita estaba tan cerca, la ilusión se mezclaba con cierta inquietud. Podía afrontar las miradas de desconocidos con relativa facilidad; las de su familia eran otra cosa. Con ellos le costaría más disimular lo que todavía no sabía cómo afrontar.

—Mamá debe de haber estado contando los días —comentó Emily.

Patrick sonrió.

—Si hubiera sido por ella, habría salido de Irlanda hace semanas. Pero tenía que esperar a las vacaciones de Liam.

Desde el accidente, Patrick había permanecido junto a Emily durante su hospitalización, acompañándola en cada etapa y encargándose de organizar los traslados y las gestiones que iban surgiendo. Mientras tanto, Mairéad, la madre de Emily, había mantenido en Irlanda el resto de la vida familiar: Liam, el colegio, la casa. No había sido una decisión fácil, pero alguien tenía que estar allí.

—Estoy segura de que intentó buscar la manera de adelantar el calendario escolar.

Patrick soltó una risa breve.

—Querían venir cuando pudieran quedarse de verdad. No solo un par de días.

Emily asintió. Le alegraba saber que tendrían tiempo, aunque una parte de ella seguía nerviosa ante la perspectiva de tenerlos allí.

—¿Cómo está Liam?

Patrick se tomó un instante antes de responder.

—Preocupado. Pero con muchas ganas de verte.

Emily tragó saliva.

—No sé si estoy preparada para su cara cuando me vea.

Patrick la observó un momento.

—Liam no necesita que estés preparada, Em. Solo quiere estar contigo.

Ella volvió a mirar por la ventana. La Navidad sería distinta de como la había imaginado unos meses atrás. Pero al día siguiente tendría a su madre y a su hermano cerca, después de tantas semanas separados. De momento, esa certeza bastaba.

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El pasillo de la planta hospitalaria de Stoke Mandeville no se parecía en nada a los circuitos que Liam O'Reilly asociaba con su hermana.

No había olor a combustible, neumáticos o metal caliente. Tampoco el ruido constante de los mecánicos, las radios o los motores arrancando. Allí solo se percibía el olor a desinfectante y el sonido de pasos amortiguados, carritos de medicación y voces bajas.

Liam, con once años recién cumplidos, avanzaba junto a su padre con una incomodidad que no sabía bien cómo gestionar.

Para él, su hermana mayor no era solo una piloto prometedora. Era la persona más extraordinaria que conocía: la chica que conducía monoplazas imposibles, la que salía en noticias deportivas, la que soportaba velocidad, presión y riesgo. La que, en su mente, parecía incapaz de romperse.

Ahora tendría que verla de una manera que todavía no sabía cómo encajar con la imagen que siempre había tenido de ella.

Cuando llegaron frente a la habitación, Liam se quedó quieto unos segundos. Hasta entonces, Emily había sido para él una voz al teléfono y un tema que los adultos trataban con cuidado, como si siempre hubiera algo que no sabían cómo explicarle.

Entonces, desde dentro, llegó la voz de su hermana.

—¿Vas a entrar o tengo que salir a buscarte?

No había burla en el tono, solo un intento suave de romper la espera.

La voz de Emily sonaba distinta. Más cansada, quizá, pero seguía siendo ella. Ese detalle, por pequeño que fuera, le dio a Liam el impulso suficiente para entrar.

Emily estaba ligeramente incorporada en la cama, apoyada cuidadosamente entre almohadas. Liam la encontró distinta a como la recordaba, pero eso no fue lo que más le impactó.

Fue la quietud.

La ausencia absoluta de movimiento bajo cierta línea de su cuerpo.

Liam intentó no quedarse mirando, pero le resultó imposible al principio. Emily lo notó enseguida. Siempre había sido demasiado perceptiva para esas cosas.

—Ven —dijo, señalando con la mirada el espacio junto a la cama—. No te quedes ahí.

Liam se acercó despacio.

—Hola —murmuró.

Emily sonrió.




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