Hasta la última curva

10. Velocidades

La lluvia inglesa había dado una tregua parcial aquella tarde, aunque el cielo seguía cubierto por una capa uniforme de gris que apenas dejaba entrar luz natural en la habitación de Emily. El invierno parecía haberse instalado definitivamente sobre Stoke Mandeville, envolviendo los pasillos del hospital en la calma silenciosa propia de comienzos de enero.

Emily estaba ligeramente incorporada sobre la cama, con una manta cubriéndole las piernas y una camiseta de manga corta. Llevaba el pelo recogido de cualquier manera y tenía ese aspecto de cansancio tranquilo que se había vuelto habitual durante sus días en el hospital.

Cuando escuchó unos golpes suaves en la puerta, levantó la vista casi de inmediato.

—Pasa.

Fran apareció un segundo después, con dos vasos de café en una mano. Llevaba una mochila a la espalda y había algo distinto en su manera de moverse, una especie de prisa contenida que Emily notó enseguida.

Ya parecía alguien que estaba a punto de irse.

Fran levantó uno de los vasos.

—He sobrevivido al tráfico de Londres y a una máquina expendedora homicida. Creo que merezco reconocimiento oficial.

Emily recibió el café cuando él se acercó a la cama.

—¿«Homicida» porque el café está malo o porque intentó matarte físicamente?

—Ambas opciones siguen abiertas.

Eso le arrancó una pequeña sonrisa.

Fran tomó asiento junto a la cama y dejó la mochila en el suelo.

Durante unos minutos hablaron de cosas relativamente normales: el campamento de entrenamiento en España al que Fran viajaría esa misma noche, su viaje a Italia para trabajar en la sede de Dallara, donde le esperaban varias sesiones de simulador y diferentes pruebas relacionadas con el coche, y, después, el debut en Baréin.

Emily lo escuchaba hablar de vuelos, horarios y programas de preparación con la familiaridad de quien todavía conocía bien aquella vida. Sin embargo, a medida que Fran avanzaba en los detalles, una sensación incómoda empezó a instalarse dentro de ella.

El paddock seguía moviéndose, los equipos seguían viajando, la temporada estaba a punto de empezar.

Y ella seguía allí.

Fran terminó de explicarle algo sobre el simulador de Dallara y tomó un sorbo de café antes de mirarla con más atención.

—¿Qué pasa?

Emily negó ligeramente con la cabeza, demasiado rápido.

—Nada.

Fran arqueó apenas una ceja.

Ella soltó una pequeña exhalación por la nariz.

—Odio que hagas eso.

—¿Qué cosa?

—Detectar cuando estoy mintiendo antes incluso de que termine la frase.

—Es una habilidad adquirida.

Emily desvió la vista hacia la ventana. La lluvia había empezado otra vez, fina y constante sobre el cristal.

—Es raro escucharte hablar de todo eso ahora.

Fran permaneció en silencio.

Emily jugueteó distraídamente con la tapa del vaso.

—No raro en el mal sentido —aclaró enseguida—. Solo… raro.

Tardó unos segundos en encontrar las palabras.

—Como si una parte de mí siguiera esperando despertarse y descubrir que todavía tengo que empezar a hacer la maleta para la temporada.

Hizo una pausa.

—Y ahora te escucho hablar de Baréin y pienso en todo lo que tendría que estar haciendo yo.

Durante un instante pudo imaginarlo: los vuelos, las maletas, los horarios, el calor de Baréin y las discusiones con Fran sobre cuánto equipaje necesitaban realmente.

Luego volvió a mirar la habitación.

Bajó la vista hacia el vaso que todavía sostenía entre las manos. Giró la tapa una vez, después otra. Parecía estar buscando la manera de decir algo, pero tardó unos segundos en decidirse.

—Ayer me quitaron la sonda, Fran —dijo finalmente, en voz baja.

Fran levantó la mirada hacia ella. La frase pareció cogerlo desprevenido y no supo qué decir.

Durante semanas, Emily había llevado una sonda permanente como parte de su rutina vesical, conectada a una bolsa de drenaje; una solución temporal habitual durante la fase aguda de la lesión. Ahora los médicos habían dado el siguiente paso: retirar la sonda y vaciar la vejiga mediante cateterismos intermitentes varias veces al día, siguiendo horarios establecidos. Un procedimiento que Emily tendría que aprender a realizar por sí misma más adelante.

Emily siguió girando la tapa del vaso entre los dedos.

—Pensé que estaba preparada.

Una sonrisa breve y amarga apareció en la comisura de sus labios.

—Resultó que no.

Fran bajó ligeramente la mirada, dejándola continuar.

—No pensé que algo así pudiera afectarme tanto. Quiero decir… después del accidente, después de enterarme de todo, después de asumir lo de mis piernas… Pensé que ya había entendido lo peor.




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